EN LA VIGENCIA plena del régimen anterior, y con el consiguiente despiste de Su Excelencia, los intelectuales de la vieja derechona aseveraron -muy doctos ellos, sin duda- que "los futbolistas piensan con los pieses", al tiempo que, por otras partes, los eruditos de la antigua izquierdona consideraron que "el fútbol es el opio del pueblo". O sea, según los pensadores de la dictadura y a diferencia del homus erectus (un sinvergüenza que te cambas), Ferenc Puskas, sin ir más lejos, efectuaba sus lanzamientos con el peni (cuca en Canarias, tercer pie entre los integrantes de la junta delictiva de la FIFA), hacía el amor o la amistad -o fufiaba- con la cabeza o al menos con una parte del hemisferio cerebral, y, cuando tenía un ratito libre, prescindía de las neuronas, dendritas o axones y pensaba a través de huesos indudablemente neurotransmisores como el tarso, el metatarso, y, debidamente autorizado por el Marqués de Villaverde y ajumados o coloquetas adjuntos, la falange. Y, es decir, según los ideólogos de izquierdas, cien mil espectadores se metían en el viejo Chamartín, no para disfrutar los triunfos del Real Madrid de Di Stéfano en Europa, sino -vendiéndose conjunta e inseparablemente cada entrada con un tarro relleno de analgésicos narcóticos, según insinuaron los científicos bolcheviques- cogerse unos brutales pedos de opio.
Sin duda, y a deducir por el inteligentísimo respeto que dedicaban a las preferencias balompédicas del pueblo y a las virtudes atléticas de los protagonistas del juego, los intelectuales de la izquierda y la derecha españolas de aquellos años, debieron rozarse epidérmicamente con las esencias de las culturas centenarias, y, sin duda, bebieron en escolásticas fuentes como "Un brutal lotazo de espinacas" de Popeye El Marino, "Anoréxica, y a mucha honra, huevón" de su compañera Olivia, "Sobrevolando los geranios de la mona totalmente lisa" de Tarzán de los Montoyas o "Minnie, aprepárese que la necesito" de Mickey Mouse.
Debidamente escribido el reconocimiento de la gran aportación de los güisquipensadores de la época, con la mala leche que caracteriza, sus reflexiones críticas, sus deseos de trascender, sus pajas mentales y sus malimpliados estudios, celebro que, a diferencia de los integrantes de aquellas multitudinarias corrientes y contracorrientes, sólo un faltoso como Fernando Sánchez-Dragó -ensayista, novelista, crítico, machango, piscis, filólogo, farruco y orh- pueda parodiar, caricaturizar y ridiculizar el paisaje balompédico de esta era.
Aojalá este jablantín esté entretenido en la recomposición de su tsunámico torrente literario, y no se estea dando a la lectura del "Marca" y a la contemplación de las extravagancias futbolísticas de esta pretemporada, porque ya es surrealista que un club llamado Granada 74 -propiedad de un tal Marsá, el Piterman de los indigentes- sea expulsado precisamente de Granada y tenga que establecer su domicilio en Toledo, Irán, Afganistán o Laos; que el Real Madrid le arrebate un conejo, por muy Saviola que sea, y no necesariamente en salmorejo, al Fútbol Club Barcelona; porque ya es esperpéntico que Brasil, la meca del fútbol elegíaco, haga prescindir a sus jugadores de sus tradicionales prodigios, la folha seca, la rabona, la chilena y la paradinha, entre otros, utilice además el mezquino método Trapattoni, y, dirigido por un clon del tacaño Andoni Goikoetxea -adepto del fútbol contracultural-, gane la Copa América; y porque ya es espeluznante que el tal Dunga reprima y las fantásticas virguerías de los indiscutibles globetrotters y reeditores de las creaciones del Kamasutra balompédico, herejía sólo comparable a las contenidas en pesadillas tales como el robo -mediante el método del lazo libanés- de las tetas de Pamela Anderson, la afonía de "Los Tres de Canarias" y el secuestro de su célebre superventas "Palmerita" del escaparate discográfico norteamericano, o, para matarnos de la envidia, el fichaje de Kim Bassinger por la Unión Deportiva Las Palmas.
No me consuela lo que sucedió el pasado viernes en la Liga de Oro en Roma, puesto que el atletismo -iniciado en Grecia en el año 776 a.C., cuando Sarita Montiel iniciaba sus estudios de la Esa- es la forma organizada más antigua del deporte. Absolutamente preocupado por la integridad de mi amigo Mario Pestano -quien debería aprovechar, ya que se dedica a eso, y lanzar discos del amargado Marc Anthony al quinto coño-, celebro que la jabalina, impulsada por el finlandés Tero Pitkämäki, aparentemente desrabonada sin mala intención, haya caído en el costado de Salim Sdiri, porque si la vara hubiera alcanzado al saltador de longitud en su órganos vitales -zona tripartita la cual no se llama corazón, cerebro, estómago, ano ni ombligo-, creo que, a esta hora y si su orden de prioridades coincide con el mío, el francés se estaría planteando seriamente la posibilidad de dimitir de la vida.
Mi único consuelo, durante el pasado fin de semana, debí buscarlo fuera del escenario deportivo, porque, cuando ya iniciaba mi caída en una depresión sintomática, neurótica y endógena, y pegaba a cagarme en las muelas de todo cuanto se movía, contemplé -regocijado- las imágenes del bautizo de la Infanta Sofía de Todos los Santos, a partir de cuyo momento, milagrosamente, recuperé las ganas de vivir. La caída de los ojos es de Don Felipe, y no lo puede negar, y las orejitas son de Doña Leticia, sin duda, siendo que además -gracias a Dios- no le encontré parecido alguno con la tíita Elena, a quien, por cierto, debo reconocer y lo hago con felicidad plena, observé bastante más espabilada.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD