RESULTA verdaderamente curioso, por no decir que decididamente increíble o prodigioso. Nuestros políticos -la mayoría de nuestros políticos- repiten sus candidaturas u optan a otros puestos, pero siguen en el competitivo campo de las batallas electorales, cada cuatro años. Pasa el tiempo a saltos cuatrienales, o sea en periodos que no son moco de pavo, porque ocho añitos son ocho añitos, doce no vean, y veinte, por mucho que el tango reste importancia a la acumulación de dos décadas, es una barbaridad. Sin embargo, y es lo que llama la atención y causa autentico estupor en el ciudadano del común, todos los políticos, repetidores, a los que hemos admirado, soportado, criticado o detestado durante larguísimo tiempo, en lugar de envejecer, como el resto de los mortales y la totalidad de los contribuyentes, rejuvenecen.
-¡Milagro! -podríamos exclamar a coro los administrados ante las plásticas e impolutas evidencias de la cartelería electoral.
No hay un aspirante a una alcaldía, un perseguidor de una presidencia, un soñador de escaños, a quien, en los carteles y vallas desde los que nos miran y nos sonríen y nos prometen la intemerata, por el que hayan pasado los años. Los años, como si los despachos y las poltronas fuesen una versión aséptica de la máquina ideada por H.G.Wells, van hacia atrás y nos arrojan a nuestra consideración y confianza a esas criaturas de pieles tersas, miradas brillantes, dentaduras impecables y radiantes encuadradas en sonrisas sinceras, en cuyos rostros no existe el error anatómico de una arruga ni se pueden apreciar imperfecciones de ninguna clase, tales como una marca de nacimiento, una leve cicatriz, una verruguita de nada? La tecnología digital fotográfica es la releche y así nos encontramos, de pronto, con políticas talluditas que parecen recién salidas de la universidad y en edad de merecer o con políticos de apariencia comúnmente horrorosa que hasta parecen atractivos y simpáticos.
Uno ignora -porque no es especialista publicitario- si tanto retoque y tanto truco informático es, a la hora de la verdad, beneficioso cara a las urnas. Supongo que no, porque aquí nos conocemos todos y, con un poco de esfuerzo y de memoria visual, podríamos contar tranquilamente, una por una, todas las arrugas que le han quitado a tal o cual candidato o candidata. Si empiezan por pretender engañarnos respecto a su físico -que, repito, conocemos todos- ¿cómo podemos fiarnos realmente de ellos en lo demás?... Deberían recordar, no ellos, que se someten a los dictados de los expertos y asesores de campaña, sino esos mismos asesores y expertos, que la arruga es bella. Y que la experiencia, de la que se afirma es un grado a tener en cuenta, siempre deja huellas visibles de las que, seguramente, se puede extraer más rentabilidad electoral que de esos liftins fotográficos, de esas caras falsas, imposibles y juvenilmente falseadas.
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