AUNQUE LAS RECIENTES elecciones hayan otorgado otra vez el triunfo a un alcalde que ya se va alejando poco a poco (en éstas perdió diez puntos) del pasado, lo cierto es que, de nuevo, Hermógenes Pérez está al frente de un equipo de gobierno municipal lo suficientemente contestado (menos entre aquellos implicados, aduladores y amigotes de ocasión) para que se abran las puertas de la crítica constructiva antes de que Tacoronte sucumba del todo ante el peso de los adosados, tan queridos por la otrora bella comarca. Muchas gentes de esta ciudad no están dispuestas a rendirse. Por el contrario, las reacciones de la oposición y de movimientos vecinales, que han nacido como respuesta a los desmanes urbanísticos que continúan proliferando, van a determinar estos últimos cuatro años que le quedan al alcalde Pérez (él mismo ha anunciado su final político), donde los plenos prometen convertirse en discusiones que redunden en beneficio del pueblo todo y no de un puñado de agradecidos que llevan demasiado tiempo a la sombra y cobijo del poder. Nadie sabe en realidad qué es lo que sucede por esos nortes, pero es evidente que la montaña de licencias no sólo incumben a los despachos de la plaza del Cristo de los Dolores, sino que, asombrosamente, la ristra llega hasta Buenavista del Norte... con dos únicas excepciones: La Orotava y Garachico, aunque en este último municipio estén empecinados en la construcción de otro dichoso puerto deportivo.
Hace tiempo que le seguimos el rastro al alcalde independiente (?). Motivos nos ha proporcionado para decidirnos a dedicarle unos cuantos artículos que, sabemos, le han sentado como una patada en las narices... en ayunas. Conflictos con los vecinos de La Atalaya, con los de El Pris (todavía no lo dejan entrar allí), con los del centro (inaugura el nuevo mercado junto a un hipermercado, con los de El Torreón, El Cantillo, Jardín del Sol... mientras el Cabildo Insular de Tenerife iba arreglando plazas, inaugurando parques o restaurando iglesias y ermitas. Lo de Lomo Colorado mejor no tocarlo. No existen en el diccionario los suficientes calificativos para ilustrar las chapuzas y el abandono al que está sometido este barrio. Lo mismo que La Garimba. Y resulta que don Hermógenes habla, habla y habla y no dice nada, aunque parezca que dice mucho.
La última amenidad del alcalde tacorontero está contenida en otra licencia, por la cual una hermosa araucaria puede desaparecer bajo la piqueta para dar paso a unos magníficos adosados. Este precioso árbol de gran porte puede ser admirado (al menos hasta el momento de escribir estas líneas) en la calle de La Perla, en el barrio de El Cantillo. Y los tacoronteros se preguntan si su alcalde será capaz de hacer frente a esta especie vegetal nada abundante pero que ella sola puede alcanzar una altura de 50 metros. No necesita de cuidados. La naturaleza la ha protegido siempre... hasta que han aparecido las licencias. Y lo realmente extraño es que Hermógenes Pérez, en unas recientes declaraciones a nuestro periódico, manifestaba su intención de controlar la construcción por las limitaciones y fragilidad del territorio que obligan a políticas de respeto al medio ambiente. Respeto al medio ambiente. Sí, señor, y se queda tan pancho (perdón, don Pancho). Pero también dio a conocer sus aficiones por los temas paranormales al pontificar sobre la "demografía". Todos entendemos qué es la demografía, pero en Tacoronte, y en boca del alcalde, es una incógnita. Como lo es, asimismo, el mentado puerto deportivo de Guayonge. Unas veces que sí, otras que no. Por si acaso, la oposición y una plataforma ciudadana "ad hoc" vigilarán el desarrollo de los acontecimientos, entre los cuales se encuentra, cómo no, el destino de la pobre araucaria.
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