SI, COMO PARECE PROBABLE, el asunto de los militares británicos en manos iraníes se resuelve satisfactoria y rápidamente, la conducta del gobierno de Londres y, en particular, de Tony Blair sólo merecerá elogios: discreto y sobrio, controlando todas las opiniones oficiales al respecto y evitando cuidadosamente toda puja nacionalista, el Blair tradicional optó por el realismo.
Ayer dijo el primer ministro que las próximas 48 horas serían decisivas y confirmó la impresión de que la propuesta de Ali Larijani el lunes contenía los elementos de una posible solución. Y hubo algo más: súbitamente se anunció la liberación en Bagdad de un diplomático iraní, Jalal Sharafi, capturado a primeros de febrero por hombres que vestían como policías
En cuanto el día 22 de marzo se produjo la captura de los soldados británicos se supuso que podría tratarse de una prosaica toma de rehenes para intercambiarlos con los cinco funcionarios iraníes detenidos por fuerzas norteamericanas bajo acusación de ser agentes de inteligencia colaborando con la insurgencia y al menos otros tres o cuatro en paradero desconocido y de rango poco claro.
Ha llamado mucho la atención al respecto que, tras la enérgica muestra de solidaridad norteamericana, incluyendo la seguridad de que los marinos estaban en aguas iraquíes, Washington hizo saber en seguida que no aceptaría liberar a los iraníes que tiene en su poder, lo que no debió ser del gusto del público en el Reino Unido. A renglón seguido trascendió que Londres había pedido a los amigos americanos que se abstuvieran de ayudar y se mantuvieran al margen.
Y así ha sido: la crisis ha sido ubicada de modo instantáneo y deliberado en un registro estrictamente bilateral, irano-británico. Y eso ha sido inteligente por las dos partes y, con la aparición en escena de Ali Larijani -un hombre clave en el régimen, negociador nuclear jefe, director del consejo de Seguridad Nacional y solo dependiendo del guía Ali Jamenei- y el perfil bajo ordenado por Blair hay hoy fundadas esperanzas de un resultado pactado y sensato.
Teherán sólo quiere ganar peso político y diplomático y probar que su gobierno es un interlocutor válido capaz de dialogar. ¿Sobre todos los asuntos y con todo el mundo? Eso es otra cuestión, pero si todo sale bien, nada habrá perdido por mostrarse, como el curtido Blair, práctico y paciente.
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