EL OTRO DÍA, en una interviú publicada en este mismo periódico, el columnista de EL DÍA, amigo y, coyunturalmente, colega de ilusionados trabajos en Radio Nacional de España, Enrique Martín Braun, confesaba al entrevistador que, a estas alturas, él solamente cree ya en el bicarbonato. La declaración tenía su gracia y, seguramente, era sincera.
Hace bien Enrique confiando más en este popular antiácido que, digamos, en algunos políticos que, en lugar de apaciguarte el estómago, te lo revuelven. Sin embargo, el bicarbonato al que nos referimos -el de sodio, claro- no es ya lo que era ni tiene el protagonismo que tenía (algunas pastillas y cápsulas destinadas a combatir la pirosis, elaborados por la moderna farmacopea le han ido comiendo el terreno). Y es que, pese a lo que jocosamente afirma el compañero, tampoco conviene creer a pies juntillas en el bicarbonato -ni en nada, oye-, porque el alivio que produce suele ser temporal y breve, lo que obliga a reiterar las dosis y, eso no es muy bueno, dicen quienes de saben de estos asuntos, para el organismo. Como tampoco lo es -y era lo que se hacía antaño normalmente- consumirlo, disuelto en agua como es de rigor, con el estómago lleno. En fin, querido Enrique, que hasta convicciones tan firmes como la que tú expresaste abiertamente el otro día, pueden tambalearse en cuanto uno escarba ligeramente en la verdad de las cosas, en sus pros y sus contras.
Pero, en efecto: el bicarbonato fue una suerte de santo remedio estomacal en el que creyeron firmemente varias generaciones. Es más, recuerdo un mancebo de botica villero que comentaba con los clientes en qué mansiones orotavenses se comía verdaderamente bien y en cuales mal o regular de acuerdo con el consumo doméstico de bicarbonato de cada familia. Una bobería, vista con la mirada de hoy -la acidez de estómago no sólo se produce por comer mucho, sino también por comer mal-, pero que tenía su fundamento entonces. Había, hace décadas, verdaderos bicarbonatoadictos, que, según recuerdo, se mandaban aquellos polvos disueltos en agua, más que por necesidad medicinal, por puro placer o por mantener un hábito al que se habían hecho. Y, por supuesto -algo que no sucede actualmente en ningún sitio, que yo sepa- los restaurantes, mesones, casas de comida y demás establecimientos de restauración tenían, a disposición del cliente, el bote de bicarbonato, que el comensal solicitaba, para satisfacción del propietario del local, dando a entender que había comido opíparamente. También cuando uno era invitado a almorzar o a cenar a casa de alguien, se consideraba un piropo pedirle al ama de casa y eventual cocinera un poco de bicarbonato, por favor. Era la manera indirecta y simbólica de alabar la calidad y cantidad del ágape con que nos había obsequiado.
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