CONSTITUYE para el que esto escribe una enorme satisfacción recibir noticias suyas, contestación a nuestros envíos de publicaciones relacionadas con su profesión de atención a la infancia, doctora Honoris Causa y diputada del Parlamento Mundial de Estados para Seguridad y Paz (grupo de Francia).
Debido, sin duda, a las inquietudes que estamos viviendo estos días de pactos "contra natura", de la nueva asignatura ideada por el Gobierno, que tan mal ha caído en algunos sectores de la enseñanza -la tan cacareada Educación para Ciudadanía-; cuando lo sensato sería volver a aquella enciclopedia de los años cuarenta, en la que la urbanidad, buenas costumbres, respeto a los mayores, etc., se estudiaban: cedíase el asiento a una persona mayor o señora embarazada en un medio de transporte; la derecha en una acera para quien la llevaba era sagrado. Pídale ahora a un joven su derecho de paso y verá, salvo rarísimas excepciones, cuál es su respuesta.
Por ello, esta carta de Gloria Segador Miranda, escritora franco-española, testigo fidedigno de la España triste y desamparada de la Guerra Civil, 1936-39, a quien en el año 1994 la condesa Angela Cocimano, secretaria general de la Academia "La Crisálide", impone a la baronesa Gloria Segador el "Gran Rosone de Oro", como dama de honor académica, que ostenta desde entonces, con legítimo orgullo.
Sin terminar aún la lectura de "La isla de los niños" -que leo pausadamente-, no queriendo perderme ni el más pequeño detalle de este ingenioso libro (que nos brinda un tesoro retrospectivo, y sin embargo actual) en esta página infantil del periódico EL DÍA, a los 35 años de su salida a la luz.
Volviendo grupas a estos preciosos 10-12 aniversarios de su vida, nos enseña que tuvieron los mismos pensamientos, las mismas ideas, los mismos miedos, la misma inocencia, en fin (si se escriben); que la página 101, 102, etc., porque la inocencia no cumple años.
Yo lo considero como una herencia, que de generación en generación va cambiando de dueño con igual significado: sin envejecer ni un segundo del tiempo pero renaciendo cada año en nuevas criaturas. Distintos los lugares, en cualquier parte del mundo, idénticas costumbres, las mismas ocurrencias.
Me encanta este libro, en el que vemos reflejado nuestro yo. Todos encontramos la superficie más o menos placentera donde dejar la impronta de nuestras ideas que, lápiz en ristre, avivaban nuestro espíritu creativo surgiendo los monigotes, que, hechos por la misma mano, no diferían en absoluto de lo que veíamos en otros lugares y en diferentes épocas. La misma manera de "expresarse", los mismos vestidos, brazos y piernas -la imaginación anquilosada, deliciosamente anquilosada-, en la más pura y sana inocencia.
Entonces, no entendemos de puntos ni comas (que a veces nos jubilamos sin saber dónde han de colocarse de manera correcta). Los niños de siempre -ya en el bachiller- cuidarán de no desbordar con los colores los contornos de los dibujos y poco más, niños todavía ellos.
Llena de gratitud hacia los señores Galarza y Ricardo G. Luis por este gran libro: "La Isla de los niños", que logran que los lectores contemos en nuestra biblioteca personal con un libro limpio y verdaderamente singular, nacido y publicado en el prestigioso rotativo EL DÍA, prensa internacional 1994 (Catania, Italia).
Con su lectura he pasado 15 inolvidables días, sumido en el asombro con el contenido excepcional de este libro magistralmente confeccionado y repleto de maravillosos escritos ilustrados con la ingenua gracia exclusiva de los niños.
Un libro para más de una vez, para el mejor aprovechamiento del tiempo; para sonreír y hasta para aprender. Sus ocurrencias me entusiasman, sus divagaciones me asombran, sus razonamientos me instan a pensar...
Felicidades que hacemos igualmente nuestras a los señores Galarza y Ricardo G. Luis, por su habilidad para penetrar en el arcano que es la mentalidad de un niño poniéndolo al alcance de los lectores, de modo que estos se den cuenta del sitio de preferencia que "La isla de los niños" exige en nuestra propia mentalidad.
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