LA SECRETARIA de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, estuvo ayer en Israel vendiendo la mercancía que peor compra el gobierno sionista: todo lo que recuerde a una solución al contencioso con los palestinos hecho por terceros. Ella sabe que el gobierno Olmert, como todos desde la fundación del Estado, mantiene a rajatabla su oposición a toda internacionalización del conflicto como se probó cuando, por única excepción, solo la presión irresistible del dúo Bush (padre)-Baker hizo posible que una delegación israelí acudiera a la Conferencia de Madrid.
Con el tiempo llegarían los Acuerdos de Oslo que eran bilaterales en su concepción y desarrollo, pero fueron "comprados" por el gobierno Clinton y apadrinados por el presidente quien aún haría, ya en el verano de 2000, el último intento en Camp David-II, siempre con dos delegaciones y con Washington como mediador.
Lo de ahora es de menor rango parece destinado a otro fracaso, pero tiene atractivo para editorialistas y observadores avezados: lo propone un Bush con solo año y medio de vida pública por delante, con una necesidad desesperada de hacer algo que guste a los árabes y, sobre todo, en procura de un aliviadero para el nuevo contexto regional, dominado abrumadoramente por la guerra en Irak.
Formalmente no hay vínculo entre los dos problemas, pero sí lo hay y en Israel lo saben. Condoleezza Rice lo dejó caer el lunes en Sharm-el-Sheik cuando, para convencer a los árabes conservadores de que están amenazados por Irán y acreditar la voluntad americana de permanecer en el Golfo, dijo que además de defender a los aliados y promover el desarrollo se trata de "defender los logros del proceso de paz" (entre árabes y palestinos) de los que no hay noticias.
Israel teme que un esfuerzo genuino en busca de la benevolencia árabe le obligue a hacer lo que no quiere. Su jerga oficial prefiere "reunión" a "conferencia" y el adjetivo "internacional" se evapora milagrosamente. El célebre y remoto "estatuto final" será cosa bilateral: israelíes, en posición de fuerza, y palestinos, divididos y en precario.
Tal es el marco político en el que la señora Rice se reunió ayer con Ehud Olmert. Tras la retórica de la buena voluntad y la convergencia hay, en el plano teórico y funcional, una discrepancia: Washington quiere invitar a la mesa a terceros, aunque sean escogidos y de confianza. Los israelíes no quieren saber nada de eso y prefieren ver a los americanos en el papel de agentes de seguridad y proveedores.
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