Creer en algo o en alguien es relativamente fácil; lo verdaderamente difícil viene cuando tenemos que dar el paso siguiente y comprometernos; en definitiva, compartir nuestra fe, que es la expresión de dicha creencia, con otras personas que apuestan por ceder algo de sí mismas por una causa mayor. Lo que nunca he entendido es por qué, cuando se acepta de forma voluntaria dicho compromiso, y se entra a formar parte de una organización o comunidad, hay quienes luchan, a veces casi desde el principio, por cambiar, modificar, alterar e, incluso anular o subvertir todo aquello que forma parte del entramado estético y ético, e incluso formal, de la institución a la que pertenecemos y, por consiguiente, a la que le debemos, cuando menos, respeto y fidelidad.
El Arzobispado de Madrid ha decidido, por las razones que sean, y dentro de sus plenas atribuciones, cerrar la Parroquia de San Carlos Borromeo; parroquia que, por cierto, se suponía ya cerrada desde hacía algún tiempo al culto religioso; y lo ha hecho con la intención de ceder sus locales a Cáritas con la finalidad de potenciar así los distintos servicios sociales que se venían prestando hasta ahora por tres conocidos sacerdotes llamados "los curas rojos" de Vallecas; los cuales se han negado, y por consiguiente desobedecido, una orden directa de sus superiores; ya que, al parecer, entienden que ya es un hecho irremediable la pérdida de la relevancia social de la religión -en este caso de la religión católica-, y por consiguiente apuestan por nuevas expresiones "más sociales" y más cercanas a la búsqueda de la espiritualidad individual, desvinculada de cualquier jerarquía e institución. Es, como si dijéramos, el llevar a cabo un bricolaje espiritual individualizado, mucho más acorde con un cristianismo humanizado y, por consiguiente, más cercano a la iglesia puramente social e ideológica que, irremediablemente, casi siempre termina derivando en una iglesia a la medida de cada cual y con una religión, a ser posible, a la carta.
Fue Grace Davie (2000) el que expuso dichos hechos y posiciones, definiéndolos como una "creencia sin pertenencia", la de todos aquellos que llevan a cabo actuaciones religiosas fuera de todo ámbito institucionalizado y, por consiguiente, jerarquizado. Es evidente que la Parroquia como referente cristiano que es, conforma un punto de encuentro espiritual de la comunidad cristiana donde, además de distribuir los Sacramentos e impartir la Liturgia y, sobre todo la Palabra, además, se debe fomentar y llevar a cabo las distintas actividades de acción social que sean necesarias en función de las demandas y/o carencias de cada feligrés.
Pero el desafío, y por consiguiente el enfrentamiento personal de dichos sacerdotes -eso sí, todo muy mediático, arropado por la progresía subvencionada y, cómo no, amplificado y manipulado convenientemente por los medios de comunicación afines al gobierno socialista-, que deben haber olvidado, entre tanta euforia victimista, que entre sus votos está el de obediencia a su obispo, ha puesto de manifiesto que ante una disyuntiva eclesial-administrativa, han puesto por delante sus ambiciones personales, sean éstas las que sean, y se han aliado, conscientes o inconcientemente, pero de forma ostensible, con aquellos que, dicho paladinamente, les importa un pepino la Parroquia en cuestión, y mucho menos los conflictos íntereclesiales, y que tan sólo aspiran a arrojar a la Iglesia y a los católicos del espacio público español.
Su desafío, al llevar a cabo diversos actos religiosos sin el decoro ni la estética pertinente, y sin guardar el mínimo respeto debido a la Institución que representan, se convirtió en un innecesario escándalo mediático y en una pura reivindicación politico-social contra la Iglesia como Institución y contra todos los eclesiásticos institucionales; a los que se les gritaba, entre otras lindezas, que deberían secularizarlos a todos, o que se debería privatizar la propia Iglesia. La cuestión, no obstante, es saber por qué esos tres sacerdotes hacen una tan manifiesta demostración pública de haber olvidado que la caridad separada del Evangelio, de la Palabra y de la celebración respetuosa de los Sacramentos no es caridad sino simplemente filantropía; que se asemeja mucho más a una espiritualidad laicista. Seguramente que tan atrapados están buscando notoriedad a sus actos, y tan convencidos están de llevar razón, que han olvidado que el Santo Padre Benedicto XVI, sí, el mismo que les cae fatal a la izquierda seudoprogresista española, en su Encíclica "Deus caritas est" dice expresamente que "La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad social, como no puede omitir el respeto debido a los Sacramentos y a la Palabra?//? La actividad caritativa cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías. No es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas, sino que es la actualización aquí y ahora del amor que el hombre siempre necesita".
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