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ANTONIO VÁZQUEZ-FIGUEROS

Por mil millones de dólares (6)

31/jul/07 07:53
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VIENE DEL DOMINGO

"Guerra" era perder la esperanza de tener hijos y nietos y dar origen a una estirpe que llevara sus propios genes hasta el fin de los siglos.

"Guerra" era la palabra que habían pronunciado una aciaga noche unos hombres que sabían que aquel era el camino más corto a la hora de saciar su avaricia.

Aquellos elegantes caballeros eran conscientes de que toda guerra resulta beneficiosa y rinde magníficos dividendos siempre que se desarrolle al otro lado del océano.

Cuanto más lejos mejor.

Al cerrar la noche, rodeada del hedor a pólvora y a carne humana achicharrada que penetraba por la ventana que ahora ya ni siquiera tenía marco, Salka Embarek se acurrucó en su cama, confiando en que el sueño acudiera en su ayuda.

Pero era cosa sabida que el sueño no ama a los desgraciados.

Al sueño no le gusta acudir en auxilio que aquellos que más lo necesitan.

El sueño, consuelo de los pobres, tanto más tarda en llegar cuanto más se le llama.

El sueño es un maldito traidor que acosa a quien le esquiva y esquiva a quien le acosa, sin atender a razones, pese a quien por enésima vez solicite sus favores sea una pobre niña que lo aguarda como su única oportunidad de no volverse loca.

El hediondo personaje abrió los ojos y observó al hombre cubierto con un pasamontañas que había tomado asiento en un taburete, justo junto a la cabecera de la cama a la que se encontraba esposado.

-¿Qué coño quieres ahora? -masculló-. ¿Por qué no me pegas un tiro de una vez y acabamos con esto?

-Porque estoy pensando que tal vez exista una esperanza para ti.

-¡Vete a la mierda!

-Te estoy hablando en serio. ¡Muy en serio! Si colaboras y respondes con sinceridad a unas cuantas preguntas, entra dentro de lo posible que tu pena se reduzca a pasar unos cuantos meses encerrado, en un lugar que será desde luego más cómodo y más limpio que éste, y que al final deje que te vayas muy lejos, siempre que prometas no volver nunca a este país.

-¿Qué quieres saber?

-Cosas sobre Mariel.

-Ya te dije todo lo que sé -protestó el otro.

-No me creo esa historia de que lleves años trabajando para él y no tengas ni idea de quién es, dónde vive, o cuál es su edad o nacionalidad... -Gregory Gregorian extendió la mano, la posó con estudiada delicadeza sobre el antebrazo de su prisionero y casi suplicó humildemente-: Dame algo útil que me sirva de excusa para salvarte la vida.

Resultaba evidente que el infeliz Tom Cícero hacía un esfuerzo sobrehumano rebuscando en su memoria en un desesperado intento por encontrar algún detalle olvidado que le abriera la puerta a la esperanza.

-Yo nunca he hablado directamente con él -dijo finalmente-. Quien me llama debe de ser un tipo bastante joven con un ligero acento latino que me trasmite las órdenes. Lo deduzco porque en cuanto le planteo alguna duda me pide que espere, resulta evidente que lo consulta con alguien, y al poco me comunica la respuesta.

-¿Acento cubano?

-Tal vez, pero creo que más bien debe de ser portorriqueño o dominicano, aunque se le nota muy poco; ni mexicano ni argentino, de eso estoy seguro. Y desde luego vive en la costa oeste.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque en una ocasión en que me encontraba en San Luis le pedí que me aclarara una duda y me respondió: "Te volveré a llamar después de comer", lo cual me hizo comprender que si aún no había comido se regía por el horario de la costa oeste.

-¡Bien pensado! ¿Qué más?

-Paga mejor que nadie pero no admite fallos. Si haces bien tu trabajo incluso te sorprende con dinero extra, pero si te retrasas al cumplir sus órdenes o no lo haces al pie de la letra, puedes darte por muerto. Y debe tener acceso a los archivos de la policía porque lo sabe absolutamente todo sobre cuantos trabajan para él y sobre aquellos a los que quiere eliminar.

