EL CONSEJO del Banco Mundial aplazó ayer "in extremis" una decisión sobre el caso Wolfovitz, su presidente, acusado de violar las normas internas para favorecer a su novia Shaha Riza y cuya dimisión pide el comité de empresa. La razón de esta dilación radica en el deseo de no dañar la convención anual del Banco, este fin de semana, coincidiendo con la del Fondo Monetario Internacional. Pero se ha extendido la tesis de que será imposible evitar el cese del presidente, quien, por su parte, tras reconocer y lamentar un error, se ha mostrado dispuesto a aceptar el remedio que el Banco decida.
Haber manejado tan mal el caso de la Srta. Riza -trasladada con un fantástico sueldo por cuenta del Banco al Departamento de Estado- se compadece mal con el talento atribuido al antiguo subsecretario de Defensa y algunas voces entre piadosas e irónicas lo atribuyen a su falta de experiencia en el sector privado. El hombre creyó que en un Banco se podía hacer lo mismo que en el gobierno y bajo la sombra protectora del poderoso vicepresidente Cheney.
Wolfovitz, hijo de un matemático judío polaco inmigrante, siempre se había ganado la vida en la universidad o en la Administración. Ha sido casi de todo en los departamentos de Estado y Defensa y, durante los ocho años de Clinton, que se le hicieron interminable a este neocon salido de los brazos del padre de todos ellos, el filósofo Leo Strauss, se dedicó a firmar los manifiestos contra el presidente.
Tras el triunfo de Bush fue nombrado subsecretario de Defensa de Donald Rumsfeld por indicación del vicepresidente Cheney, quien en el Pentágono ya había sido su jefe. En el puesto -y quien quiera los detalles puede leer los libros de Bob Woodward- dio pruebas de una incompetencia suicida: fue uno de los arquitectos de la invasión y el más audaz a la hora de hacer todos los pronósticos optimistas.
En la segunda presidencia de Bush y cuando las cosas en Irak iban ya claramente mal, se consideró útil sacarlo del Pentágono y en 2005 se le dio, incomprensiblemente, el mejor de los premios: la presidencia del Banco Mundial, para sustituir nada menos que al prestigioso y concienzudo James Wolfensohn, otro judío, conocido por su altura de miras y su profesionalidad.
Ahora se acaba la beca. La sociedad, que no le reprocha hacer todo lo que hizo en Defensa, no le permite arreglos particulares con dinero del Banco. Muy saludable.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD