En la sesión celebrada recientemente en la Real Academia de Medicina en memoria de Antonio Perera Reyes, médico por el que sentí gran admiración y persona a la que considero digna de todo elogio, no quise dejar pasar la oportunidad de demostrarle mi agradecimiento. Mi agradecimiento por el afecto que me demostró, por la lección de caballero que me dictó y por la bondad que me regaló. Eras un fiel amigo. Uno de esos tipos que nunca habla mal de los demás, que tiene justificación para todo y comprende todos los errores humanos. Y eso, que tú eras chicharrero y yo lagunero. La Cuesta nunca nos separó.
La primera vez que te vi fue en un partido de fútbol. Yo como espectador y tú, como jugador. Yo, con doce años, sentado en la grada de San Sebastián, en la zona de los seguidores del Price, del stadium, llevado por Juanillo el Tiznado, a pesar de que el sol dañaba mis ojos y el duro cemento comprimía mis desprotegidos ciáticos, observé con atención y admiración a un joven que jugaba en el Santa Cruz, el filial del Tenerife. Lo hacía de mediocentro. Pasaba el balón con gran precisión a larga y corta distancia, sin que se perdiera por las líneas que delimitan el campo; sin correr mucho, recuperaba y recibía muchos balones; no intentaba jugadas individuales complicadas; era generoso, daba los goles hechos, ayudaba a los defensas. Aunque pretendía pasar desapercibido, era el que movía el equipo, marcaba los tiempos del partido, como se dice. Era noble, de juego limpio, no daba patadas.
Me dijeron que era hijo de don Antonio Perera, uno de los personajes más importantes del fútbol tinerfeño, relacionado con la familia Capote. La rivalidad entre La Laguna y Santa Cruz, entre El Hespérides y el Tenerife, no impidió que reconociera que aquel elegante jugador tenía un gran porvenir.
Yo, que había inaugurado mi afición al fútbol por la admiración que me produjo el mediocentro del Iberia, Antonio Fuentes y por las maravillas del hijo de don Antonio Perera, llegué a la conclusión de que el mediocentro es el jugador más importante de un equipo de fútbol. Recuerdo, entre otros, a Mesa II. Más tarde, seguí el rastro de Calixto y otros canarios. Los años me confirmaron que el mediocentro es el más importante del equipo y, sin duda, el que necesita más inteligencia.
Pasaron los años, yo ya estudiaba medicina, y me enteré que aquel mediocentro, que tenía el mismo nombre que su padre, era un médico que destacaba en los servicios de Jiménez Díaz. Que había hecho unos estudios brillantes y una magnífica tesis. Que de estudiante había fichado en Atlético de Aviación, donde tuvo grandes amigos canarios. Pero que no había hecho carrera como futbolista porque entonces Germán, con Gabilondo, que fue médico, y Machín, canarión, formaban una línea de medios difícil de desplazar. Además, Antonio Perera tenía más interés por la Medicina que por correr detrás de un balón en el viejo Metropolitano. Aunque sus posibilidades en Madrid eran muy grandes, su sentimiento chicharrero lo trajo sin remedio a Santa Cruz.
Comenzaba mis años en el Sanatorio de Ofra cuando supe que en Santa Cruz estaba establecido un médico que tenía mucho éxito y que la gente lo valoraba mucho. Entonces, el prestigio lo daba la gente, no dependía de títulos ni de puestos ganados por oposición. Era un médico con buena preparación clínica que explotó en el mismo centro de Santa Cruz para llenar un vacío asistencial dejado por otros, ya viejos, retirados o fallecidos. El nombre de Antonio Perera estaba en boca de ricos y pobres. De los que vivían en pisos lujosos o los que vivían en cuevas en las laderas de Los Campitos, en los casuchos de Valleseco, o en las pequeñas casas de paredes ensalitradas y con desconches de maresías en San Andrés o en el Cabo.
En el equipo de su época, con él de mediocentro, estaban Pedro Rodríguez Trujillo, Fernando Barajas Prat, Luis Carrasco, Ángel y Raúl Capote, Carlos Pinto Grote, Javier Loño Pérez, Enrique Martínez, en el laboratorio; Guillermo Cabrera, que se fue a Norteamérica; Buenaventura Machado, a La Orotava; Nicolás Toledo, a Buenavista; Jaime Ramos, a La Laguna; y Luis Cejas a las tierras del Sur, cuando los lagartos tenían piedras donde dormitar al sol y las tabaibas tierra para mantenerse vivas.
Por respeto lo llamaban don Antonio; por amistad, Antonio, y por cariño, Antoñito. Pero todos tenían confianza y valoraban sus grandes conocimientos médicos y su condición de hombre de bien. Era el referente médico de Santa Cruz de Tenerife.
Sereno, reflexivo, generoso, su generosidad rozaba la gratuidad; amigo, de palabra sencilla, dominador del gesto, el gesto que acompaña a las palabras y que rellena los intersticios de las palabras, el gesto vestido y revestido para cada ocasión, para el tiempo de comprensión o amabilidad, de compasión o identificación, o de pena o alegría. Era el prototipo del médico exaltado y venerado en la literatura, en La Ciudadela de Croning, en La Peste de Camus, en el Médico Rural de Turgueniev o de Kafka, o los médicos de Graham Green, o el médico fiel a sus principios, aun pagando al precio de la soledad, de Ibsen. Un médico de ayer, de los de maletín negro.
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