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Los dos hermanos

3/jun/07 24:44
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Leoncio Rodríguez

¡Punta del Hidalgo!... Riente, orlada siempre de espumas, todavía recuerda su pasado de leyenda en las altas cimas de sus montañas. En ellas merodearon las huestes de Aguahuco y asentó después sus dominios el bravo Zebenzuí, errante caudillo, con sus rebaños de más de cien pastores. Tierras de señorío, libres de codicias guerreras, a su amparo alzaron los pescadores las primeras cabañas y dieron comienzo a la rudimentaria industria cuando las artes de la pesca se reducían a sutiles redes de junco, anzuelos de asta de cabra, y sendas varas para azotar los peces en el remanso de los charcos.

Ahora, la Punta del Hidalgo es albergue de un pueblo laborioso y tranquilo, consagrado en su mayoría a las faenas del mar. Solaz de forasteros en el Estío, al llegar el Otoño cobra el habitual sosiego de su vida humilde. Ya no se oye en sus playas el rumor de los bañistas. Ya no cubren las blancas sábanas los negros arrecifes. El musgo extiende de nuevo su tapiz verde a lo largo de la ribera, llena de bajíos. Allá, en la honda ensenada de San Mateo, retumba el mar embravecido, anunciando tormentas próximas. Las Furnias están solitarias; los mariscaderos desiertos. Todo es silencio. Sólo en los pedregales del llano se oyen los cencerros de los camellos, que asoman sus gibas sobre las ramas de los tarajales. Y, dominando el paisaje, "Los dos hermanos", allá, en la estribación de la cordillera, proyectando sus sombras sobre el mar.

Los dos terminando en punta,

como dos conos inmensos,

tan iguales, que parece

uno del otro reflejo.

¡La trágica leyenda, perpetuada en la roca para recuerdo de todas las generaciones! ¡Gigantesco túmulo de los desafortunados amantes que, al descubrir su secreto cruel, arrojáronse a las profundidades del abismo mientras un rayo fulminaba su cólera sobre la montaña maldita, partiéndola en dos!

* * *

Contrastando con la soledad del campo, en el recogimiento de la tarde otoñal, todo es animación y bullicio en el antiguo caserío de La Hoya. La pina calzada, fronteriza a la marina, iluminada por el sol poniente, muestra hasta los más íntimos recovecos del barrio: "goros" sombríos, patios con tenderetes de ropas, fogones y vernegales, poyos con tiestos de albahaca bajo parralillos entecos, de hojas castradas por la marecía; críos desnudos, quemados por el sol, y viejas carmenándose las greñas o tejiendo copos de lino. Y, como nota de color, los ocres y los azules de las casas y el blanco de las velas marineras tendidas sobre los muros de las huertas.

Con sus aparejos y sus hatillos al hombro, grupos de pescadores ascienden por la vieja calzada. Las blusas azules alternan con las camisas de franela roja, manchadas de salitre. Abajo, en el Puerto, quedan aún algunos varando los barcos o recontando la pesca en medio de un corro de mujeres que vociferan mientras trasiegan con el pescado. Recalan, en tanto, los últimos barcos, y óyense en tierra voces que apagan los golpes del mar sobre la duras rocas.

"¡Aguanta el barco!" "¡Arría las velas!" "¡Espera a la ola!"

De bruces en los muros del camino, contemplan la faena los viejos marinos, los que ya por sus años "no usan la mar". Cada cual va dando su parecer.

¡Alta viene la marea!

-¡Y los barcos que están todavía por esos mundos de abajo! Si no juyen al tiempo van a tener que ir a varar por San Mateo.

-Todavía no hay tiempos -objeta uno-. Yo he visto la mar más ruin por esta época.

-¿Y esos turromates de nubes y volcanes de viento? -arguye otro, señalando al horizonte sombrío y amenazador.

-Sí, -asiente el más experto de todos- los barruntos no son de calma. Ya se lo dije esta mañana a los míos. No se fíen del tiempo. De nadita que vean la mar metiéndose, arranquen pa tierra...

