Quizá lo único digno en el asunto del plagio electoral ha sido la dignidad de Juan Romero Pi para dimitir de la forma en que lo ha hecho. A la vista de su trayectoria profesional, todavía no me explico cómo pudo cometer la felonía del calco, porque no se ha tratado de un simple desliz como alguien se empeña en repetir. Tal vez algún día se conozca la verdad sobre un caso que, posiblemente, ni tiene un único reo, ni responde a intereses simples. Para toda guerra hay un pretexto y una causa.
Lo cierto es que los políticos no suelen conjugar el verbo dimitir. Ahí tenemos el ejemplo de Acebes. El otro día, a cuenta del juicio por los atentados de Madrid, dijo que fue él quien abrió la línea de investigación sobre la autoría islamista. Diez segundos después recuperaron una rueda de prensa suya como ministro del Interior, a las seis y media de la tarde del 12 de marzo, en la que todavía afirmaba que la única posibilidad seria era que el atentado lo había cometido ETA. Las cintas de vídeo suelen tener más memoria que las neuronas de algunos cerebros. O el no menos ínclito ejemplo de Ruano. Su informe jurídico propició que el Parlamento de Canarias expropiara ilegalmente a unos ciudadanos, pero ahí sigue; postulándose como gran paladín del nacionalismo vernáculo. También debería conjugar el verbo dimitir quien nombró al director general de Industria en la etapa del concurso eólico. Incluso, para no quedarnos a medio camino, también debería esconderse bajo tierra el que nombró al que nombró a Celso Perdomo, que no fue en la práctica Adán Martín, pues él se limitó a designar como consejero del asunto a la persona que le imponía el PP en función de los pactos previos.
Dando un paso no necesariamente al límite en esta lista de ineludibles dimisionarios, podíamos decir lo mismo de quienes en su día pusieron donde los pusieron a Roldán, Vera, Barrionuevo, etcétera. El único que se marchó fue Corcuera, aunque no por el escándalo de los fondos de reptiles sino por la pataleta de que no le aprobaran su ley de la patada en la puerta. Y entre medio de lo ya un tanto pretérito y lo todavía reciente, sugiero igualmente que dimita el consejero de Educación del Gobierno regional, considerando que el fracaso escolar sigue campando a sus anchas en estas Islas. O la consejera de Sanidad por análogo motivo, si bien María del Mar Julios no es la principal culpable del colapso en los hospitales. Un mínimo de vergüenza torera también obligaría a dimitir a Moratinos, responsable primero, pero no único, de que la política exterior española sea el hazmerreír del Universo. Lejos de protestar porque los moros vayan a construir una central nuclear a trescientos kilómetros de Canarias, y con los vientos a favor, el Gobierno español le ofrece ayuda para concluir el proyecto. Todo sea por no enfadar a los amigos del Magreb.
El verbo dimitir no debería limitarse, en cualquier caso, a los políticos y cargos públicos. Convendría que se lo aplicaran asimismo los empleados descontentos con su empresa, los funcionarios incapaces de atender debidamente al contribuyente que les paga el sueldo y hasta la cajera del supermercado el día que se levanta con mal pie. Cierto que muchos se agarran al empleo para no fenecer de hambre. No creo que la sangre llegue al río. Pero si llegase, siempre es mejor morir de inanición que de indignidad. Aunque la decencia, sobra decirlo, no está de moda. Por eso el gesto de Romero Pi, la gallardía con la que se ha marchado, lo redime sobradamente de su error hasta el punto de que hoy lo considero una persona mucho más admirable que antes.
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