-¿Qué te ordenó respecto a Stanley Rove?

-Que arreglara un Rolls blanco aparcado en la tercera planta del estacionamiento de la Dall & Houston de tal forma que nadie, ¡absolutamente nadie!, pudiera sospechar que había sido amañado. Soy el mejor en esa especialidad, y aún no entiendo cómo diablos pudiste descubrirlo.

-Siempre hay alguien mejor que el mejor, querido mío, y como sigues siendo de la vieja escuela no tuviste en cuenta la importancia que tiene hoy en día el ADN.

-Explícate.

-Reconozco que no encontré la trampa, encontré al tramposo, porque es cosa sabida que no se puede trabajar con guantes, ni siquiera de látex, en el sistema electrónico de un motor tan complejo y delicado como el de un Rolls, así que no pudiste evitar que se te quedaran vellos de las muñecas en el interior. Hoy en día a través de Internet se consigue cualquier tipo de información, incluso de cómo fabricar una rudimentaria bomba atómica, y allí, en un archivo de la policía inglesa al que tengo acceso estaban los nombres de los tres mejores especialistas en amañar Rolls-Royce conocidos -le golpeó de nuevo casi cariñosamente en el brazo y añadió-: Quizá te enorgullezca saber que, en efecto, uno de ellos eres tú. Sabiendo tu nombre me bastó con cotejar tú ADN con los vellos encontrados para deducir que no se había tratado de un auténtico accidente.

-¡Ya me extrañaba a mí!

-Despejadas tus dudas te aclararé que si salvas el pellejo y vuelves a intentarlo eres hombre muerto.

-Si salvo el pellejo me retiraré a una casita que tengo en Costa Rica.

-Pues si quieres volver a ver Costa Rica cuéntame algo más sobre Mariel.

-Sólo se me ocurre un detalle: en uno de los primeros trabajos que hice para ellos mi compañero era un veterano del grupo. Durante las seis o siete horas que estuvimos esperando a que el pájaro se pusiera a tiro, le comenté que tal vez la información era errónea y el tipo nunca aparecería, a lo que mi compañero me respondió que Mariel jamás se equivocaba porque estaba convencido de que procedía de la antigua Corporación.

-¿Qué es eso de la Corporación?

-Por lo que aquel fulano aseguraba, era una asociación de cubanos anti castristas que habían realizado trabajos tan perfectos como el de Kennedy.

-¿Te refieres al asesinato del Presidente Kennedy?

-Yo creo que más bien se refería al de su hermano Bob, pero en aquellos momentos no presté mucha atención porque lo cierto es que me encontraba un poco nervioso... -La expresión de sus ojos pretendía reflejar absoluta sinceridad al añadir en tono suplicante-: Eso es todo lo que recuerdo, se lo juro.

-¿Nunca intentaste averiguar nada sobre esa tal Corporación?

-¿Yo? ¡Ni loco! Lo mío son los coches y los mandos a distancia: consigo que una rueda estalle a tres kilómetros sin dejar huellas de la explosión, pero de ahí no paso, porque en boca cerrada no entran moscas. Y en este oficio hay demasiadas moscas.

Gregory Gregorian observó a aquel desecho humano, tanto física como moralmente, pareció aceptar que en efecto no tenía nada más que contar, y pese a que aborrecía la idea de dejarlo sin castigo, sabía muy bien que sólo se le ofrecían dos opciones: o pegarle un tiro, o cumplir con lo que le había pedido Alexandra Zanaj.

-¡Bien! -masculló al fin-. Como no me has proporcionado ninguna información que valga la pena, vamos a llegar a un acuerdo: tu vida por la de Mariel, o para ser más exactos, tu libertad por la de Mariel.

-¿Qué diablos pretende decir con eso? -se horrorizó el otro.

