DESPUÉS DE CONOCERSE el caso de las propuestas electorales copiadas por el PSC-PSOE a un partido catalán, surgen, inevitables, las reflexiones. Partiendo de la base de que el "pagano" de la metedura de pata, Juan Romero Pi, ha sido víctima de una trampa de su propio partido, hay que preguntarse cómo se puede confiar a partir de ahora en quien permite que pasen estas cosas. ¿Qué se podría esperar de un futuro presidente de Canarias que no se leyese siquiera aquellos documentos con los que tiene que gobernar? Esta vez, el "terminator", como lo llama algún columnista, que llegó en plan exterminador de corruptos, en sintonía con lo que predica su jefe de filas, el presidente del Gobierno central, ha caído en su propia trampa y, en consecuencia, debería pensarse muy seriamente si está legitimado para seguir como candidato de su partido. De hacerlo, será un descrédito para los socialistas, no sólo en Canarias, sino de toda España. Y aquí no bastan las disculpas. Lo que ha sucedido no puede ocurrir en un partido serio y honrado, y quien responde de él en campaña electoral es su candidato principal, el aspirante a presidente de Canarias. No es la primera vez que la chapuza se adueña de los modos de hacer socialistas en Canarias, esta vez gracias a las prisas del candidato por darse a conocer y por ganar la efímera gloria de adelantarse a sus rivales. A estas situaciones conducen la arrogancia y el márketing superficial. Así que lo mejor sería que Juan Fernando López Aguilar dejase vía libre a otro compañero que no tuviese que ver con el "affaire" del plagio programático si de verdad debieran dimitir todos los responsables del desaguisado. La "solución" que se le ha dado a la crisis, presumiendo encima de haberla cortado de raíz con dimisiones -"y no como otros", decían estos días los del bando del candidato-, es un tanto cínica.
Y repetimos, para que no haya malos entendidos, que detrás de estas consideraciones no existe animadversión hacia el PSC-PSOE; se trata, ya lo hemos dicho, de que este partido, como ocurre también en el PP, tiene su centro de toma de decisiones en Las Palmas, y de ahí se derivan muchos de los males de Tenerife, siempre relegada por los intereses canariones. Aunque también pagan las consecuencias esos mismos partidos. Por ejemplo cuando, como ahora ha sucedido con el plagio socialista, paga los platos rotos cualquiera menos el jefe canarión. Es más, con estas golfadas políticas a los canarios de las otras islas les queda la sensación de que tratan de engañarlos como a los pobres indígenas de algún país africano corrupto o de una república bananera.
Y si hablamos del PP, tres cuartos de lo mismo. Ahí está el caso de la lista de La Laguna, impuesta por su presidente regional, José Manuel Soria, o, en otra dirección, lo que hace la candidatura al Ayuntamiento de Santa Cruz, que ya está tirando piedras contra la propia ciudad a cuenta del proyecto de Las Teresitas, por orden de Las Palmas, por supuesto. Y vaya usted a saber cuántas cosas más pueden suprimirse en el futuro. No queremos ni pensar que al gran jefe Soria no le guste el tranvía.
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