NINGÚN ESCÁNDALO verbal protagonizado por Magdalena Álvarez, doctora en Ciencias Económicas, ministra de Fomento y Maleni para los amigos, puede sorprenderle a nadie a estas alturas. Ya recogieron en su momento los micrófonos el calificativo escatológico que le dedicó al Plan Galicia de Fraga. Años después, Maleni sigue teniendo problemas de corrección pública. A la vista está tras lo ocurrido en la inauguración del Pérez Galdós. De Josefa Luzardo -Pepa para los allegados- esperaba otro comportamiento. No sólo porque siempre la he considerado una alcaldesa digna de una ciudad importante -lo de barrer cuanto puede para Las Palmas es consustancial con su cargo-, sino porque es de las pocas personas en el PP que no le ríen todas las gracias a José Manuel Soria. De hecho, él la menosprecia. Entre otras cosas porque no se acuerda de que la primera vez que concurrió a las elecciones para ser alcalde de esa ciudad, Pepa era la única concejal que tenía su partido en dicho ayuntamiento. De la misma forma que no recuerda Águeda Montelongo que fue Domingo González Arroyo, persona a la que ha desplazado en la lista majorera al Parlamento, quien la contrató como monitora -o algo así- de educación física en el municipio de La Oliva, con un apetecible sueldo de 250.000 pesetas mensuales. A la gente del entorno de Soria suele fallarle la memoria. Aunque también a otros. Pero estábamos en un teatro acabado deprisa para que pudiesen inaugurarlo a tiempo.
Al margen de un comportamiento reiterativo por parte de Maleni Álvarez, y una salida de tono a cargo de la alcaldesa de enfrente, los hechos del pasado sábado muestran a qué grado de zafiedad ha llegado la política no sólo en este Archipiélago sino en toda España. Una ministra y una alcaldesa lanzándose ataques en público -Luzardo con el mal gusto añadido de hacerlo en un discurso-, con un estilo más acorde de puesto de verduras que de personas obligadas a ser ejemplo de corrección.
Nunca he visto desde la transición para acá un nivel de crispación parecido. Ignoro a dónde llegaremos en el escaso mes y medio que queda hasta las elecciones. Parece evidente, en cambio, que lo sucedido en el Pérez Galdós no será el último bochorno. Un caso puntual de escándalo, conviene precisarlo, porque para bochorno auténtico basta leer las páginas de información electoral. Uno prometiendo lo que su coalición ha sido incapaz de hacer en veintitantos años de gobierno, otro hablando de barrer la corrupción en plan juez Roy Bean como si estas Islas fueran el territorio al oeste del Pecos, el tercero lanzando diatribas con el colmillo siempre revirado y el bigote retorcido? Y por si quedaba algo para que el esperpento fuese completo, la inauguración de un teatro cuyo director, Rafael Nebot, hubiese dimitido hace semanas sólo por dignidad, tras el tejemaneje del nombramiento, cese y nuevo nombramiento de la jefa de prensa. Ya ni siquiera el despotismo ilustrado, sino el nepotismo evidente. Pero la dignidad no se estila. Lo actual es vivir en cuclillas -o directamente arrodillado- con tal de no perder los garbanzos. Esa es la madre de todos los corderos.
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