CUANDO HACE AÑOS, viajando yo por Estados Unidos, me acerqué a ver el Museo del Tenis, cerca de Albany, capital del Estado de Nueva York, me produjo una satisfacción patriótica ver allí, en la sala de los famosos, a Manolo Santana, aquel fenómeno de la raqueta, que, de recoge-pelotas, llegó a ser el número uno del mundo. En esa sala estaban solamente los mejores de los mejores, creo que los que habían ganado los cuatro o cinco "slams". Manolo ganó, por supuesto, mucho dinero en su trayectoria deportiva, pero allí me di cuenta de que el dinero se puede ir, pero la fama permanece en la memoria y en los monumentos, como aquel busto de nuestro tenista presente en el referido museo.
Sin embargo, hay algunos a quienes no gusta tanto la fama. Como, por ejemplo, el tanatopractor francés Jean Monceau, que ha impartido recientemente un curso de técnicas tanatoestéticas en Tarragona, en el que ha dicho que "trabajar" con famosos supone mucha presión y produce estrés. Y él tiene razones para decirlo, ya que lleva 27 años de profesión, y entre sus "clientes" figuran muchos famosos, sin ir más lejos, Lady Di.
No nos extraña nada, pues si arreglar para una boda a una folklórica es un lío, me supongo cómo será arreglar para la muerte a una heredera de reina. De lo que no cabe duda es de que los tanatopractores llegan a familiarizarse tanto con la de la guadaña como aquel funerario amigo mío, que un día que fui a verle me dio un susto tremendo, porque emergió de una caja mortuoria, donde, según me dijo, estaba echándose una siestecita.
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