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Rancheras

2/abr/07 01:42
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TODOS LOS CONGRESOS se divierten. Es un axioma. Si no hubiese diversión añadida no existirían los congresos. El IV de La Lengua Española que se ha desarrollado estos días de atrás en Cartagena de Indias no iba a ser una excepción. Otra cosa es que Juanito Cruz no nos cuente en sus crónicas de El País los tenderetes y cuchipandas de los escritores y académicos reunidos en tan hermoso lugar. Debería hacerlo, porque seguro que él estaba allí.

Sí sé que el domingo pasado por la noche Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez se pegaron sus buenas rancheras, seguramente bien acompañados -a la guitarra y el guitarrón, digo, como mínimo- en un bareto de la Ciudad Amurallada. Cantaron hasta las tantas supongo, no sólo rancheras, sino, casi me atrevería apostarlo, también algún que otro bolerito, porque la ranchera y el bolero suelen tener letras tristes -sobre todo este último- y hallazgos literarios de mucho mérito, a los que no damos importancia porque son joyas engarzadas en la memoria popular que tarareamos (acariciamos con la voz) desde críos, como quien dice. Las mamamos en los viejos receptores radiofónicos y se las escuchamos cantar también a nuestros parientes, amigos y conocidos, desde que éramos unos menudos, más o menos orejados o desorejados. A lo mejor, más tarde, hasta nos sirvieron para alguna serenata en aquellos tiempos en los que todavía se rondaban en la noche oscuras ventanas que se encendían al conjuro del improvisado mariachi (palabra mexicana, pero que, curiosamente, viene directamente del francés y de las fiestas matrimoniales).

La vida es una herida absurda? -escribió un poeta del bandoneón y se quedó tan ancho. Aunque la noticia de los cánticos nocturnales de Gabo y Fuentes, que me llega vía internet, no especifica tampoco si hubo algún tango o no en el repertorio. Quizás sí.

A uno le parece estupendo que los genios de la literatura muestren su popular humanidad en las tabernas, rememorando -e interpretando- esas herencias comunes literarias que son las canciones de amores doloridos y de desgarros pasionales, por fortuna al alcance, incluso, de los analfabetos -no hace falta saber leer y escribir para cantar-, de esos analfabetos que, por aquellos lares de la América latina, conservan el tesoro común del idioma y lo manejan, sin saber de reglas ni de normas, sin poder consultar un léxico, con una frescura, una sabiduría y una exactitud cotidiana que para nosotros quisiéramos muchas veces los hispanoparlantes de este otro lado del charco.

Se canta poco ya en mesones, tabernas y guachinches. Y eso está mal, porque el canto no sólo alegra y hermana al personal sino que ayuda a recordar y recuperar antiguos versos, olvidados o perdidos, que son de todos.

josechela@mojopi.com

 

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