LEO EN UNA CRÓNICA periodística que los vecinos de un barrio icodense recordaban con añoranza el incendio de los años ochenta. Añorar es, según la Real Academia, recordar con pena la ausencia, privación o pérdida de alguien o algo muy querido. No sé si un incendio forestal puede ser algo muy querido por alguien. Parece que sí. Sobre todo para unos cuantos pirómanos acaso no tan locos como se pretende, pero sí bastante más desaprensivos.
Sospecha José Miguel Ruano, consejero de Presidencia, Justicia y Seguridad del Gobierno canario, que el fuego de Tenerife también pudo provocarlo alguien a conciencia, habida cuenta que se inició en una zona de Los Realejos donde es frecuente que comiencen estos siniestros. Ese "entrañable" fuego del 83, por ejemplo, pero también un conato que se produjo apenas 24 horas antes casi en el mismo lugar -la zona de Los Campeches-, y que afortunadamente fue apagado de forma inmediata. El que le prende fuego al monte un domingo a las cinco de la madrugada sabe lo que hace y lo que quiere. "Ese lo controlamos; el del lunes se nos escapó", me comentaba un apenado Wladimiro Rodríguez Brito.
¿Por qué quema alguien el monte? En Galicia porque hay mucho monte, y no queda más remedio que incinerar algo de vez en cuando. Esa fue la cínica respuesta que me dio el año pasado un gallego mientras su tierra ardía de arriba abajo. En Las Palmas los motivos pueden ser más personales; verbigracia, no perder un contrato de trabajo público. La seguridad ante todo, especialmente en tiempos de incertidumbre. ¿Y en Tenerife? Bueno, pues al margen de algún que otro Nerón aficionado, que también los hay, me imagino la venganza del belillo.
Generalmente se identifica al mago con el campesino, pero es un error. El campesino es una persona noble que conoce su entorno; que sabe cuánto puede exigirle a la naturaleza sin esquilmarla. El mago, en cambio, encarna al rural ramplón e inculto. Ese tipo de personas que no respetan nada. Un paso más allá está el belillo, habitualmente tocado con gorra de visera importada, que desembarca cada domingo en el monte con un generador portátil para ver el partido de la jornada en una pantalla de plasma, que también traslada en "el furgoneto", o el equipo de música para amenizarle la tarde a quienes pretendían oír sólo el canto de los pájaros y el murmullo del viento en las copas de los pinos. Sonidos naturales que perturban al laja, amante del ruido por su propia condición.
Hasta hace poco los montes de Tenerife eran suficientemente grandes en comparación con la población de la Isla para absorber, con mejor o peor capacidad, las atrocidades ecológicas que se cometían en ellos. Ahora, no. No porque haya menguado su extensión -gracias al Cabildo y a Wladimiro, nunca ha habido tanta masa forestal en nuestras cumbres-, sino porque ahora es mucho más numerosa la población que accede a ellos. Por eso ha habido que imponer restricciones. Y como a muchos señores les disgusta Wladimiro y la política sensatamente conservacionista del Cabildo, le prenden fuego al mayor pinar de la Isla para que todos sepan lo que vale un peine. Así de sencillo. No especule más, señor Ruano: búsquelos y haga que los encierren de una vez. Si casi se sabe quienes son.
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