-Que permanecerás encerrado mientras tu jefe continúe haciendo de las suyas. Te voy a dejar el teléfono verde, y si cuando llame te las ingenias para conseguirme alguna pista que me permita atraparle, dejaré que te marches. De lo contrario me temo que no volverás a ver la luz del día.

-¡Pero eso es injusto...! -sollozó el prisionero-. ¿Qué puedo hacer yo?

Lo interrumpió con un gesto.

-Tú sabrás lo que eres capaz de inventar o lo que puedes recordar, pero lo que debes tener muy claro es que aquel a quien le preparaste el accidente ya no volverá a ver la luz del día, así que lo lógico y justo sería que acabaras en el corredor de la muerte. Tienes suerte de que te dé una oportunidad, o sea que más vale que espabiles.

Sacó una llave del bolsillo, le libró de la esposa de la mano derecha y le entregó otra llave indicando la opuesta al tiempo que ordenaba:

-Cuando cierre la puerta te sueltas y te lavas bien con aquella manguera hasta que quedes reluciente. Sobre la mesa tienes el teléfono verde, una capucha y ropa limpia. Al acabar te sientas en esa silla y te colocas tú mismo la capucha y las esposas. Volveré a buscarte dentro de una hora y no quiero problemas o te vuelo la cabeza.

-No te preocupes... -fue la respuesta que venía acompañada de un largo suspiro de alivio-. ¡Aquí estaré!

El hedor de los restos humanos que se pudrían al sol en el tejado, los árboles y el jardín le hacían la vida insoportable. Un ejército de ratas que había acudido atraído en busca de un cómodo festín le obligaba a estar en continua alerta, puesto que parecía dispuesto a atacarla al menor descuido.

Aquel ya no era su hogar.

La ruina, la suciedad y la podredumbre en nada recordaban el hermoso lugar en que había nacido y había crecido, y que su madre se esforzaba a diario en mantener acogedor y reluciente a toda costa.

La hermosa casa, tan destruida y sin futuro como su propio espíritu, parecía estar pidiéndole a gritos que se fuera, que intentara olvidar su deterioro actual y la recordara en un futuro como había sido antaño.

Pocas cosas resultan tan difíciles como desprenderse de aquello a lo que amamos, sobre todo, como en el caso de Salka Embarek, de cuanto quedaba de todo lo que había amado en este mundo. Pese a que intentó aferrarse a las paredes y a los muebles como a una postrera tabla de salvación, acabó por aceptar que aquel era ya un barco hundido que amenazaba con arrastrarla al fondo del océano.

Se había convertido en una especie de fantasma que vagaba como sonámbulo de una habitación a otra, de la cocina al dormitorio de sus padres, o del salón a la habitación de Turky, siempre esperando escuchar una voz conocida, descubrir la presencia de algún miembro de su familia o percibir el reconfortante olor que solía llegar desde la cocina cuando regresaba del colegio.

Pero su familia había muerto, y con ella los olores y las voces, al igual que había muerto el lugar en que habitaron, puesto que un edificio al que han abandonado sus habitantes no es más que un conjunto de paredes y techos que no tardan en convertirse en ruinas, del mismo modo que un ser humano al que le ha abandonado el alma no es más que un montón de carne y huesos que no tardan en convertirse en polvo.

Una amarga mañana -las mañanas, como las tardes y las noches, eran ya sobre todo amargas-, Salka Embarek introdujo en una mochila lo poco que quedaba de su pasado y abandonó su cuarto, su casa, su calle, su parque y su barrio sin derramar una lágrima y sin volver ni una sola vez el rostro.

Iba muy lejos.

Se había hecho el firme propósito de devolver todo el dolor que le habían ocasionado a quienes se lo habían causado, y tenía muy claro que el suyo sería un largo, muy largo viaje al otro lado del mundo.

DE LA PRENSA DIARIA

La policía española detuvo en las Islas Canarias al presunto asalariado de una organización criminal que se encarga de blanquear dinero. La operación se denominó Battle, que es el segundo apellido del cabecilla de una organización estadounidense que obtenía ingentes sumas de dinero procedente de la extorsión, el narcotráfico y los asesinatos por encargo.

