Tenerife
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EDITORIAL

Lo que parece imposible está a la vuelta de la esquina
3/jun/07 24:44
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Comenzamos el editorial con la reproducción de una carta publicada el pasado miércoles, 30 de mayo, en la sección Cartas al Director, bajo el título "La capital de Canarias":

Con motivo de las elecciones que acabamos de padecer, este diario ha venido insistiendo, una y mil veces, en la hegemonía que la provincia hermana viene queriendo arrogarse en cuanto a representatividad de la región, opinión que, por lo que he podido conocer en conversaciones con gente de mi tierra chicharrera, algunos tachan de exagerada e injusta. Todos sabemos que en la Península, a pesar de estar en el siglo XXI, muchos siguen creyendo que eso de Las Palmas está en realidad en el Mediterráneo, más concretamente en Baleares, y que las mismas Canarias caen encima de Argelia, al no poder ser fielmente localizadas en un mapa de España de esos que hay (o había, que esa es otra) en las Escuelas de enseñanza primaria, como aquella de doña Marcela en la Rambla santacrucera, en aquello que se empezó llamando El Paseo de los Coches.

Un periódico de la seriedad, conocimientos y solvencia como es el de economía "Expansión" dedica íntegramente las 16 páginas de su sección "Política" de este lunes postelectoral a las elecciones del domingo, y su página 45, a las de Canarias y Baleares, las nuestras, bajo el titular: "El socialista López Aguilar provoca un vuelco electoral en las islas". La información, facilitada por su corresponsal en Las Palmas, a quien ha de suponérsele debidamente informado de dónde vive, comienza por un encabezamiento que consta de tres columnas: la primera referente a "Datos generales", como los de población y demás, la central al "Parlamento autonómico" y la tercera a "Municipios", con los resultados para estos dos conceptos de las elecciones anteriores y actuales tanto en el Parlamento como para las capitales de las dos provincias, en este caso colocando primero la provincia hermana. Lo curioso, o alarmante, es que los datos que recoge en la primera columna, y que son los relativos a superficie, población, censo electoral, índice de participación, partido gobernante y presidente de nuestra Comunidad, datos todos ellos estadísticos, comienza con estos dos conceptos: Capital: Las Palmas de Gran Canaria. Provincia: Santa Cruz de Tenerife.

Sobra cualquier comentario. Pero como el Sr. Rivero, en lugar de un pacto natural y ya contemplado en la legislatura anterior, prefiera uno antinatural con los socialistas, a lo que nos tiene ya habituados en su periplo madrileño y parlamentario, ya podemos prepararnos para la ofensiva que, progresía en mano, nos espera.

José Mª Segovia Cabrera

(Madrid)

LA OPINIÓN de este lector, que con uno u otro matiz se asemeja a otras llegadas a este periódico en los últimos meses, adquiere un mayor valor en tanto proviene de Madrid, es decir, corresponde a alguien que contempla la realidad del Archipiélago desde la nitidez de análisis que facilita la distancia. El contundente ejemplo acerca del desconocimiento que existe en la Península con respecto a Canarias, y el hecho de que tal ignorancia perjudique, cómo no, a Tenerife, y al mismo tiempo beneficie, cómo no, a Las Palmas, refleja de forma clara cuál es el sombrío panorama que le espera a la isla tinerfeña y a quienes residen en ella si no se frena al cada vez más intenso proceso de despojo y pérdida de protagonismo que dio comienzo en 1927 con la separación provincial. Porque que Tenerife sea reconocida como lo que es, la primera Isla del Archipiélago, no es un mero capricho de este periódico ni de los miles de personas que se sienten dolidas, heridas y llenas de rabia por este cuento de nunca acabar promovido por la clase política canariona y por quienes, siendo tinerfeños y representando a los tinerfeños, miran hacia otro lado e incluso facilitan, por acción u omisión, que la respetable isla de Canaria, pero tercera en todos los órdenes, se haya alzado con una hegemonía que corre el riesgo de consolidarse con los cambios políticos que, al albur de la actualidad, da la impresión de que pueden materializarse. La moneda con la que los canariones han pagado tales desaforados mimos ha sido la humillación electoral, un panorama que provoca la risa fácil antes de adentrarse en el amago del llanto y desembocar en un cruel patetismo. Sobra decir que si dicha actitud no se rectifica, los próximos comicios serán los propios tinerfeños quienes premien con el desprecio a quienes los han despreciado a ellos.

Y es que Tenerife es la primera, y como tal debe considerarse y tratarse, no sólo porque lo blanco es blanco y lo negro es negro, es decir, por razones fundadas en la más absoluta objetividad, desde la superficie hasta la orografía, la demografía o la historia, sino porque con ello se erradicaría una situación de injusticia y desequilibrio que beneficia desde el punto de vista social, económico y sentimental a los habitantes de Canaria al tiempo que perjudica en idénticos ámbitos, y entristece profundamente, al vilipendiado y ninguneado pueblo tinerfeño. Que Tenerife, por mor del devenir de los acontecimientos históricos y haciendo gala de una exquisita generosidad, haya cedido a compartir la capitalidad que le corresponde, es una cosa, pero otro muy distinta es que los ganadores de esa batalla política, apadrinados siempre por las altas esferas del poder estatal, hayan decidido que la mano no es bastante y, como dice el dicho, se hayan empeñado en quedarse con el brazo y, tiempo al tiempo, con todo el cuerpo.

Porque quien dice que es verde cuando es amarillo, esto es, quien se autodenomina "gran" sin serlo, aprovechándose para ello de un error geográfico infantil que se ha tornado en histórico, engañando de esa forma a quienes desconocen en España, Europa y el resto del mundo, cuál es la realidad y quién es quién en estas islas ancladas en mitad del Atlántico, es que está dispuesto a cualquier cosa para saciar su ambición. Incluso, a la vista está, a pisotear al vecino, sea tinerfeño, palmero, gomero, herreño, majorero o conejero.

Pero, como se suele decir coloquialmente, hasta aquí hemos llegado. La desvergüenza política con la que Canaria quiere imponer su hegemonía es tal que quienes la padecen comienzan a buscar soluciones fuera del actual marco estatutario, máxime cuando la reforma en marcha, lejos de poner a cada cual en su sitio, reincide en los errores conocidos. El proceso de toma de decisión social al que aludimos, rayano en la radicalización, no puede hallar otra solución que la modificación del encaje de la Comunidad Autónoma de Canarias en el Estado español. Estas islas, distintas y distantes, son merecedoras de un trato constitucional diferente al de las restantes regiones españolas. Su lejanía, su peculiaridad, incluso sus circunstancias históricas y, cómo no, el derecho comparado, deben obligar a las autoridades estatales y europeas a plantearse la conveniencia de que Canarias sea dueña de su soberanía, lo que no impide el mantenimiento, e incluso el refuerzo, de los lazos que mantiene actualmente con España y la Unión Europea. Sólo de esa forma la esperada pero siempre desaparecida justicia volverá a campar a sus anchas en este rincón del Atlántico.

Quienes se lleven las manos a la cabeza y consideren descabellados los planteamientos aquí expuestos, que en todo caso respetan la máxima de la libertad y el derecho a la libre opinión, no tienen sino que acudir a decenas de ejemplos en los que Canarias puede mirarse. Uno de ellos, cercano a nosotros, es el de la República de Cabo Verde, cuyo presidente nos ha honrado estos días con su visita. El cuadro comparativo que ilustra esta página muestra argumentos más que contundentes para convencer a cualquiera de que lo que parece inalcanzable está, sencillamente, a la vuelta de la esquina.

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