El Viernes Santo, viendo cómo pasaba delante de mí en una oscuridad casi absoluta, y en un silencio cómplice, sólo roto por el golpeteo rítmico contra el suelo empedrado de la calle La Carrera, de las horquillas que llevaban los portadores que sostenían sobre sus hombros el Catafalco de nuestro Señor, en su breve y terrenal descanso, tras la humillación, la tortura, el escarnio y la muerte a que fue sometido por defender Sus ideas y Su palabra, basadas en el respeto y en el amor hacia los demás, desde una conciencia puramente libre; en aquellos momentos me acordé, precisamente, de los que sufren hoy en día persecución y muerte por defender esas u otras ideas parecidas.
Paseando por las calles de La Laguna, cada vez más hermosa y hospitalaria, me di cuenta de que, en un lugar tan pequeño, casi todos nos conocemos. De hecho, me encontré con un exalcalde; un conocido senador socialista; un eterno aspirante a alcalde con su inseparable y característica gorra; un importante empresario de la construcción; un abogado de apellido muy ilustre; un médico metido a escritor; un matrimonio conocido, ambos empleados de Banca; un consejero del Cabildo? Aquí sabemos más o menos de dónde procede cada cual y, sobre todo, cómo han llegado a donde ahora están. Sabemos donde viven, quienes son sus hijos, el coche que usan, los lugares que frecuentan; de algunos, conocemos sus virtudes e, incluso, sus pequeños o grandes defectos; los vicios, la ideología, y hasta el partido al que votan, o, al menos, por el que sienten más o menos simpatía. Pero nos saludamos, nos respetamos y, como es natural, aceptamos civilizada y democráticamente las opciones religiosas, políticas o de cualquier otra índole de cada uno de ellos. Da gusto vivir en una ciudad así.
En esto consiste la democracia. Pero, por desgracia, no es así en todos los lugares de España. ¿Se imaginan ustedes que, en vez de ser así, cuando fuéramos por las calles de nuestra ciudad viéramos cómo muchos de nuestros conciudadanos tuvieran que ir con escoltas, con la mirada esquiva, como con miedo? ¿Se imaginan que fuéramos aceptados o excluidos de los distintos ámbitos sociales, artísticos, laborales, universitarios o políticos, en función de nuestras simpatías ideológicas o pertenencia a un determinado partido político? ¿Se imaginan que en función de lo anterior tuviéramos que abandonar nuestros trabajos, cambiar nuestras rutinas diarias, mirar todos los días debajo del coche, o sospechar de quienes comen a nuestro lado en un restaurante? ¿Se imaginan tener que cambiar de vivienda porque un buen día aparezca nuestro nombre o nuestra cara pintados en una diana? ¿Se imaginan que determinados empresarios se tuvieran que marchar de la Isla por no querer seguir pagando el impuesto revolucionario? ¿Se imaginan que paseáramos por el centro de La Laguna y viéramos cómo un grupo de chavales queman los cajeros automáticos, le tiran un cóctel Molotov a un comercio, o incendian una guagua, o incluso el tranvía, con total impunidad? ¿Se imaginan que estuviéramos en una de nuestras muchas y estupendas tascas, un sábado por la noche, y entraran unos chavales y al matrimonio de al lado le descerrajaran cuatro tiros sin mediar palabra? ¿Y se imaginan ustedes que mientras todo esto sucediera la policía mirara hacia otro lugar, y las autoridades apoyaran y comprendieran más a los verdugos y a los asesinos que a las víctimas, mientras que la mayoría de la población se mantuviera en un cobarde, miserable y cómplice silencio? ¿Se lo imaginan ustedes? ¿Y se imaginan que esto suceda por el simple hecho de que haya personas que defiendan el orden, la ley, la libertad y la Constitución?
Pues todo esto y más, sucede cada día en buena parte del País Vasco. Donde existe una banda terrorista ETA que desde hace cuarenta años mantiene a todo un pueblo -y en muchos casos al resto de los españoles-, sometidos a un permanente chantaje político, ético y moral, cimentado en cerca de mil asesinatos y miles de heridos. Mediante dicha coacción mantienen un clima de miedo y resignación del que, curiosamente, se aprovecha un partido nacionalista (PNV), aliado con los comunistas de Llamazares (IU) -ver para creer-, y con la Izquierda Abertzale (Pacto de Estella), y que desde hace décadas ostenta el poder con mano de hierro, a la vez que patrimonializa los símbolos y los sentimientos patrios de todos sus conciudadanos, y, hasta hace poco, con la oposición valiente y osada de dos partidos constitucionalistas como eran el PSOE de Nicolás Redondo Terreros y el PP de Jaime Mayor Oreja.
Pero a veces el poder y el resentimiento hacen que surja el sectarismo más radical, y que los fines políticos y de partido se sitúen por encima de la defensa del bien común y del Estado de Derecho; por lo que tras ver que la defensa de la Constitución no les favorecía para conseguir el poder, uno de esos dos partidos nacionales, el PSOE de Felipe González, decidió, hará ya algunos años, defenestrar a su líder (Redondo Terreros), cambiándolo por otro más bizcochable (Patxi López), y pactar y abrir un diálogo con el brazo político de los terroristas (el HB de Arnaldo Otegui), sin dejar de lado el consabido compadreo con el nacionalismo vasco, a la vez que marginaba y criminalizaba al PP con la sana y democrática intención de expulsarlo de la vida pública para siempre.
Pero, al parecer, el actual PSOE de Zapatero no se ha enterado de que la falta de libertad y la opresión que implica la puesta en marcha de una limpieza ideológica, hace que los pueblos que la sufren y la padecen, tiendan a denunciar y a exponer dichas carencias a través de múltiples facetas y acciones, incluida la "rebelión cívica"; que les ayuda a conducir y romper el relativismo imperante que tiende a confundir la delgada línea que hoy existe entre las víctimas y los verdugos; aunque esto atente y moleste a la connivencia de quienes ostentan el poder y, a la vez, desvele sus miserias personales, morales y políticas. Por favor, no más silencios cómplices.
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