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En el limbo

24/abr/07 07:33
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LA IGLESIA CATÓLICA acaba de cerrar definitivamente el limbo. Lo que no se sabe es a dónde habrán mandado a todo el gentío que, se supone, habitaba eternamente en ese misterioso y tibio lugar que, al parecer, nunca existió, pero en el que creía incluso el mismísimo Dante, y a su "Divina Comedia" me remito. En el limbo estaban no sólo los niños que morían sin bautizar, sino también los que no habían llegado al presunto buen puerto de este valle de lágrimas y se habían quedado en el camino de su gestación. Pero, también residían allí, según las creencias y doctrinas generalizadas, todas aquellas personas que habían nacido antes de Cristo. Demasiado personal piensa uno sin necesidad de hacer cálculos siquiera. De todos modos, conviene aclarar, y el Vaticano se ha encargado de recordarlo, la existencia del limbo nunca fue un dogma de fe ni nada parecido. Pero, ahí estaba, en la imaginación y en los temores populares, sin que quienes moralmente debían acabar con supersticiones y aventar fantasiosas leyendas movieran un dedo para terminar con la creencia en ese inverosímil espacio.

Las explicaciones de los teólogos que han decidido poner fin a la superchería -fin que se hará oficial a finales de este mes o a principios del próximo- son bastante sensatas y, por así decirlo, "modernas". Según sus conclusiones, la creencia en el limbo refleja, o reflejaba, "una visión restrictiva" de la salvación y, por otra parte, si aceptamos que Dios es compasivo en el máximo grado imaginable, habrá que suponer que su deseo será el de que todos los humanos se salven, en especial los niños, que maldita la culpa que tienen de aterrizar en este complicado mundo nuestro (la última frase no es de los teólogos, claro, sino de un servidor, pero, aunque no textualmente, explica lo que ellos tratan de explicar).

Fuentes no vaticanas, al comentar la desaparición el limbo acordada por votación en el seno de la Comisión Teológica Internacional, han señalado que tampoco son ajenos a la decisión dos acusados fenómenos de nuestro tiempo: cada vez son más las familias que no bautizan a los críos y el número de abortos que se practican en el planeta experimenta un notable incremento. Si el limbo hubiese continuado abierto y por elástico que fuese, pronto se habría alcanzado el overbooking. En cualquier caso, y digan lo que digan las autoridades eclesiásticas, el limbo continuará existiendo. Y allí seguirán yendo, en masa y especialmente en época electoral, todas aquellas buenas gentes que acostumbran o tienden a estar metafóricamente en él. Porque, coloquialmente, estar en el limbo significa estar alelado, distraído, despistado, no enterarse de la misa la media y no comprender los entresijos de algo que nos afecta o las pillerías de quienes pretenden dárnoslas con queso. Desde ese punto de vista, el limbo siempre estará ahí y contará con una infinidad de inocentes moradores. Adultos, pero inocentes al fin.

josechela@mojopi.com

 

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