UNA VERGÜENZA. Esto es lo que siento como ciudadano al contemplar cómo se deteriora la convivencia entre los españoles; cómo se está resquebrajando el sentimiento unitario y solidario de las distintas regiones y pueblos de España; cómo se ha hecho trizas de forma irresponsable el espíritu de la transición, y cómo se humilla y se menosprecia a nuestros soldados cuando, cumpliendo con su deber y con su sagrado juramento, dan su vida en nombre de España.
Desde que llegó al poder por accidente el presidente Zapatero, se ha perdido el sentido del Estado; aún más: se ha perdido la vergüenza política. Se engaña y se miente al ciudadano con la certeza de que, desde una posición de izquierdas, todo vale; aunque ello lleve implícito el que desde una indigencia moral, política e intelectual alarmante se esté contribuyendo a la pérdida del rumbo de la nación. Claro está que esto suele suceder cuando, por intereses de partido y puramente electorales, se deja de creer en España y, por ello, no les duele ni les aflige ni dramatizan su evidente ruptura. De hecho, han sido capaces de inventarse una serie de situaciones políticas que han elevado al rango de doctrina.
Están fuera de sí porque se hallan fuera de juego, y lo saben. Y así, la fatal y falsa disyuntiva ideológica que han montado tras la vergonzosa retirada de nuestras tropas de Irak ha hecho que tengan la necesidad de llevar a cabo un montaje seudopacifista que intentan imponer a la sociedad con un mantra cansino que les sirva para enmascarar no sólo su mala conciencia, sino sus numerosas incursiones en los distintos conflictos armados a través del planeta, pero sobre todo en Afganistán y en el Líbano. Son prepotentes; tienen que serlo para contrarrestar sus miserables comportamientos durante su etapa en la oposición, en la que, tras el accidente del Yak 42, donde murieron 62 de nuestros militares, se le llamó asesino al presidente Aznar, se asediaron las sedes del Partido Popular, y casi llevan al cadalso al ministro de Defensa Trillo; además de instrumentalizar el dolor y la rabia de las familias de los fallecidos, repito, muertos en accidente de aviación.
Ahora, cuando la cruda y triste realidad ha convertido a la etapa del Gobierno socialista del presidente Zapatero en el periodo en que más militares han muerto, destinados a países donde se desarrollan distintos conflictos armados, pide prudencia y sosiego a los españoles y a la oposición. Ahora la cosa cambia. Cuatro días, cuatro, ha tardado el señor Zapatero en dar la cara tras la muerte en combate, que no de vacaciones, de seis de nuestros soldados. Aunque su falta de reacción ante determinados casos graves es ya proverbial, no deja de ser indigno, incomprensible, triste y vergonzoso que durante esos amargos días el presidente Zapatero no haya estado a la altura de las circunstancias. El presidente y su gobierno, y sus medios de comunicación afines, han vuelto a echar mano de la manipulación del lenguaje, en este caso en relación a la escala cromática de las condecoraciones que deberían ponerse sobre los ataúdes de nuestros soldados, ya que están empeñados en defender el lenguaje políticamente correcto, donde las cosas deben significar exactamente lo que ellos quieren que signifiquen.
Prefieren ignorar que esto es una cuestión de honor. Es necesario reconocer el hecho de que nuestras tropas destacadas en el Líbano están desplegadas en una zona de guerra. Los soldados murieron en acto de servicio, pero no apagando un fuego o achicando agua de una riada. Fueron objeto de una emboscada y no sólo de un simple atentado al azar como nos quieren hacer creer. El matiz es muy importante, y el hecho de que carecieran de un vehículo acorazado -vehículo que las autoridades militares solicitaron, como de hecho los tienen los franceses o los italianos, y los responsables políticos socialistas les denegaron-, con un inhibidor como medida de seguridad, ha puesto de manifiesto la falta de prevención de seguridad de nuestras tropas, que deberían estar en función de la misión y del riesgo que cada misión demande. Es por todo ello por lo que se deberían depurar las responsabilidades que correspondan.
Dicho lo cual, el hecho de que se le deniegue a un soldado muerto en combate una determinada recompensa a la que tiene derecho, por oscuros motivos políticos, es no sólo una afrenta, sino un deshonor. Aunque, por lo visto, el hecho de que el gobierno libanés les haya otorgado la medalla de la guerra, y el que el líder de la oposición, el señor Rajoy, haya declarado que cuando él sea presidente les restituirá la cruz del mérito militar con distintivo rojo que este gobierno les niega, y el malestar entre los militares y entre la población civil, les ha puesto a reflexionar sobre su indigna conducta.
En todo caso, y puestos a ser legalistas, podrían haberles otorgado la misma medalla pero con distintivo azul -en vez del amarillo-, que es aquella que se otorga cuando las acciones bélicas se desarrollan en operaciones derivadas de un mandato de la ONU; pero Zapatero debe pensar, siendo fiel a su ideología relativista de izquierdas, que la simbología de los honores militares no tiene la menor importancia y que, por tanto, está bien el amarillo, que además es un color que sicológicamente se asocia con la liberación y le viene bien a su impostado pacifismo.
No obstante, Zapatero debería conocer y saber que la misión de nuestros soldados es proteger al país y a sus habitantes y cumplir con las directrices políticas emanadas de la defensa nacional; pero la misión del gobierno de turno y, sobre todo la de su presidente, debe ser defender y protegerlos a ellos, con firmeza, dignidad y sobre todo con honor.
macost@hotmail.com
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD