NO TENGO LA MENOR DUDA de que me he de morir sin entender muchísimas cosas. Entre ellas, la falta de solidaridad de unos hombres con otros. De unas naciones -donde se ve más claro- con otras.
No puede consentirse que haya naciones que lo tengan todo y otras, por el contrario, no tengan nada.
Y esta realidad que a diario comprobamos, que se nos advierte a través de todos los medios de comunicación con patéticas imágenes, estoy cierto que debe acabar, y creo que será en breve plazo.
No sé porqué estas realidades se producen. Quizás porque si vendemos alimentos a esos países llamados del Tercer Mundo nos enriquecemos más. Quizá porque interesa vender municiones para llenar nuestras arcas, sin preocuparnos que se maten los unos a los otros, porque pensamos, cómodamente, que eso no va con nosotros.
Y ciertamente que va con nosotros, y tenemos que ponerle remedio con lo que está a nuestro alcance, porque esos desprotegidos, esos que mueren, a millones, de hambre y sed material, y, de justicia, les da igual morir atravesados por una metralla que pudiera esgrimir los países de ese mundo marginado, desprotegido, abandonado.
Si no llegamos a ocuparnos de ese Tercer Mundo, de ese mundo que yo diría inframundo, será él, un día, el que se alce con las pocas armas que pueda conseguir, con piedras, con palos, con lo que sea, para morir pidiendo pan. Y desearán morir así porque acabarán con su vida en un instante, y no tendrán que esperar el desfallecimiento, la inanición y después la muerte. Preferirán hacerlo de una vez, reivindicando lo que les pertenece, que no esperar meses para morir.
Ya todas las naciones poderosas se están percatando de estas realidades y se aprestan a resolverlas, con substanciosas cantidades, en sus respectivos presupuestos, para paliarlas.
Es necesario hacerlo, porque, si no, seremos víctimas de nuestros propios errores.
Debemos procurar que ello no ocurra.
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