NO CABE duda de que los tiempos cambian, y con ellos el carácter de las personas, y hasta de las cosas. Los años son un peso que se va acumulando sobre las personas y los enseres, y lo hace de una forma más violenta. No son tan apacibles como antes se veían pasar las guaguas, los tranvías y las carretas de corte franciscano. Nadie se inmutaba por nada y todos, hasta los taxitstas, aguardaban en sus paradas -ya no las hay, sino alguna muy escasa- a que llegue el raro cliente. Y tanto ha cambiado todo que, ya lo ven, el tranvía ha tenido más accidentes en la época actual, unas escasas semanas, que en todo el tiempo en que funcionó en la época cuaternaria. Ha chocado con guaguas, con coches y con personas. ¿Y todo por falta de preparación de los conductores? No, en absoluto. Los conductores de hoy están más instruidos que los de tiempos anteriores. Lo que sucede es que ya los coches son tantos que no cabemos. Por mucho que queramos encogernos.
El tranvía de mis tiempos, que yo recuerde, no tuvo sino un suceso grave, con muerto y todo, pero fue preparado por los propios usuarios. Fue aquel atraco político que hubo en Gracia, cuando se decía aquello de que "mejor era ser gracioso que caer en Gracia".
Se ha dicho siempre que es más fácil detener a un tren en trance de descarrilar que a una mujer, y es cierto. Con el tranvía puede suceder lo mismo. Por muchos semáforos y raíles que se le pongan. Esperemos que estos malos modos se vayan corrigiendo y nuestro flamante tranvía, del que nos sentimos tan orgullosos, se serene un poco. Que no se le suba el trole a la cabeza.
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