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COMENTARIO NACIONAL ANTONIO PAPELL

Cataluña en su 98

31/jul/07 07:53
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CATALUÑA está deprimida. El gran apagón, un año después de que una movilización laboral provocara el colapso del aeropuerto de El Prat y cuando ya estaba en plena efervescencia el debate sobre la insuficiencia de las inversiones en infraestructuras, ha puesto el colofón a un período manifiestamente insatisfactorio en que el desarrollo del Estatuto, pendiente de la incierta decisión del Tribunal Constitucional, apenas si ha avanzado, y en el que las constantes averías en los trenes de cercanías han martilleado machaconamente sobre la opinión pública para extender una cierta sensación de decadencia, vinculada a la situación excéntrica del Principado y al supuesto desinterés de "Madrid", es decir, de las instituciones centrales del Estado.

La situación de deterioro se ha hecho plástica y el pesimismo ha adquirido gran visibilidad en la sociedad catalana, que ha convertido la coyuntura en el centro de sus comentarios. Así por ejemplo, el director de La Vanguardia se lamentaba amargamente la pasada semana de que los servicios públicos siguieran deteriorándose irremisiblemente mientras la sociedad catalana se afanaba en reclamar la titularidad del castillo de Montjuïc. Y ayer, el columnista Jordi Juan ponía de manifiesto en este mismo medio que "en un año se ha pasado de pedir la Luna con el nuevo Estatut a exigir simplemente que haya luz y los trenes lleguen a tiempo"... Existe en fin una creciente conciencia de que Cataluña ha de luchar para evitar el deslizamiento hacia la marginalidad.

En definitiva, bajo el manto de este ostensible malestar, se ha extendido sobre Cataluña una sensación de frustración semejante a la que debió embargar a los españoles ilustrados del 98 al hundirse el espejismo imperial y convertirse súbitamente España en una pequeña nación subdesarrollada del Sur de Europa. Porque en el fondo, hasta el 2003, en tanto gobernó el nacionalismo, persistió la imagen de Cataluña como locomotora española; por aquel entonces, el victimismo exhibido por Pujol en sus negociaciones con Madrid se entendía como el afán de conseguir más recursos para mantener aquel liderazgo. Hoy, la situación psicológica es bien distinta: Cataluña piensa que se ha quedado atrás -mucho más atrás que Madrid-, de forma que las reclamaciones contenidas en el Estatuto -las que comprometen al Estado a un cierta inversión durante un cierto tiempo- llegan tarde y apenas serán una reparación histórica encaminada a restañar los déficit acumulados y a intentar recuperar siquiera en parte el tiempo perdido.

En este clima llega hoy Rodríguez Zapatero a Cataluña, en un viaje calificado de "electoralista" por las fuerzas políticas. Efectivamente, así es hasta cierto punto ya que, aunque sólo fuera por razones matemáticas, Cataluña tendrá un papel decisivo en los resultados de las elecciones generales. Los datos son bien expresivos y pueden resumirse en uno esencial: en 2004, la ventaja del PSOE sobre el PP en Cataluña fue de quince diputados; en todo el Estado fue de dieciséis.

Sin duda alguna, Zapatero afianzará las promesas ya realizadas -transferencia de las cercanías de RENFE en enero; creación inminente de un consorcio para gestionar El Prat- y realizará otras nuevas. El "apagón", que ha sido presenciado por toda la opinión pública española, proporciona a Zapatero un amplio margen de actuación: esa opinión pública ha tomado conciencia de que las reclamaciones dinerarias de Cataluña tienen fundamento.

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