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ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA

Por mil millones de dólares (8)

2/ago/07 07:45
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VIENE DE AYER

-Aquí tiene cien, como adelanto. Le aconsejo que se dé un buen baño y se compre ropa nueva; mañana a las once le espero en el bar del Meliá Cohiba.

-Pues tendrá que prestarme algunos pesos para comprar ropa, porque si aparezco en la tienda con cien dólares siendo cubano me los quitan y me condenan a cortar caña por lo menos tres años.

"El cerebro de la mayoría de los tejanos es tan plano como el paisaje de Texas, en el que el único horizonte que se vislumbra es el dinero"

Ese antiguo y malintencionado dicho se refería al hecho de que para la mayoría de los habitantes de la Unión, el Estado de Texas no era más que una inmensa llanura poblada por avariciosos nuevos ricos que apenas había proporcionado al resto de la nación un solo artista o intelectual digno de ser tenido en cuenta.

Ahora, una furgoneta gris se encontraba detenida en mitad de la nada de aquella interminable llanura en la que se podría asegurar que las carreteras iban siempre de ningún lado a ninguna parte, y allí continuó como un mero accidente del monótono paisaje hasta que tres vehículos negros hicieron su aparición llegando del este.

Dos de ellos aparcaron a poco menos de un kilómetro de distancia, y el tercero continuó solo, se detuvo un instante junto a la furgoneta, permitió que Wolf Lukas se apeara y prosiguió lentamente su camino para ir a detenerse unos ochocientos metros más allá.

Tony Walker abandonó la furgoneta para recostarse en la portezuela y comentar:

-A veces tengo la impresión de que te pasas en lo que se refiere a las medidas de seguridad.

-Nos acosan -fue la seca respuesta-. La mitad del país quiere culparnos del desastre y bastará un solo paso en falso para que se precipiten sobre nosotros como buitres... -el Consejero Delegado de Dall & Houston extrajo de un bolsillo su inseparable petaca y se sirvió un trago al tiempo que señalaba-: Las cosas van mal, Tony, muy mal.

-Lo sé -admitió el otro-. Y por eso le he pedido a Mariel que acelere los preparativos, pero asegura que aún no está lo suficientemente preparado.

-¡Mariel, Mariel! Te aseguro que algunas noches sueño con ese maldito nombre y llego a preguntarme si en realidad trabaja para nosotros, o somos nosotros los que trabajamos para él. Si todo sale tan mal como parece, acabaremos en presidio mientras él continuará disfrutando del anonimato y de los cientos de millones que le hemos pagado.

-Por desgracia en estos momentos no nos encontramos en condiciones de cambiar de compañero de juego -respondió resignado-. Sabe demasiado sobre nosotros, mientras que nosotros no sabemos nada de él.

-¡Maldito sea mil veces!

-Escucha, Wolf... -pidió su acompañante tomándole del brazo con intención de dar juntos un paseo por la interminable llanura-, la decisión de iniciar esta aventura fue tuya, y recuerdo bien que en un principio Mariel consideró que el plan que habías diseñado presentaba enormes peligros y dificultades, por lo que me costó bastante trabajo que accediera a ejecutarlo. Entiendo su posición, cumplirá con su parte, y cuando lo haga lo hará bien, pero está en su derecho de mantenerse en la sombra por si el asunto se tuerce.

-¿Cómo puedes confiar en un socio al que jamás le has visto la cara?

-¿Y qué importa una cara? -protestó Tony Walker-. Supongo que después de quince años de acostarte con ella conoces cada centímetro de la cara y del cuerpo de Rita pero te la pega con ese baloncestista en cuanto te descuidas. A veces incluso me pregunto si confías plenamente en mí.

-Lo hago, aunque admito que resulta difícil confiar en un hombre que no bebe, no fuma, no se droga, no juega, no se acuesta más que con su mujer y no ha cambiado de casa en diez años pese a que gana millones... ¿Por qué?

-¿Por qué qué?

-¿Por qué te comportas de ese modo si podrías pasarte el resto de tu vida sin mover un dedo ni arriesgarte a acabar en la cárcel?

-¿Realmente quieres saberlo?

-Siempre he querido saberlo.

-En ese caso te diré que, a diferencia de ti, Stanley, Iceman o cuantos iniciasteis esta terrible guerra por una simple cuestión económica, yo creo en lo que hacemos.

Wolf Lukas no pudo por menos que detenerse, de tal modo que su acompañante dio cuatro pasos en solitario antes de hacerlo a su vez y volverse.

-¿Qué has querido decir con eso de que crees en lo que hacemos? -quiso saber-. ¿En qué diablos crees?

-En la ineludible necesidad de haber iniciado esta guerra y otras muchas que impidan que el día de mañana nos convirtamos en un país de segunda fila. Sin energía no somos nada, Wolf, absolutamente nada, y se me antoja injusto que una partida de pastores de cabras analfabetos que ni siquiera sospechaban que tenían ese petróleo bajo el culo, ni saben cómo extraerlo o refinarlo, estén comprando ahora nuestras empresas y nuestros bancos hasta el punto de que dentro de unos años descubriremos que en realidad que son los auténticos dueños de Estados Unidos.

