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PABLO PAZ

España no se ha roto... aún

31/jul/07 07:53
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APROPÓSITO de la dimisión irrevocable del presidente del PP catalán, el señor Piqué, se han puesto de manifiesto varias cuestiones interesantes. La primera de ellas es la aparente indignación del susodicho ex ministro al sentirse desautorizado por la dirección de Génova, cuando al parecer no le ha preocupado lo más mínimo el hecho de que, en las últimas elecciones de su partido en Cataluña, éste se viera reducido a cinco diputados, ante el beneplácito y la satisfacción general de los demás partidos catalanes. En segundo lugar, me parece todo un síntoma el que hayan sido precisamente el Gobierno de Zapatero y el Partido Socialista que le respalda, por sí, y amplificado por sus terminales mediáticas, los primeros que se han atrevido a juzgar la dimisión del señor Piqué, que en definitiva no deja de ser un asunto interno del principal partido de la oposición, afirmando que, con dicha dimisión, lo que le ha ocurrido al PP de Mario Rajoy es que se ha radicalizado y, por consiguiente, ahora, les preocupa -a la progresía de izquierdas, se entiende- que se hayan echado en brazos de la derecha más extrema (?); y esto lo dicen sin que se les caiga la cara de vergüenza, ellos, los mismos que gobiernan en alianza con los comunistas de Llamazares y con los nacionalistas vascos, gallegos y catalanes, que, a todas luces, son los peores enemigos de la unidad de España.

Es innoble juzgar a los demás cuando más se tiene que callar. Precisamente ellos, que no han tenido reparos en sacrificar a cuantos líderes se les han puesto por el camino; por ese camino que les lleva irremediablemente a agarrarse al poder, aunque sea a costa de deslegitimar a la oposición y, de camino, ofrecernos una idea alternativa de lo que ellos entienden que debe ser España. Ellos, que permanecen presos de la disyuntiva ideológica que los arrastra entre lamentos por ver sus ilusiones incumplidas, y los anhelos por encontrar un futuro lleno de promesas demagógicas e imposibles de llevar a cabo.

Ellos, que se vanaglorian de acusar al PP de soledad política y social, después de haber intentado todo lo políticamente posible, por expulsarlos de la vida pública. Comenzando con el pacto del Tinell, aquel que anunciaba el confinamiento del principal partido de la oposición, y que el propio "PRISOE" -ahora un poco más huérfano-, junto a sus socios separatistas, vienen haciendo lo posible y lo imposible para que dicha soledad ponga de manifiesto el apoyo social hacia las ideas y proyectos progresistas y así tener carta blanca para modificar, mediante acuerdos y pactos, una interpretación sectaria e interesada de la propia Constitución, cambiando así el panorama político español.

Pero esta izquierda nacionalsocialista que se ha puesto a los pies de Zapatero ignora que dichas reformas y proyectos son, en definitiva, callejones sin salida que, aunque se puede transitar por ellos, no tiene ningún sentido llegar hasta el muro final. Y el PP es por el momento el que avisa, una y otra vez, de que cada cesión que hace el gobierno central a sus socios nacionalistas puede ser un paso irreversible.

España no se ha roto? aún, es cierto, pero nadie discute que está agrietada a base de presiones soberanistas y de bandazos de insolidaridad. Este gobierno populista se ha puesto de rebajas. Todo vale, políticamente hablando; o lo que es lo mismo, todo está en venta; y así nos encontramos con que es rara la comunidad autónoma que no reivindica sus supuestos derechos históricos -aquí todos tenemos derechos pero, al parecer, ninguno tiene obligaciones-; o se nacionalizan los ríos y los montes, cuando no se impone como muro diferenciador la raza, el idioma o la cultura; además, todos quieren una agencia tributaria propia, incluso la soberanía, cuando no abiertamente la independencia.

En definitiva, esta izquierda que padecemos ha vuelto a saltar al vacío, pero sin paracaídas. Ese vacío ideológico por el que ha ido transitando con más pena que gloria, y que le ha llevado, desde la defensa a ultranza del intervencionismo estatal y la ética igualitaria, pasando por los nuevos movimientos sociales, y que terminaron convirtiéndose en supuestos movimientos de liberación, hasta esta democracia formal que nos invade y que se enmarca en una acuciante actividad cívica de defensa de unas minorías, cuyas reivindicaciones no van más allá de unos derechos que la mayoría de las veces son discutibles, o que en todo caso deberían permanecer en la más estricta intimidad; pero que, sin embargo, le sirven al gobierno de Zapatero para liderar una corriente progresista basada en el más rancio y retórico discurso político, pero de una enorme efectividad propagandística que conforma la verdadera clave de su liderazgo.

En definitiva, España no se rompe, pero no será por falta de intentarlo por parte de quienes imparten un discurso demagógico que sirve para ahondar, más si cabe, en las diferencias que nos separan, más que en la historia, en los valores, o en los sentimientos que nos unen.

macost33@hotmail.com

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