CUANDO ALGUIEN ACCEDE a un cargo de responsabilidad pública lo mínimo que se le puede exigir es que tenga las ideas claras. Por supuesto que necesitará un tiempo para familiarizarse con los pormenores de los asuntos que van a requerir sus esmeros, pero no resulta admisible que titubee en temas de vital importancia, porque ello podría indicar que no es la persona adecuada para asumir tan importante misión. La nueva consejera de Turismo del Gobierno de Canarias, Rita Martín, da la impresión de que adolece de esa firmeza de planteamientos exigible a un gestor público, tal y como ha demostrado dejando la puerta abierta al fomento de una marca única para promocionar el Archipiélago en los mercados turísticos. La señora Martín debería mirar hacia atrás y comprobar los errores cometidos por el equipo que la precedió al frente de esa Consejería y, si realmente pretende ser una consejera para toda Canarias, gobernar la política turística en bien de todos y evitar inclinarse hacia los intereses de una determinada isla, porque lo cierto es que la marca única sólo beneficiaría a una isla, Canaria, al tiempo que perjudicaría, sobre todo, a Tenerife.
Pretender meter en el mismo saco lo que es distinto es, además de una injusticia, un engaño al turista. Tenerife cuenta con la oferta hotelera más amplia y de mayor calidad de Canarias; parques temáticos situados entre los más importantes del mundo; un sinfín de áreas naturales protegidas; un Parque Nacional que acaba de ser designado Patrimonio Mundial; una ciudad considerada también desde hace años Patrimonio de la Humanidad; el Carnaval más importante de Europa; obras arquitectónicas firmadas por algunos de los más importantes arquitectos del planeta y, dentro de poco, un museo, el IODACC, que se convertirá en referente europeo y se sumará a los ya existentes en Santa Cruz, La Laguna, Puerto de la Cruz y otras localidades; una amplia y variada oferta gastronómica y una creciente oferta cultural y de espectáculos. Disfruta, además, de una completa asistencia sanitaria; unos niveles de seguridad ciudadana envidiables; un sistema de transporte público en franca mejoría con la irrupción del tranvía, y dos aeropuertos. Canaria, por su parte, es una isla de menor superficie, en concreto la tercera del Archipiélago, con una oferta hotelera más pobre y parques temáticos de menor entidad. Carece de parques nacionales, cuenta con menos áreas naturales protegidas y ninguno de sus núcleos urbanos disfruta de un reconocimiento internacional. Su oferta gastronómica es sensiblemente más reducida que la tinerfeña y los servicios, por lo general, funcionan peor. Se trata, por todo ello, de un destino turístico mucho menos atractivo para el visitante, por lo que incluirlo dentro de una misma marca junto a Tenerife y las restantes islas lo revaloriza y le permite mostrarse ante los ojos de peninsulares y europeos como lo que no es.
Al mismo tiempo, Tenerife, sus peculiaridades, sus mundialmente reconocidas riquezas paisajísticas, quedan ahogadas en un mar de imágenes y lemas que, lejos de realzarla como destino turístico, la empequeñecen hasta extremos aberrantes e injustos. Si la consejera, como dijo en la entrevista publicada ayer por este periódico, piensa que Canarias está conformada por siete islas singulares y diferenciadas, en coherencia con ese planteamiento debería olvidar de una vez la marca única y apostar por la sinceridad publicitaria. Cada isla es como es, y si los atractivos de alguna de ellas son considerablemente menores, las demás no tienen por qué pagarlo.
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