HACE AÑOS alguien prometió, quizás en algún mitin, la gran síntesis administrativa: reducir a una las mil ventanillas de nuestros trámites de los dolores. Es lo que tienen las borracheras electorales: que luego viene la amnesia. En el día después, el candidato electoral apenas se diferencia del resacado común: ¿para qué hablaría yo tanto anoche..? ¿Para qué diría amor, si sólo era sexo?
Los trámites para vivir se multiplican como los hongos. Pruebe Vd. a legalizar una actividad, un establecimiento, su misma vivienda, un alta o baja de lo que sea; o simplemente, muérase (sólo para probar). Verá que los papeles no cabrían en el propio ataúd. Pero no seamos idealistas, que la utopía ya no mola; nos conformaríamos con fundir cuatro o cinco ventanillas en una. Es decir, que en vez de hacer un vía crucis por todas ellas, para un mismo asunto, visitaríamos una sola; y que se arreglen entre ellas por esas tripas interiores.
Dicen los entendidos que el funcionamiento de la Administración está inspirado en la seguridad o eficacia jurídica y en los principios de eficiencia, o rendimiento y celeridad. No hay nada como los "palabros técnico-jurídicos" para despistar. ¿Es eficiencia y celeridad repetir la excursión, para el mismo asunto, en la Consejería X, en la Consejería Y, en el Ayuntamiento, en el Cabildo, etc.? ¿No será la eficiencia el conseguir el imprescindible control, pero con el mínimo de procesiones ciudadanas? El sentido común se empeña en pensar que la Administración es un pulpo único con muchos brazos y un centro nervioso, al menos por áreas afines, en algún lugar remoto; pero parece que tuviera sólo ventosas. (Recordemos excepciones con mucha cabeza: Hacienda y Tráfico-multas; ¡qué raro!).
Una vez que el Sr. técnico ya ha certificado ante el alto mando (consejería/s competente/s ) que las obras e instalaciones, por ejemplo, están terminadas como marca la ley, hayan dado el visto bueno, materializado en documentos acreditativos diversos (boletines sellados, dictámenes, etc.), hay que seguir ese vía crucis, contando la misma letanía en distintos altares; léase administración municipal u otras. Pero los organismos administrativos son como reinos de taifas que, más que unirse, parece que compitieran y hasta desconfiaran unos de otros. ("Sí, sí, Sr., esa autorización que Vd. aporta implica que ha superado todos los filtros previos; pero, mejor traiga tres copias de tal certificado, ya precertificado, para su postcertificación"?). Es decir, ¡donde esté una gavetita o archivo propio que se quiten justificantes de otros!
¿Se imaginan en el aeropuerto?: un control en la puerta de embarque, otro en mitad del "tubo", y otro al entrar al avión. El griterío llegaría a treinta mil pies de altura; pero en la administración sí lo soportamos, lo vemos natural. Nos resignamos a que la economía se paralice ocho meses por un simple permiso. Que alguien sume.
El mundo está hecho así (¿?); y al mismo Dios -máximo poder político- le costó lo suyo, no crean. Tuvo que negociar previamente con ángeles y arcángeles que, aunque eran sus subordinados, existían ya "por oposición", con una eternidad de trienios sobre sus alas. El Creador mandó tramitar el mundo en un solo día, pero los otros dijeron: mejor seis, ¡con la de expedientes que habrá que autorizar...
La ventanilla única significaría trasladar el coste en desplazamientos y dolores de cabeza desde el administrado a la administración; y ya no tendría valor la excusa de "este problema no es nuestro, vaya a la planta baja, o al Múltiples-VIII" y toreos varios. ¿Pero quién le pone el cascabel al lince? inmobile?, sobre todo después de las elecciones. ¿Quién estaría dispuesto a que mejore la calidad de vida, ahorrándonos tiempos inútiles en atascos, aparcamientos, colas, etc.?
*Ingeniero industrial
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