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JUAN I. ÁLVAREZ ALBERTO

El Carnaval no es un amargo botellón

12/abr/07 01:53
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ALEJARNOS de las circunstancias que rodean un acontecimiento nos permite, sin duda, analizarlo con mayor detenimiento. Obviando las naturales reacciones de impulsividad que, a veces, como cortinas de humo, nos impiden ver la profundidad del asunto y, por ende, la maravillosa pintura del bosque que hay detrás.

Una vez pasado el invierno, en la capital del Reino Unido comienzan a configurarse las primeras pinceladas de lo que será, a finales de agosto, el carnaval de Notting Hill, que, con tres días de duración y cerca de un millón de visitantes, inicia ya los preparativos, que actúan como un guiño a estos días ya más luminosos, que nada tienen que ver con la oscuridad de las tres y media de la tarde de los meses de frío invierno. Esta manifestación carnavalera británica de estilo caribeño, muy visitada por afrocaribeños ingleses, holandeses, franceses y portugueses, es, sin embargo, de inferior calidad al vistoso carnaval de Santa Cruz de Tenerife, donde la calidad es siempre más importante que la cantidad, siendo el londinense un mero rebote de lo que en su día fue introducido desde tierras americanas de las Antillas por las costumbres venidas de Portugal.

Efectivamente, fue en la urdimbre de la historia de hace mas de 450 años cuando España y Portugal, a través de alianzas de matrimonios reales, se acercaron a la constitución de una misma nación, como expresión de similitudes, tanto en el campo cultural como social y económico, que, plasmando una misma visión ibérica del mundo, llegaron a una unificación -todavía añorada por muchos portugueses- que dio paso en ese periodo al establecimiento del Estado más poderoso de toda la Tierra.

Esa influencia lusitana de costumbres llegó con vocación de novedad a todas las islas del frente atlántico y, por ende, a las Islas Canarias, a través de su capital, La Laguna, y su puerto, el de Santa Cruz de Tenerife, al albur de las primeras familias portuguesas que se instalaron en nuestra tierra durante los siglos XVI y XVII, siendo muy explícitas las crónicas del Carnaval de Río de Janeiro, entonces capital de Brasil, al relatar que su muy espectacular carnaval empezó allí hacia 1723 gracias a los inmigrantes de la islas de Azores, Madeira (de la Madera en español) y Cabo Verde. Mientras, por otro lado, siglos antes la capital financiera de Sao Paulo era fundada por el padre Anchieta, en la más que clara conexión canaria con los eventos cariocas.

Este carnaval al que se refieren las crónicas, venido de los pueblos marítimos lusitanos, difería un tanto del actual pues "in illo tempore" se centraba en una ceremonia llamada "el entrudo", que, pública o privada, consistía en el juego protagonizado por personas que, escondidas y tapadas, se "entruducían" en las casas de familiares y conocidos gastando bromas, chascarrillos y "chanzas"; arrojándose agua y frutas (limones y limas), embutidos en ropas diferentes para no manchar los ropajes del diario vestir y dando, quizás, la palabra "entrudo" (desconocido) una probable transformación hacia la palabra "engrudo" en el devenir de los siglos. Vocablo muy utilizado en el habla canaria para la sustancia viscosa y pegajosa utilizada como pegamento, quedando entre nosotros y en Santa Cruz de La Palma una modalidad de "entrudo" portugués, llevado desde este lado del Atlántico a Cuba y retornado a nuestra tierra con los años, sustituyendo las frutas y el agua por polvos de talco. No en balde, en Cuba se dice cuando se arrojan objetos que se está enamorando "como un isleño".

Es en la segunda mitad del siglo XVIII y a principios del XIX cuando, tanto en Río de Janeiro como en Santa Cruz de Tenerife, las costumbres portuguesas se transforman en bailes de máscaras, a los que acuden muy aficionados los miembros de la clase nobiliaria y rica; amenizados por orquestinas de cámara y rondallas que actuaban antes y durante los bailes, especializados en serenatas a las chicas guapas y bonitas, en las rondas que se practicaban en las tarde-noches de carnaval. Siendo durante el siglo XIX cuando aparecen en las calles de Río de Janeiro -de enero en español- grupos que marchaban al son de tapas de cacharros, calderos, tambores y sartenes con vestimentas hechas en casa y de telas de saco durante el lunes de carnaval.

Y en esta historia paralela en Santa Cruz de Tenerife se comienza a desarrollar el mundo de la máscara que, como verdaderas emperatrices de la fiesta, tapadas y de incógnito, se apoderaban de las calles con sus antifaces y voces altisonantes y de artificiales falsetes; maestras en sacar a la luz los colores de las múltiples caras de todos aquellos con los que se tropezaban, al relatar verdades que cada persona, quizá, ocultaba. Que, junto a la tradición rondallística y el gusto por el canto lírico de nuestras gentes de fino oído y espíritu musical, formaron durante los dos primeros tercios del siglo XX el "alma mater" de las celebraciones de tantos febreros.

Toda esta combinación de historias entrelazadas, producto de momentos del pasado en que la comunicación interoceánica nos permitía estar en contacto con los pueblos del otro lado del Atlántico con mayor fluidez que hoy, ha propiciado, sin la intervención del simple azar, la creación histórica del carnaval chicharrero. Un acontecimiento que ha requerido del esfuerzo de todos y de muchas generaciones que, como en un solo latir, han fraguado algo inigualable, siempre apoyado y animado por el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, que sólo toma el guante de lo que su población demanda. Realidad que contrasta con la carencia del más que prometido Museo del Carnaval, a través del cual tanto propios como extraños pudieran conocer la evolución y originalidad de nuestra fiesta mayor, evitándose con las lecciones de su recorrido las falsas cábalas de aquellos pocos atrevidos que, viniendo desde fuera, nos vilipendian al no tener ni idea de lo que aquí se celebra cada febrero. Intuyéndose como necesario también la creación de un consejo regulador de tradiciones y costumbres carnavaleras, que mantenga y proteja en el estado más original posible nuestro carnaval, plantándole "el machango" a determinados corresponsales atrevidos, lenguaraces y malintencionados de Las Palmas de G. Canaria, que firman titulares a ciertos diarios nacionales afirmando que "con la suspensión del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, Canarias sólo perdería un carnaval más". Sin pararse en pensar en la "burrada" que esto supone al ignorar por completo a su conveniencia que el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife es un bien cultural reconocido a nivel nacional e internacional, que ha costado cientos de años en ser creado y que sólo a través de horarios moderados en los bailes de disfraces-máscaras y la erradicación de macrobotellones en los que algunos desaprensivos quieren convertir nuestra fiesta se llegará a un futuro brillante, "dulce" y próspero en años venideros, ocupando con empaque el puesto que por méritos propios tiene en el ranking de fiestas más importantes de España, junto a las Fallas de Valencia o los Sanfermines de Pamplona, al ser el maestro y principal de toda Canarias que, con identidad propia, como si de un Stradivarius o un Amatis se tratara, no admite copias, por mucho que otros en la isla de enfrente se afanen.

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