Dichas cantidades se desviaban a paraísos fiscales y se intentaban blanquear. Y ahí intervenía el detenido, L.A.R. de 62 años, y su esposa, de 61, a los que se han incautado propiedades por valor de más de 20 millones de euros. Se les acusa de blanqueo de capitales y de ser miembro del mayor grupo mafioso cubano-estadounidense: la Corporación.

La operación se puso en marcha gracias a las buenas relaciones entre el FBI y la policía española. Los primeros informaron a los agentes españoles de que tenían la sospecha de que los tentáculos de la banda podían extenderse a las islas.

Tras diversas investigaciones llevadas a cabo por el instituto armado, se determinó que el detenido había constituido junto con el cabecilla de la organización, José Rodríguez Battle, de nacionalidad norteamericana pero de ascendencia cubana y ahora encarcelado en Estados Unidos, un entramado societario de vastas proporciones.

La Corporación desviaba hacia España importantes sumas de dinero procedentes de paraísos fiscales como Panamá, Antillas Holandesas e Islas Vírgenes, que se invertía en negocios relacionados con la construcción y la promoción de viviendas, explicó la policía española en una nota oficial.

El dinero, a través de diversos métodos de blanqueo, se reenviaba a la organización en EEUU totalmente justificado.

Como consecuencia de la operación, la policía efectuó registros en el domicilio del detenido y en nueve sociedades (la mayoría de ellas relacionadas con la construcción) del entramado societario creado para el lavado del dinero negro.

De las propiedades intervenidas, tres millones de euros fueron localizados en diversas cuentas bancarias, un millón en acciones de distintas empresas y otros 15 millones en propiedades y promociones inmobiliarias.

La organización criminal conocida como la Corporación se creó a mediados de los años cincuenta, y su primera actividad ilegal fue un juego muy popular en Cuba, similar a la lotería, denominado "La Bolita".

Posteriormente, esas actividades fueron extendiéndose a las apuestas, blanqueo internacional de capitales, narcotráfico desde Hispanoamérica a Estados Unidos, extorsiones y asesinatos por encargo.

En el pasado año, el jefe de la organización, José Rodríguez Battle, de 77 años, fue declarado culpable de crimen organizado ante las autoridades judiciales de Estados Unidos. Recientemente, su hijo Miguel, encargado de los avanzados sistemas de lavado de dinero de actos delictivos en Estados Unidos, Islas Caimán, Islas Vírgenes, España, Perú, Panamá, República Dominicana y Suiza, fue condenado a 15 años de prisión, también en Estados Unidos.

Una hora después y tras haber impreso una copia de la valiosa información que había conseguido tras más de cuatro horas de navegar por la compleja red de Internet, y recibir una serie de respuestas a sus preguntas que le permitieron confirmar que el citado Rodríguez Battle estuvo tiempo atrás asociado a un peligroso criminal en paradero desconocido, igualmente de origen cubano al que tan sólo se le conocía por el curioso apodo de Mariel, Gregory Gregorian desconectó su ordenador portátil, y volvió la cabeza hacia su esposa, que se encontraba, como de costumbre, entretenida en la contemplación de una vieja película musical.

-Nos vamos a Cuba -dijo.

-¿De vacaciones?

-¡No digas tonterías! -protestó ruidosamente Gregory Gregorian-. No estamos en situación de ir de vacaciones. Vamos a trabajar.

-¿Trabajar en Cuba? -fingió asombrarse Jessica Delmónico-. ¡Eso sí que es noticia! Supongo que seremos los únicos, porque tengo entendido que allí nadie da ni golpe. Explícate un poco mejor, si no es mucho pedir.

