UNA VEZ LE ORGANIZARON a Jerónimo Saavedra una fiesta en el Puerto de la Cruz para que se reuniera con intelectuales. Creo que ya había dejado la presidencia del Gobierno regional, aunque ese dato no lo recuerdo con exactitud. Tengo muy clara, en cambio, la imagen de aquel sarao. En realidad se trataba de una copa a las nueve de la noche en una discoteca. Por esa parte, nada digno de reseñar. Lo gracioso eran las escenas que se sucedían en la puerta, porque un montón de noveleros se presentaron en el local al olor de la barra libre. Los porteros, ranilleros socarrones, conocían a la mayoría de los que pretendían colarse. "¿Tú también eres intelectual?", le preguntaban riéndose a cada belillo que llegaba. No obstante, como aquello tampoco era un asunto estricto, dejaban pasar a todo el mundo. Acudí con varios amigos sin otra intención que desternillarnos a mandíbula batiente. Con Saavedra sólo hablé un par de minutos sobre trivialidades. Desconozco si el encuentro fue provechoso para el ilustre político, o si al menos su sapiencia académica y de hombre público mejoró el nivel de los presentes. Lo dudo, pero pasamos un rato agradable.
Sea como fuese, aquella fiesta tonta tuvo la virtud de recuperar un debate pretérito sobre el concepto mismo de intelectualidad. ¿Quién es un intelectual? ¿Un licenciado universitario, un doctor? En fin, como hay hasta doctores en periodismo, e incluso bidoctores a los que tengo por perfectos necios -dicho sea con todo el respeto para los idiotas-, no creo que sea esa la mejor definición de erudición. Me gusta más el concepto enunciado por Max Aub: "Un intelectual es aquel para quien los problemas políticos son problemas morales". Aranguren se inclina por lo académico. Según él, un intelectual es alguien que asume el aprendizaje como un oficio para toda su vida, y no sólo durante su época de estudiante. Ya en fechas más recientes, Amando de Miguel califica a muchos que se consideran a sí mismos intelectuales como petimetres que firman documentos colectivos, sin que sean capaces de redactar un folio con sentido.
En fin, no sé si tanto. Porque alguien como Almudena Grandes no sólo sabe redactar, sino también escribir. El caso, y a eso voy, es que varios intelectuales acaban de propagar un manifiesto contra la crispación y el "mal rollo" político; lacra de la que culpan al PP. Ciertamente este país está crispado. Pero claro, cuando uno descubre entre los firmantes del panfleto a personajes como el oscarizado Almodóvar y la propia Almudena, simplemente pierde el norte. Almodóvar no tuvo reparos en acusar al PP de preparar un golpe de Estado tras los atentados de Madrid. Ignoro si eso es convulsionar a la sociedad o sembrar sosiego. Desbarre superado por la mencionada escritora, al manifestar el otro día que fusilaría cada mañana a dos o tres individuos de la derecha. Cuestión que a estas alturas no cabe ni en broma. Todavía siguen vivas personas que conocieron lo de Paracuellos, lo de Badajoz -en el 36 nadie fue inocente- y los paseos antes, durante, y después de la Guerra Civil. Aunque ser intelectual, además de progre, confiere patente -eso parece incluso para el mal gusto y la inoportunidad histórica.
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