Nunca te acostarás sin saber una cosa más, dice el dicho. Y es sentencia popular que se cumple a rajatabla, mayormente, en materia de gastronomía, disciplina o afición en la que, por mucho que sepas, siempre hay más que desconoces y donde no dejas de llevarte cotidianas sorpresas. Ahora mismo, por ejemplo, se anuncia la llegada de prestigiosos cocineros internacionales a Tenerife con motivo del Primer Encuentro Tricontinental de las cocinas de Europa, África y América. Entre los maestros de la coquinaria viene Patricia Quintana que es el no va más en lo que al rescate de la culinaria tradicional mexicana y a la puesta al día de esos mismos fogones se refiere. México posee una de las gastronomías más ricas, variadas, originales y espléndidas del mundo, aunque el personal crea que allí todo se reduce a los tacos, las tortitas, el chile y el guacamole, y una de sus aspiraciones es que su cocina, la cocina nacional, consiga ser reconocida por la UNESCO como Patrimonio Intangible de la Humanidad. Lo lograrán, no lo duden.
A lo que iba. Que Patricia nos trae -o eso nos anuncia- un platillo cuyo ingrediente principal es el callo de garra de león. Y uno, claro, se queda en treinta y tres, ante la insólita denominación del producto. Pero, si se le pone imaginación, y una vez que te cuentan de qué se trata, claro, este nombre popular no sólo resulta lógico, sino poético incluso y muy descriptivo. Piensen ustedes en una valva de vieira, o sea, en una concha de peregrino, como se le dice también. Puesta boca abajo, sus surcos parecen, en efecto, una zarpa leonina a punto de mostrar sus garras y, debajo de ella, del pie del hipotético felino, hay un callo: la vieira misma, que es lo que, en efecto, va a prepararnos la afamada cocinera.
La gente, en el tiempo, fue encontrando materias comestibles que bautizaba con innegable ingenio no exento de poesía. De México nos llegó igualmente el tomate, tan imprescindible ahora en los recetarios europeos. Los italianos le dieron el nombre más bellamente afortunado: pomodoro, o sea y literalmente, manzana de oro. Pero, el atractivo de tan rico fruto se quedó, durante mucho tiempo, en el mero aspecto ornamental, porque para que el tomate entrase a formar parte de la alimentación costó un tiempito. Y hubo una larga época durante la cual sólo se consumía después de muchas horas de cocción para eliminar, con el fuego y el hervor, sus "malignidades tóxicas". Uno cree que también sucumbieron al atractivo aspecto de autentica joya quienes llamaron por primera vez almeja real a la univalva canaria, hoy en trance de extinción, de nacarada concha y simétricos orificios distribuidos por su borde como puntadas de plata. Los franceses, que en cuestiones gastronómicas, son muy suyos, optan, sin embargo, por designar peyorativamente a un pez muy sabroso, aunque de pinta normalita: sardina bastarda llaman los galos, con desprecio, a la humilde, pero sabrosísima caballa.
En fin?
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