ESTÁ VISTO que los socialistas nos están metiendo en un estado policiaco. Del régimen político cesáreo-papista -como el inolvidable catedrático de Derecho Penal Jiménez de Asúa denominaba desde el exilio, en una de sus inolvidables obras, al régimen franquista-, estamos pasando gradualmente a un régimen policíaco impropio de nuestra Democracia, en la que debe primar sobre todas las cosas el Estado de derecho garante de las libertades, con sus sagrados ingredientes de la libertad y seguridad, la presunción de inocencia y otros derechos constitucionalmente reconocidos que, obviamente, por circunstancias achacables al "modus operandi" del poder legislativo, en unas ocasiones, del judicial, en otras, y del ejecutivo, en las que más, vienen difuminándose progresivamente.Y no es que esto sea grave. Es gravísimo.
La forma en que se han producido recientemente en Canarias múltiples detenciones policiales, como si de una colonia bananera se tratara, a la vista ciencia y paciencia tanto por parte del Poder Judicial como del Ministerio Fiscal, incapaces de actuar de oficio en temas que parecen requerirlo y que desde luego han dado un olor que apesta a detenciones ilegales, y esas filtraciones tan de moda y reiteradamente producidas sobre hechos que no debieran haberse divulgado y que si no entran de lleno en el tipo penal que las castiga lo bordean clamorosamente, han dado lugar a una dura condena pronunciada por las asociaciones de jueces sin que nadie haya pasado del mero verbalismo. A la par, con toda razón, han protestado enérgicamente contra el deterioro a que el poder que representan se ve últimamente sometido por los excesos verbales, en unos casos, y fácticos, en otros, de algunos políticos que, haciendo gala de sus miserias humanas, como es su debilidad ante la tentación del vil metal, mejor habrían hecho callándose y escondiendo la cabeza debajo del ala. Y, en definitiva, también esas últimas extralimitaciones en la libertad de expresión, a mi juicio deleznables, protagonizadas por diversas representaciones de elevando rango del Ministerio Fiscal, discrepantes con el contenido de una resolución judicial absolutamente heterodoxa y a mi juicio merecedora de la máxima atención por parte del orden jerárquico superior, que, con todo lo anterior, viene poniendo de manifiesto que ese gran buque que se llama España está haciendo agua y puede venirse a pique si Dios no lo remedia.
Por eso mismo, acaso hoy como nunca, la España racional, como no podía ser menos, tiene que echar de menos a aquel centrismo, gran catalizador de la vida política española entre la derecha y la izquierda, que instaurara el irrepetible Adolfo Suárez, quien, desde el diálogo, la tolerancia y la moderación, enseñando con su ejemplo a todos los centristas que le siguieron a fin de que actuasen siempre de igual forma, no viesen nunca en sus discrepantes a los enemigos, como hoy tan frecuentemente sucede, por parte de unos y otros, sino a meros adversarios.
Hoy -insistimos- no ocurre igual. Antes al contrario, tanto el presidente Rodríguez Zapatero, que, al contrario que me ocurrió en su investidura, ahora cada día me defrauda más, como quienes sumisamente le siguen, suelen descalificar desconsideradamente, cada vez que les viene en gana, al mal llamado jefe de la oposición y sus principales secuaces, de suerte que la retorsión de la ofensa ha pasado a ser moneda de uso corriente, y por una parte se provoca innecesariamente a unos y esos unos acostumbran a faltar gravemente el respeto a los otros, presidente inclusive -que lo es, plázcales o no, por decisión democrática- con ofensivas descalificaciones vertidas en su contra, como escupitajos dialécticos, carentes del menor diálogo un día sí y otro también. Con ello lo que se viene acreditando palmariamente es que el basamento de unos no se encuentra precisamente en la urbanidad democrática, a la par que los orígenes de los otros no se hallan, en modo alguno, en aquella UCD de la que pretenden algunos traer causa, sino en el neofranquismo puro y duro de aquella Alianza Popular, cuyo principal líder de entonces, Manuel Fraga, seguro que en más de una ocasión habrá sentido debido al comportamiento de sus sucesores, eso que se llama vergüenza ajena.
Sí, vergüenza. Una vergüenza. ¿O no?
*Candidato a la Presidencia del Cabildo de Gran Canaria y al Parlamento de Canarias por el CCN
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