-Aún mantengo buenos contactos con algunas policías extranjeras que me han confirmado que, en efecto, un tal Rodríguez Battle y el escurridizo Mariel fueron socios años atrás. Y lo que es más importante, que ambos eran compinches en La Habana durante su ya lejana juventud, y fue allí donde fundaron la denominada Corporación. Por lo visto, Rodríguez Battle nunca ha dicho una sola palabra acerca de su relación con Mariel, convencido de que si lo hace, tanto él como su hijo aparecerán en sus celdas con el cuello abierto de oreja a oreja. Pero en Cuba debe quedar gente que sepa algo sobre las andanzas juveniles de ese par de hijos de mala madre. Y en la Cuba actual basta con un billete de cien dólares para que hasta el último gato cante Guantanamera.

-¿Y no tendrán miedo a hablar?

-En Cuba no le tienen miedo más que a Fidel Castro y a sus secuaces, querida mía. Comparados con ellos, todos los asesinos de este mundo, por muy sanguinarios y profesionales que sean, se les antojan niños de pecho. Tras cuarenta y siete años de dictadura castrista, o estás curado de espantos o estás muerto.

-No sé si me gustará Cuba, pero al menos significará un cambio de aires, que buena falta nos hace.

A Jessica Delmónico le hubiera gustado Cuba medio siglo atrás. Es más, le hubiera fascinado, puesto que a pesar de no haber conseguido estudiar la carrera por culpa de haberse casado muy joven, la arquitectura siempre había constituido una de sus grandes pasiones.

Y la arquitectura colonial cubana hubiera conseguido dejarla boquiabierta de estupor, a no ser por el hecho evidente de que en aquellos momentos no era ya más que pura ruina.

-Me recuerda Palermo... -comentó cuando llevaban más de tres horas pateando las calles de La Habana Vieja -La misma dejadez, la misma suciedad, el mismo deterioro inconcebible... ¡Mira ese palacete! -masculló indignada-. Observa la silueta de su escalera, la línea de los arcos del porche, la gracia de la cúpula... ¿Cómo puede nadie permitir que se caiga a pedazos?

-El arte, y en especial la arquitectura, es cosa de ricos querida -señaló su marido-. La miseria no tiene tiempo de extasiarse ante "la línea de los arcos del porche" porque se tiene que ocupar de las necesidades de la cúpula de su estómago. El hambre siempre ha sido un mal crítico, pequeña; el peor de todos.

-Pero cuidar el lugar en que vives con un poco de cemento y una mano de pintura no cuesta tanto... -protestó ella-. Es sólo cuestión de buena voluntad.

Gregory Gregorian le indicó a los cuatro policías que con gesto de profundo aburrimiento montaban guardia en cada una de las esquinas de la ancha plaza.

-¡Míralos! -dijo-. ¡Hay miles de ellos en la isla! Todos van uniformados y perfectamente armados porque en la Cuba de hoy resulta mucho más sencillo conseguir armas y uniformes que un saco de cemento o un bote de pintura. Aunque se lo propusieran y dejaran de comer tres meses, quienes habitan esa casa no conseguirían el dinero suficiente como para pagar los materiales de construcción que les permitirían dejar de vivir como cerdos.

-¿Y cómo es que lo consienten?

-De la misma manera que estamos consintiendo que manden a nuestros muchachos a que los maten en Irak... -fue la tranquila respuesta de Gregory-. No tenemos derecho a criticar los abusos y arbitrariedades de la dictadura castrista cuando nuestro propio gobierno ha montado aquí mismo, en la base militar de Guantánamo, el presidio más cruel, bárbaro, injusto e ilegal que ha existido desde la época de los campos de exterminio nazis. Comparado con Guantánamo, donde tienen a los presos encerrados durante veinte horas diarias en habitáculos de metal que se convierten en auténticos hornos, las cárceles de Castro son como colegios de párvulos.

-Siempre supuse que aborrecías a Castro y su sistema -se sorprendió Jessica-. ¿A qué viene ahora ese cambio de opinión?

