MI ADMIRADO AMIGO y compañero José H. Chela revela, en un comentario muy acertado y aleccionador como todos los suyos, que él pensaba que ya no se adquirían libros para decorar los interiores de las casas a fin de causar una buena impresión, especialmente al visitante, y echárselas de poseer una biblioteca, aunque no la utilizara para leer. Lo que sí me extraña es que, como asegura Chela, esta costumbre la practiquen los ingleses, a los que, en general considero cultos y lejos del sentir propio de los "nuevos ricos" y de los magos de nuestros campos y, como asegura Chela, de los campos británicos. O sea, que a mí no me sorprende lo de la "literatura decorativa" a que se refiere el compañero, sino que, precisamente, sean los ingleses los que practican esta evidente fanfarronada. Hace unos cuantos años, concretamente 31, recién estrenada la transición, fui por primera vez a Venezuela. Formaba parte de una comisión del Ayuntamiento de Santa Cruz que acompañaba a la Reina del Carnaval de 1976, que se desplazaba a Caracas como devolución de la visita que los canarios que residían en Venezuela realizaron a Tenerife, con su "reina" y la agrupación de los "Liqui-Liquis", en las llamadas entonces "Fiestas de Invierno". De esa comisión formaban parte también varios concejales, entre ellos el querido y malogrado Ernesto de la Rosa, y el entusiasta y casi "padre" del Carnaval, junto a Ernesto, Juanito Domínguez del Toro. A mí y a mi mujer nos invitaron porque yo era entonces presidente de la Asociación de la Prensa de Tenerife y subdirector de este periódico.
Cuando llegamos a Caracas todo fueron agasajos y actos en honor de la comisión visitante. Y, aparte de los actos del programa oficial, un amigo de Ernesto de la Rosa, que vivía en Venezuela desde los años cuarenta y había tenido tiempo de hacerse rico, invitó a Ernesto y a parte del grupo del que yo formaba parte a almorzar en su casa que era una mansión suntuosa, llena de estanterías de libros y de cuadros y otros objetos valiosos. Recuerdo que, en mitad de una sala, había un artístico órgano que llegaba casi hasta el techo. Y un servidor, ingenuamente, preguntó a nuestro anfitrión si él, su esposa o alguno de sus hijos tocaban aquel precioso y espectacular instrumento. Y me contestó, con toda naturalidad, que no, que lo había comprado porque era un bonito instrumento decorativo y estaba a disposición de los que venían a la casa y lo quisieran tocar. No me molesté en preguntarle sobre los libros de la biblioteca, porque pensé que me contestaría algo parecido. Me asombró que piezas tan valiosas jugaran allí un papel simplemente decorativo, pero no me duró mucho la impresión porque, al parecer, eso ocurría en muchas casas de nuestros paisanos en Venezuela. Y apliqué al mago el refrán de la mona.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD