RECONOZCO que los primeros minutos del día no son más que la prolongación del sueño. El gesto, casi inhumano, de alargar el brazo para acallar el gallo que a pilas sobrevive en la cabecera de la cama no es más que una intentona inútil de no despertar jamás. En los segundos que vienen entonces, reorganizando la vida sin red, con cálculos kamikazes, uno le gana tiempo a todo para apurar lo máximo posible entre sábanas. "Si le quito de aquí...".
Reconozco que en esos instantes de préstamo se reproducen los mejores sueños. Entonces es cuando apareces tú (aunque pudieras compartir metro cuadrado), con tus humores en desgobierno y tus manos frías. En estos breves minutos a cuenta (día sí, día también) ya he dado la vuelta al mundo varias veces, como dijo aquel una vez "antes de que la muerte venga a torcer el rumbo de nuestros huesos".
Eso sí, primero, en los malos sueños de la madrugada, líneas amarillas que se cruzan, que se sobreponen unas a otras, que hoy están aquí y mañana un poco más allá.
Aunque siempre amanece, aún así reconozco que mis primeros pasos no son más que ecos de sonámbulo. Desde que pongo los pies en tierra hasta que se me echa el día encima con el primer "cuéntelo en antena, ¡cuéntelo!". Pero no, ni siquiera así logro que todo deje de ser una sucesión de imágenes borrosas, de estelas que se arrastran mientras sigo soñando en la prolongación del sueño. Con los ojos abiertos ya, pero viviendo en pausa.
Y no despierto hasta que llego al bar y comparto el café con las páginas del periódico. Empiezo por detrás y me centro en las esquelas. De la primera a la última: otra vez, ¡no estoy! Entonces, sólo entonces, comienzo a saborear con vida propia los primeros sorbos del cortado. Mientras todas las sensaciones irrumpen a la vez en mis venas. Otro golpe de estado: a vivir.
Pd: Si no me entienden, juéguense la vida cualquier noche de cualquier día en el tramo de autopista que une Santa Cruz con Güímar. ¡Como en los malos sueños! Igualito.
* Redactor de EL DÍA
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