-No he cambiado en absoluto de opinión, queridísima esposa y alma de mi corazón -la contradijo atrayéndola hacia él y estampándole un sonoro beso en la frente-. Lo único que he dicho es que siempre es posible conocer a unos hijos de puta más hijos de puta que los mayores hijos de puta que hayas conocido, y que en este caso particular se trata de nuestro muy legal y supuestamente democrático gobierno -guardó silencio un instante porque estaban pasando junto a uno de los policías uniformados pero en cuanto lo dejaron atrás añadió-: Se están saltando todas las leyes internacionales, se arriesgan a que el día de mañana les acusen de crímenes contra la humanidad, y todo ello no es más que el resultado directo de la guerra que iniciaron nuestros queridos amigos, los altos ejecutivos de la Dall & Houston. De no ser por ellos, las atrocidades que se están cometiendo en Guantánamo o en las cárceles de Irak jamás hubieran tenido lugar.

-Pero la mayoría de los presos de Guantánamo son talibanes de Afganistán, no prisioneros iraquíes... -argumentó Jessica.

-Es cierto, pero en Irak, incluso la tortura rinde beneficios, querida. Tras el escándalo de la cárcel de Abu Ghraib, el informe redactado por el general Taguba para el Pentágono reveló la existencia de adjudicaciones otorgadas a la compañía Caci para ejercer interrogatorios. Y el contrato no obligaba a Caci a ofrecer personal con experiencia o entrenamiento específico para ejercer estas tareas.

-¡Cuesta creerlo!

-Pero aunque duela, es la verdad -insistió su marido-. De los treinta empleados que contrató el ejército, la tercera parte carecía de experiencia. Los militares implicados en los casos de tortura, como la soldado England, o la única general del ejército, Janis Karpinski, fueron condenadas y perdieron sus puestos, pero nadie puede imputar cargos al personal de Caci gracias a una ley según la cual los beneficiarios de las adjudicaciones estadounidenses en Irak no están sujetos al código militar americano ni a las leyes de aquel país.

-¿Y quiénes son los beneficiarios en el caso de Afganistán?

-Los Estudios de Walt Disney no, desde luego. El Contrato de Servicios de Emergencia con el Ejército para Afganistán se encuentra a nombre de una empresa subsidiaria de la BRA, que es a su vez una subsidiaria de Dall & Houston. Se trata de continuar con un negocio tan viejo como la humanidad: chalanear con los mismos mulos cambiándoles el color.

-Con la diferencia de que en este caso muere mucha gente. Y a otra se la tortura.

-¡Exacto...! -la besó de nuevo en la frente al tiempo que alzaba la mano con la intención de detener a un destartalado taxi que se aproximaba dejando a sus espaldas una oscura nube de humo y añadió-: Y ahora te agradecería que regresaras al hotel y disfrutaras de la piscina mientras yo me ocupo del asunto que nos ha traído aquí. Aquel señor de la camisa azul que está junto al puesto de frutas debe ser el que me va a presentar al hombre que he venido a buscar.

-Me gustaría acompañarte.

-No creo que sea buena idea, querida, hazme caso. En primer lugar no hablas español, así que no te enterarías de nada, y además no conviene mezclar el placer con el trabajo, y tú constituyes el mayor de los placeres.

-No sé cómo te las arreglas, pero siempre tienes en la punta de la lengua la frase que más pueda agradarme... -señaló ella.

-Debe de ser porque cada noche sueles ponerme en la punta de la lengua lo que más puede agradarme... -replicó él acariciándole con disimulo la entrepierna en el momento de ayudarla a subir al taxi-. Después de comer te explicaré con todo detalle a lo que me estoy refiriendo.

-¿Es que no puedes dejar de pensar siempre en lo mismo? -le reconvino ella con un mohín de fingido enfado.

-Puedo... Pero no quiero.

En cuanto el taxi, o mejor dicho la nube de humo que dejaba tras de sí el vetusto vehículo, se hubo perdido de vista al final de la ancha avenida, Gregory Gregorian se dirigió directamente hacia el anciano de sudada camisa azul que le aguardaba a la sombra de un araguaney, junto al puesto de frutas.

