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SUPERCONFIDENCIAL ANDRÉS CHAVES

El fumeque

31/jul/07 07:53
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1.- Con la ley antitabaco, que celebro, se ha producido un fenómeno curioso; de tanto prohibir el fumeque en bares, cafeterías y restaurantes, centros comerciales y oficinas, la gente alimenta el vicio en la calle. Y ya no hay quien entre a las oficinas, centros comerciales y restaurantes sin traspasar la abominable y maloliente humareda de la puerta. Además, me parece lamentable tener que observar en los rostros de los fumadores el ansia de la calada, ese rictus desesperado; y qué no decir de las colillas lanzadas al suelo y pisoteadas con rabia, que dejan tras de sí una deprimente alfombra. El fumador gusta de apagar los cigarros en las macetas, destruyendo todo lo que vive; también tira el resto del puro por la ventanilla del coche, sin pensar en el que circula detrás; vacía el cenicero del automóvil debajo del vehículo y luego huye del lugar, perseguido por su conciencia. El fumador impulsa el cigarrillo hacia la calle, dándole velocidad con dos dedos, como si se tratara de un juego de boliches.

2.- Lo peor de este vicio, que mata, es la ansiosa espera del fumador, atrapado dentro de un avión. Nada más llegar a su destino se lanza a los puntos autorizados de los aeropuertos a sacar impulsivamente el paquete de cigarrillos. Es entonces cuando se relaja, se le reduce el temblor de las manos y más tarde continúa trabajosamente su camino hacia la cinta de las maletas, con los pulmones destrozados por la nicotina. Confieso que jamás me he llevado a los labios un cigarrillo, no sé ni a qué saben. O sí lo sé, pero por la acción imprudente de los que fuman a mi alrededor, sin ninguna consideración. Ya no puedo ir a un hotel que no disponga de habitaciones sin humo; en mi casa no tolero que nadie fume, ni tampoco en la oficina.

3.- Por todo ello celebré con entusiasmo la ley antitabaco, que considero la mejor que ha salido en muchas legislaturas y que va a salvar un montón de vidas. Además, a la gente que fuma le huele la ropa, le huele el pelo, el tabaco produce mal aspecto a quien abusa de él. Yo mantengo una pugna terrible con ese olor, que penetra por todas partes, baja por los huecos de los ascensores, se apodera de las puertas de los grandes almacenes y deja esa sensación compulsiva en los que contemplamos el vicio desde fuera. Lamento esta crónica por los fumadores, pero siempre digo lo que siento.

achaves@radioburgado.com

 

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