DENTRO DEL TORRENTE MEDIÁTICO en estas horas "fuertes" de España, elecciones, ratificación de negociaciones PSOE-ETA hace años, estilo impropio y contradicción en el control-tardío Eta-Batasuna (Editorial "H. de Aragón", 18-5-07), etc., etc., traigo aquí los silencios -rotos sintomáticamente- ante tanta conmemoración histórica revanchista y parcial. No me refiero a los centenarios de la llegada de Antonio Machado a Soria (?), ni al centenario del cimiento de monseñor Tarancón, a quien tratamos en muchos momentos concretos y preocupaciones que ahora no se cuentan, o esas exhumaciones de muertos del bando republicano con propósitos muy distintos a los que Sarkozy homenajea en Francia. Ortega y Gasset, con sus cincuenta años de su fallecimiento, pasó con citas sueltas, sin recordar siquiera aquella afirmación escueta: "cuando a una norma le falta la claridad, en el fondo se guarda una injusticia". Y estamos viendo cómo la mentira "abadurna" decisiones vitales para el buen gobierno.
A Larraz, estadista y financiero que pudo iniciar la reconstrucción española al final de la guerra civil y dentro de la II Mundial, se le vuelve a traer a la actualidad, con la publicación de sus "Memorias" -un ejemplo de coherencia y de lealtad a una ética que le hizo renunciar a continuar en el primer Gobierno del General Franco- y con la reproducción de su obra "Los Estados Unidos de Europa", que editada en 1965, se revive en este año a través de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, preludio para nuestra entrada en la UE, pero, a la vez, compromiso iluminador para el futuro de aquélla, incluso con las características con que se presenta hoy el problema europeo. Maragall se ha enterado ahora de que el problema con Azaña. Y sobre todo la cuestión del financiamiento que evitase un adelgazamiento excesivo del Estado que le impidiese la gobernabilidad (Larraz).
Y un tercer acontecimiento, el centenario del coloso español de la Filosofía del Derecho, Luis Legaz Lacambra, primera figura en la traducción de obras europeas en el siglo pasado, comentarista de ellas, vicepresidente de los Congresos Mundiales de Filosofía Jurídica, seguidor del voluntarismo de Suárez, superador del positivismo de Kelsen y esclarecedor del raciovitalismo orteguiano, del que quiso cumplir aquel su deseo: unir lo temporal y lo eterno, tras superar el historicismo, el relativismo y el positivismo de cada época y hacerlo empresa de cada generación. La situación real hace que en pocas ocasiones en lecciones, tareas académicas o coloquios se me pregunten qué no harían o dirían hoy Ortega y Gasset, Larraz, o Legaz, ante el panorama jurídico de nuestro tiempo: la inseguridad, la "latenancia", el desprecio, la versión de la mentira, la retroactividad de las normas, la confusión entre legalidad y legitimidad, el desprecio por la dignidad de la persona, a la familia, o a las instituciones, el totalitarismo democrático-jurídico, la ausencia de credibilidasd, la escasa vivencia del Derecho, etc. Nosotros, para cada una de estas preguntas acostumbramos a recordar textos e ideas precisas de aquellos tres grandes maestros, que -cada uno en su estilo-, eran verdaderos iluminadores -no conductores- de la verdad. En el fondo estamos en una "campaña sin ideas" -diría Papell- en "la verdad de las mentiras" (Zarzalejos), o en un "terreno abonado para otra masacre en la universidad" (Herreros Brasas)... Pero, en el fondo, Ortega, Larraz y Legaz, cada uno en su generación y en su tiempo, lo que querían, ante todo y sobre todo, era se impregnara la gobernabilidad del Estado y la vida de los ciudadanos en una pedagogía de libertad, que es lo que falta, y por eso nos asfixia.
* Jurista. Académico
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