-¿Lo consideras posible?

-¡Está siendo posible! -respondió Tony Walker con sorprendente firmeza-. Judíos y árabes se odian a muerte y se enfrentan en todo menos en el hecho de repartirse amistosamente cuanto hemos creado. No existe una sola gran empresa, salvo Dall & Houston, Microsoft, Coca-Cola y media docena más, de las que árabes o judíos no sean accionistas mayoritarios, así que estoy convencido de que, o actuamos con decisión o muy pronto lo único que haremos será ofrecer servicios y refrescos. Lo que intento es evitar que ese futuro se convierta en realidad, y no lo hago por un dinero que ni sabría en qué demonios gastar.

-¡Me sorprendes! -replicó su jefe-. Nunca imaginé que estuvieras en esto por simple altruismo.

-Defender tu país, tu fe, el color de tu piel o los principios que tus padres te inculcaron en la cuna no es simple altruismo, Wolf, es la obligación de todo aquel que se precie de ser un buen patriota. No soy tan cándido como para creer que los mismos políticos indecisos o los mismos inversores que no dudaron en vender sus empresas sin preguntar la nacionalidad o la ideología de quienes las compraban serán los que nos salven de caer en el abismo. Resumiendo, podría decir que prefiero ser halcón a ser paloma, pero que no lo hago ni por dinero ni por ambición política: lo hago porque creo que Estados Unidos tiene futuro como halcón pero no como paloma.

Al parecer había llegado la hora de que algunos empezaran a entender que ni eran invulnerables, ni los dueños del mundo.

El elegante Mufti hizo su aparición una bochornosa mañana de principios de julio, tomó de nuevo asiento sobre las alfombras y se encaró directamente a Salka Embarek espetándole sin el menor preámbulo y casi con agresividad:

-¿Continuas dispuesta a sacrificarte?

El silencioso gesto de asentimiento no dejaba lugar a dudas.

-¿Sin vuelta atrás?

-Sin vuelta atrás.

El anciano, aunque a decir verdad no era un anciano sino tan solo un hombre al que evidentemente los años de guerra habían agotado prematuramente, pareció querer descubrir en el fondo de los ojos de la muchacha hasta qué punto era sincera, para acabar por rascarse una y otra vez la barba como si el hecho de arañarse la piel pudiera indicarle el mejor camino a seguir.

Resultaba evidente que no quería decir lo que iba a decir, pero al fin musitó:

-Desde el momento en que salgamos por esa puerta tu vida ya no te pertenecerá y podremos pedirte que nos la entregues en cualquier momento. ¿Entiendes lo que pretendo decirte?

-Lo entiendo.

-¿Y estás de acuerdo?

-Siempre que sea para matar americanos en América.

-¡Muchacha de ideas fijas! -masculló el otro impaciente-.

¡De acuerdo! Siempre que sea para matar americanos en América, pero ten en cuenta que vamos a emplear mucho tiempo y dinero en prepararte y en conseguir que llegues a Estados Unidos, o sea que, insisto, no hay vuelta atrás.

-¿Nos vamos ya?

Mufti le dirigió una severa mirada que tal vez no fuera de reproche sino de admiración, para acabar por replicar mientras se encogía de hombros:

-De acuerdo. Recoge tus cosas.

La respuesta tuvo la virtud de desconcertarle de nuevo.

-No tengo nada que recoger.

De ese modo, únicamente con lo puesto, dado que en los últimos tiempos había dado un estirón y la ropa que le comprara su madre con tanto cariño ya no le servía, Salka Embarek abandonó la tienda de su amigo Ibrahim en lo que constituía tal vez su último lazo de unión con el pasado.

Y en esta ocasión tampoco miró hacia atrás.

Avanzaba con paso decidido a la derecha del elegante barbudo y sin prestar atención a cuanto ocurría a su alrededor, como si el caos en que se encontraba sumida la que fuera hermosa y legendaria ciudad del sultán Aarum Al-Raschid, ahora ruinosa, ensangrentada, hedionda y repleta de vehículos calcinados, no le afectara en lo más mínimo.

Ni siquiera parecía reconocer calles antaño familiares o plazas en las que había asistido a desfiles en los que miles de soldados perfectamente uniformados e hileras de relucientes cañones y carros de combate tardaban horas en pasar con las banderas desplegadas al viento, acompañados de atronadores cánticos marciales, en un despliegue de fuerza encaminado a impresionar a supuestos enemigos.

¿Dónde estaban ahora?

¿De qué había servido tan absurda y desmesurada parafernalia?

¿Por qué se habían invertido tanto esfuerzo y dinero en armar y adiestrar soldados que no habían sabido defender su patria cuando estaba en peligro?

¿Tenía que ser ella, una criatura esquelética que ya ni bragas tenía, la encargada de lavar con sangre la ofensa de tan humillante derrota?

Pero estaba segura de que lo conseguiría.

Tal vez tardara semanas, meses o años, pero abrigaba la absoluta certeza de que algún día sembraría el caos en la capital de los Estados Unidos, del mismo modo en que los estadounidenses lo habían provocado en la capital de su país.

