HAY EXPERIMENTOS difíciles o incluso imposibles de realizar, aunque no por ello menos interesantes. De forma específica, me gustaría saber qué ocurriría si alguna vez se celebrasen elecciones sin campaña electoral de ningún tipo; si ningún votante conociera a los candidatos hasta el momento de elegir la papeleta frente a la urna. En definitiva, unas elecciones a ciegas hasta el último minuto. Para empezar, el erario se ahorraría un montón de dinero. Por añadidura, ningún candidato tendría que prometer cosas imposibles de cumplir. Qué placer no tener que escuchar al Terminator hablando de nuevos tiempos -pero con caras viejas; verbigracia Saavedra, un tanto añero a estas alturas-, ni a Paulino Rivero prometiendo empleo prioritario para los vernáculos y sanidad sin listas de espera para todos, ni a Soria augurando que su partido va a ser el más votado, como si eso tuviese alguna utilidad. Una campaña, en definitiva, sin páginas especiales en los periódicos ni aburridos debates en radio y televisión.
Alguien podría pensar que tras una campaña de esta naturaleza -en realidad, una "no campaña"-, los resultados serían radicalmente distintos. Personalmente, lo dudo. Para empezar, cualquier experto en estos asuntos sabe -aunque no suele decírselo a sus clientes- que la mejor campaña del mundo sólo consigue aumentar la intención de voto en un cuatro por ciento. Salvo que se produzca una hecatombe pocos días antes de la fecha señalada para acudir a los colegios electorales, verbigracia los atentados de Madrid el 11 de marzo, la mayoría de los ciudadanos eligen con criterios forjados durante un período más largo que los intensos tres o cuatro meses previos a los comicios. Criterios, por otra parte, con un marcado sesgo continuista, pues el ser humano es poco propenso al cambio. Ahí está como muestra, por si alguien lo duda, el hecho de que todos los alcaldes de Tenerife vuelven a postularse para el cargo, salvo Paulino Rivero por imperativo legal. Isaac Valencia, por ejemplo, lleva casi treinta años en el Ayuntamiento orotavense, y veintinosecuantos como primer edil. Considerando que nadie entre nosotros adquiere conciencia del entorno en el que vive ante de cumplir ocho o diez años, ningún villero con menos de 35 ha conocido a otro alcalde que no sea Valencia. Un caso significativo de longevidad política, aunque no el más acusado. Cuando Domingo Calzadilla comenzó a regir los destinos de Arafo, los dinosaurios todavía corrían sobre la faz del planeta. Y ahí sigue.
Una permanencia en los cargos que, sea como fuese, apoyan los ciudadanos guiados por el arraigado consejo de "mejor malo conocido". A la hora de la verdad, nadie que posea un trabajito con el que ir tirando, o un negocio -grande o pequeño- que le dé para comer tres veces al día, siente excesiva necesidad de experimentar la aventura de un cambio. "Virgencita Virgencita, que me quede como estoy". El PSOE y el PP tienen sus votantes ideológicos. Nadie lo discute. Pero a la hora de elegir una u otra papeleta, las ideas quedan sustancialmente limitadas por la conveniencia de asegurar los garbanzos. Una consideración no tan crucial en unas elecciones generales, pero sí en las locales y autonómicas. Ojalá pudiéramos hacer el experimento y comprobarlo.
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