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LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O.H. *

¿Qué experiencia vivimos?

21/mar/07 01:45
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EN NUESTRA SOCIEDAD ACTUAL, comenzando por lo que se refiere a Dios, estamos viviendo, incluso por muchos creyentes, una sensación de parecer que Dios se ha marchado, que no vuelve y que no somos capaces de encontrarlo. Sentimos que Dios está ausente. Y también se interesan muy poco o nada, sobre todo los de ciertas ideologías políticas, para que Dios aparezca en la escena humana, en todas sus diversas realidades: en lo social, científico, político y religioso. Se llega a considerar su ausencia como favorecida por el hombre mismo en sus concepciones actuales a la hora misma de manifestarse en su comportamiento. Nos encontramos conque son pocos los que viven con auténticas referencias religiosas externas y son muchos los que dicen no tener referencias internas que aporten algún tipo de certeza sobre Dios. Hay otras personas que han encontrado un camino complicado, al fijarse en manifestaciones deformadas de Dios o de lo religioso; es la situación que se manifiesta en las sectas, en el fenómeno de las videncias y, en general, en el efervescente mundo esotérico (oculto, enigmático, incomprensible,). Toda persona se desconoce como humana si no se reconoce como divina, pues divina es en su origen, en su modelación y en su destino. Por eso, el que no cree en Dios no cree en el hombre, porque la verdad del hombre es inseparable de la verdad de Dios. Los negadores de Dios son los mayores negadores del hombre, pues sin Dios la vida humana carece de razón y de valor.

Un gran pensador español en materia religiosa nos dice a este respecto: "Nos hemos visto tiránicamente atados a la superficie. Y esta represión de lo sagrado tenía que aflorar por algún sitio. Y, siguiendo la sugerencia psicoanalítica, aparece ahora en manifestaciones deformadas, aberrantes, reprimidas. He aquí una explicación de la ola nebuloso-esotérica que nos invade actualmente, por más que no se quiera reconocer. Quedan, por fin, unos "locos" -bastantes- que continuamos diciendo y viviendo la certeza de que Dios está, que Dios es y continúa dirigiendo los pasos de nuestra existencia, los días y los años de la historia, a pesar de los que estén deformándole, lo desprecien o que, voluntariamente, hasta no les interese percibirlo.

Finalmente, aquí cabe este interrogante: Por qué este empeño nuestro, como creyentes, en pretender vivir cara a Dios, cuanto todo querer decirnos y demostrarnos con contundencia que Dios ha muerto, que está mal herido, que es algo del pasado o que está reservado para mentes enfermas. Y, precisamente, aquí empieza un empeño aventurero, una búsqueda en nuestra propia vida, si nos decidimos por confesar y vivir la fe en Dios; y, como nuevos Pablos, hemos de estar dispuestos a emprender la búsqueda más apasionante de cuantas nos podríamos imaginar y, por supuesto, en este momento, -el que Dios nos concede- de la historia. Y todo este testimonio de búsqueda cristiana, realizado y vivido contra corriente, contra la potentísima corriente humana, social y política que pretende, por todos los medios posibles, arrastrarnos, desviarnos y hasta confundirnos. Este momento de la fe, así confesada y vivida, es, sin duda alguna, para personas serias y firmes en sus convicciones religiosas, que no les importa, como al Maestro, Cristo, perder una y otra vez en lo humano. Para toda experiencia cristiana de la fe cristiana con esta exigencia, solamente pueden llegar personas heroicas y silenciosas que estén dispuestas a estar afianzadas en la espiritualidad de la cruz, la que aporta luz y sentido, y que para los que no la comprenden les resultan necedad y escándalo.

* Capellán de la Clínica S. Juan de Dios

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