¿USTEDES SABEN LO QUE SUPONE para cualquiera estar dos años en la cárcel? Dos años levantándose y acostándose no a la hora que uno quiere, sino a la que le dicen; no comiendo lo que a uno le apetece o buenamente puede costearse, sino lo que le dan -o le echan-; dos años conviviendo con personas que no son la flor y nata de esta sociedad; dos años sin ver los programas que uno quiere en la televisión -al menos eso-, sino los que el carcelero le permite; dos años, en fin, imaginando como la vida sigue su curso más allá de los muros, echando en falta esas mil menudencias a las que, de tan triviales y cotidianas, la gente normal no les da importancia. Supongo que no. La mayoría de ustedes, como la mayoría de las personas a las que ustedes conocen, no han pasado por esa experiencia. Tampoco yo. Dos o tres arrestos de un par de días durante la mili obligatoria ya me parecieron una eternidad.
La circunstancia de que un ciudadano de Arona se haya pasado dos años en la cárcel no es noticia. Las prisiones están llenas de gente. Mucha más de la que sería deseable. El que fuese privado de su libertad de forma injusta, a raíz de una acusación falsa, tampoco lo es. En la historia presente y pretérita abundan iniquidades así. Por desgracia, tampoco es la primera vez que se publica la noticia de un hombre acusado, vilipendiado y encerrado por una falsa acusación de abusos sexuales. Todavía tengo en la memoria el caso de un profesor catalán, cuya carrera profesional quedó destrozada, su estima personal rota y su vida limitada a los escasos metros cuadrados de una celda, porque a tres alumnas suyas se les ocurrió inventarse unos tocamientos.
En el caso de un aronero enchiquerado dos años por un abuso que jamás cometió no mediaba la actividad docente. Tan sólo, tal vez, celos entre dos individuas; la que inventó la patraña y convenció a una niña para que fuera su cómplice, y la que se la creyó sin preguntarle a la otra parte. Lo que más me asusta en este asunto, empero, es el silencio de algunas organizaciones al loro para saltar a la calle cada vez que encuentran un reo propicio. Estoy pensando en esa patraña llamada Foro contra la violencia de género, o alguna idiotez semejante. Caterva de rasgadores de vestiduras -ellas y ellos-, empeñados en hacernos creer que aquí se asesina sin cuartel a las mujeres, cuando las estadísticas dicen que España -afortunadamente- tiene una de las tasas más bajas del mundo en este tipo de execrables delitos. Mucho menos que la media europea.
Ahondando en el discurso, ya no sólo asusta, sino más bien alarma, oír lo que comentan algunos abogados sobre las órdenes de alejamiento. Disposiciones que en muchos casos los jueces han de dictar a sabiendas de su improcedencia porque los obliga una legislación absurda, aunque políticamente rentable. Lo que comentan en privado los letrados, se entiende. En público ninguno abre la boca por miedo al feminismo rampante. Temor comprensible. Jamás he conocido a una feminista atractiva o al menos bien encarada. De hecho, si se me apareciera una de ellas a las tres de la madrugada en una calle oscura, huiría despavorido pidiendo socorro. O incluso buscaría refugio en Tenerife II. Con todo, siempre es mejor estar entre rejas que chapoteando en la infamia.
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