La tertulia marinera se va engrosando con la gente moza, que acude a oír los consejos de los viejos lobos de mar. Lleva la voz el tío Ciriaco, maestro en las lides de la pesca, ducho en el oficio de capear los temporales.

-Para andar por la mar -explica- lo primero es saber donde hay morretes, fangales o arena en el fondo. Saber también guiarse por los astros y los riscos y entrar con oscuro en los puertos, porque el pescador no es como otros que tienen estudio. Luego, si se quiere desempeñar bien el oficio, hay que aprender el manejo de la caña y afinar el pulso, hasta que se pueda decir: "Este peje traigo". Conocer cuando se clava una sama, un mero o un jurel en cien brazas de agua. Cuando es una cabrilla, un escolar o una vieja. Y luego, no llenarse de humos. ¡Porque cuántas veces viene uno halando un pejito y llega el tiburón y se lo lleva! Tenemos que escapar a toda la vela, porque una vez que el jaquetón se mete debajo del barco ya no deja coger nada. ¡Hasta una sama la rolan por la mitá! ¡Y cuántas ocasiones viene uno tirando por un mero y a lo mejor de la pesca se lleva el hilo y nos quedamos echando celemines, mirando pa el cielo! ¡Y cuando se nos va un abade y después vuelve y se nos va otra vez, se bota uno de espaldas en el barco, lanzando centellas y renegando del oficio! Pero hay que tener calma, aplacar los nervios, y no hacer promesas en vano, que siempre he oído decir:

¡Virgen, si este peje mato

te doy de aceite un cuartillo!

Y una vez que lo maté...

¡no, Virgen, que es pa freírlo!...

-No han gozado ustedes tiempos en la mar -interviene otro-. Cuéntenmelo a mí que estando una noche pescando en el Veril, con una braza de vela arriba porque había mucho tiempo, vino un banco de mar de sotavento y nos reviró la embarcación. A nado tuvimos que ganar la playa de Antequera, y gracias a que una mujer nos dio apoyo, porque el frío nos helaba ya los huesos. Y otra noche, que veníamos en vela y el viento nos dio en sobra, se nos emborcó también el bote y nos quedamos a la buena de Dios. Éramos cuatro y nos pasamos toda la noche agarrados al barco, mientras le rezábamos a la Virgen del Carmen: ¡Virgen santa, como nos des escapatoria te diremos a ver el día de tu santo y a entrar de rodillas con velas en la mano!

-De todos modos -interviene filosóficamente el tío Ciriaco- no hay que quejarse de la suerte que Dios nos dio.

Y añade, señalando a la llanura azul, iluminada por los últimos reflejos del sol:

-¡Este cacho de mar!... ¡El trajín que se le da y siempre tiene pescao!...

* * *

Cae la tarde. Los viejos marinos, con su cortejo de gente moza, se van quedando en sus covachas, a refugiarse a la lumbre de los fogones donde ya humea la cena.

De la mar vienen los últimos pescadores, seguidos de grupos de mujeres con las cestas de pescado cubiertas de musgo. Un olor a algas y mariscos se extiende por el barrio.

Con su gueldera al hombro pasa un marinero, canturreando a media voz:

En el mar de Barlovento

se pesca con hilo en caña,

por la boca muere el peje

y por la zanca la araña.

Otro, que viene detrás, con los pantalones arremangados hasta la rodilla, chorreando agua, canturrea también:

A la mar me tiré un día

a coger un peje-verde,

y lo que vine a coger

fue una sardina y un guelde.

Y se alejan todos: unos para la Hoya Alta, otros para el Homicián, algunos para San Mateo.

La noche va envolviendo en sombras la playa riente, orlada siempre de espumas. Arriba, sobre la cumbre, comienzan a brillas las estrellas.

Parecen lámparas votivas alumbrando el negro risco, hendido en dos, que recuerda la trágica leyenda de la desventurada pareja, víctima del secreto cruel. "¡Los dos hermanos!..."

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