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La incógnita Correa

17/abr/07 02:00
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TRAS SU TRIUNFO arrollador (81 contra 19) sólo matizado un poco a la baja por la poca concurrencia, el presidente ecuatoriano Rafael Correa va a abordar el proceso de creación de las herramientas políticas que le permitirán nada menos que refundar el Estado y, en primer lugar, la elección de una Asamblea Constituyente. Las instituciones, algunas de las cuales han sido algo más que remisas a secundar los planes del presidente elegido en noviembre pasado, deberán convocar la elección, momento para el cual se supone que Correa tendrá tras él lo que, curiosamente, no ha tenido hasta ahora: un movimiento político digno de ese nombre.

El ganador de la presidencia contra los partidos tradicionales y sus clientelas no tenía ni un diputado propio en el parlamento, lo que dio más mérito a su campaña para lanzar y hacer aprobar su plan entre tensiones y controversias legales. De hecho, muchos legisladores que lo hicieron posible se integrarán verosímilmente en sus filas. Por todo eso, el referéndum del domingo ha sido mucho más que la luz verde para escribir una nueva Constitución. Es la reubicación de los partidos tradicionales, la jubilación forzosa de buena parte de la clase política instalada con un relevo generacional percibido como saludable y la creación, en fin, de nuevas reglas del juego.

Lo que quiere realmente Correa no está del todo claro, aunque se le puede alinear con la nueva izquierda, atenta en América Latina a compatibilizar los imperativos económicos de la globalización, la emergencia del electorado indio como un actor social relevante y la hostilidad a las versiones duras del consenso de Washington (el reformismo liberal radical).

Si un observador prudente se atiene a lo ya visto, se aprecia una mezcla indecisa de intereses e intenciones y, junto a un discurso muy duro contra la política liberal-liberal, se ve al economista de formación norteamericana que, al fin y al cabo es Correa, por ejemplo en su decisión de mantener la dolarización de la economía ecuatoriana.

Si quien opina es Hugo Chávez se da la bienvenida al socialismo del siglo XXI, del que Correa no ha dicho una palabra mientras se vuelven los ojos a Bolivia, donde Evo Morales, que también anda en los difíciles trajines de cambiar la Constitución ha tenido que aceptar que las decisiones en la Constituyente se tomen por acuerdo de dos tercios. Un hecho que Correa debería ponderar.

 

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