-¿Don Facundo Montalvo? -inquirió alargando la mano, y como el otro asintiera con la cabeza, añadió-: Gregory Gregorian; el comisario Benavides me ha contado maravillas de usted.

-Benavides siempre tan amable... -tomó por el brazo al recién llegado y le condujo hacia una calle lateral flanqueada de árboles mientras comentaba-: Me telefoneó para ponerme al corriente de a quién busca, y por eso me he permitido citarle aquí a esta hora en concreto. Ramoncito está ya muy mayor, por lo que en cuanto aprieta el bochorno comienza a apagarse y se le van las ideas. Siempre fue un gran madrugador.

Lo condujo por entre callejuelas de las que el asfalto había desaparecido tiempo atrás y la mayor parte de las losetas de las aceras habían sido arrancadas hasta desembocar en un amplio y acogedor jardín, en uno de cuyos rincones un anciano de cabello ralo se balanceaba lentamente en una quejumbrosa mecedora que amenazaba con venirse abajo en cualquier momento.

-¡Buenos días compadre! -lo saludó afectuosamente don Facundo en el meloso acento propio de la isla-. Aquí te traigo al amigo del que te hablé; Benavides te agradece que lo atiendas tal como sabes hacerlo.

-¿Aún vive Benavides? -pareció sorprenderse el hombre de la mecedora-. El muy pendejo se ha propuesto acudir a mi entierro y me temo que va a conseguirlo... -señaló con la cabeza a Gregorian mientras preguntaba-: ¿Gringo o gallego?

-Gringo.

-En ese caso hablaremos en gringo aunque cada vez me cuesta más trabajo... -indicó con un gesto que tomaran asiento frente a él, para puntualizar en un inglés casi perfecto-: Vayamos directamente al grano porque a mi edad ya no hay mucho tiempo que perder. ¿Qué es lo que quiere?

-Información sobre quiénes fundaron la Corporación, quiénes manejaban el juego de la Bolita, y quiénes formaban la pandilla de José Rodríguez Battle.

-¿Rodríguez Battle? ¿Pepe el Miserias? -repitió sorprendido-. ¡Menudo comemielda! Acabó donde debía, o tal vez me equivoco, porque no merece morir tranquilamente en su cama, aunque se trate del camastro de una celda.

-¿Fue, como se asegura, uno de los fundadores de la Corporación? -quiso saber su interlocutor.

-Y de otras seis o siete asociaciones igualmente ilegales, pero por suerte esa ha sido la única que se ha mantenido activa durante más de medio siglo. Su pandilla de degenerados empezó con la Bolita, pequeños robos y prostitución, todo bajo la protección de la policía de Batista, que los tenía a sueldo como sus chivatos más fiables. Luego levantaron vuelo y pasaron al narcotráfico, el rapto, la extorsión e incluso a los asesinatos. No había nada, nada en este mundo, que no estuvieran dispuestos a hacer si les proporcionaba beneficios.

-¿Cuántos eran?

-Alrededor de una docena, aunque eso es algo difícil de precisar. Unos iban y otros venían; los mataban, los encerraban o simplemente desaparecían sin dejar rastro. Fijos, lo que se dice fijos, creo recordar que eran siete, pero no me haga mucho caso, mi memoria ya no es lo que era.

-No seas tan modesto -intervino don Facundo palmeándole afectuosamente la rodilla-. Siempre se ha asegurado que tu memoria es más de fiar que el archivo nacional.

-En los tiempos que corren, amigo mío, más de fiar que el archivo nacional cubano lo es cualquiera; incluso la frágil memoria de esta pobre momia contemporánea de Tutankamon -sonrió mostrando que le faltaban tres dientes y varias muelas, al insistir-: Sin embargo, sabido es que los viejos recordamos cosas de hace sesenta años mientras que con frecuencia no nos acordamos de que tenemos que desabrocharnos la bragueta para mear.

CONTINÚA MAÑANA

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