Además de su sangre, Braulio le había proporcionado una vieja fotografía que conservaba entre las escasas pertenencias que le había dejado su madre, y en la que se la podía ver, joven, bonita, coqueta y sonriente, en compañía de un hombre de pelo engominado e innegable aspecto de macarra barriobajero que sujetaba entre los dientes un enorme habano, y que apoyaba displicentemente una mano sobre el hombro de ella y la otra en el respaldo de un alto sillón de mimbre.

El parecido entre padre e hijo era evidente, y a partir de esa foto y de las que le hicieron al grasiento escuálido en los jardines del Meliá Cohiba, Gregory Gregorian dispuso de material suficiente a la hora de aplicar un eficaz y fiable programa informático que solían emplear las policías de medio mundo.

Tras seis o siete horas de intenso trabajo obtuvo una imagen que a su modo de ver se aproximaba mucho al aspecto físico que debería tener el chuloputas Emiliano Céspedes a los setenta y muchos años.

-¡Aquí lo tienes! -exclamó orgulloso de sí mismo girando el ordenador hacia donde se encontraba Jessica-: ¡Mariel!

La muchacha observó con especial detenimiento la imagen reproducida en la pantalla, y al fin comentó un tanto incrédula:

-Sin ánimo de ofender, ni a él, ni mucho menos a ti, si ese es el criminal más astuto y sanguinario de este país yo soy Mata Hari.

-Dejando a un lado el hecho de que serías una magnífica Mata Hari, lo cierto es que los criminales sólo tienen aspecto de criminales en las películas, querida. ¡Fíjate en Wolf Lukas sin ir más lejos! Tiene cara de cura de pueblo pero envía a miles de personas a la muerte con la misma naturalidad con que podría repartir estampitas de San Blas a la puerta de una iglesia.

-¿O sea que la cara no es necesariamente el espejo del alma? -dijo ella con una sonrisa burlona.

-Sólo en los tontos, cielo, sólo en los tontos.

-Pues tú tienes cara de buena persona, y además me consta que eres una buena persona.

-Y tú tienes cara de golfa, y además me consta que eres una golfa, lo cual viene a certificar que los dos somos tontos.

-Por lo menos estamos de acuerdo en algo -admitió ella al tiempo que le acariciaba descaradamente la entrepierna-. ¿Qué piensas hacer ahora y cómo esperas encontrar a ese cerdo?

-Sé dónde se oculta.

Jessica Delmónico apartó la mano antes de que sus caricias surtieran demasiado efecto al tiempo que fruncía el ceño.

-¿Lo sabes? -preguntó desconcertada.

-¡Naturalmente!

-¿Y dónde está?

Su marido golpeó con el dedo índice el teclado de su ordenador al tiempo que replicaba:

-¡Aquí dentro! En los tiempos que corren, todo se encuentra aquí, querida mía, en las tripas de tu propio ordenador, en las millones de páginas de información de Internet, y en los infinitos recovecos de una red que llega al último rincón del mundo -su tono de voz cambió al insistir absolutamente convencido de lo que decía-: Sé que está aquí, y lo único que tengo que hacer es encontrarlo.

-Pues aprovecha tus extraordinarios conocimientos para encontrar antes que nada el teléfono del supermercado porque se me ha perdido y nos hemos quedado sin cervezas.

-¡Tú siempre tan prosaica!

-Puede que yo sea la prosaica, pero eres tú el que se niega a comer si no hay cerveza fría, o sea que espabila y búscame ese número porque no quiero que esta noche me montes un circo.

Encontrado el número del supermercado y solucionado por tanto el problema de las cervezas, Gregory Gregorian, alias Smith, se concentró en la tarea de ponerse en contacto con un sinfín de viejas amistades que le debían favores o que le constaba que algún día tendrían que pedírselos.

Su padre le había dejado en herencia una extensa lista de direcciones esenciales para localizar delincuentes en los más remotos rincones del planeta, y a lo largo de los últimos años él mismo se había preocupado de que la longitud de dicha lista aumentara de forma espectacular.

Con la irrupción de Internet en la vida cotidiana, pederastas, ladrones, extorsionadores, estafadores y criminales de toda clase y condición habían encontrado un nuevo campo para sus actividades delictivas, pero al propio tiempo esa misma red permitía que el mundo se hiciera mucho más pequeño y accesible, de tal modo que en cuestión de segundos las autoridades de un determinado país podían acceder a los archivos de cualquier policía amiga.

Las bases de datos alcanzaban dimensiones inimaginables para quien supiera bucear en ellas, y aunque oficialmente nadie se atreviera a reconocerlo, prácticamente no existía un solo ser humano de los países considerados civilizados que no se encontrara en alguno de esos archivos, sobre todo si tenía la mala suerte de haber sido fichado alguna vez durante los veinte últimos años, aunque tan sólo fuera por una simple multa de tráfico.

No es que existiera un Gran Hermano que todo lo veía y todo lo sabía; es que existían miles de Pequeños Hermanos capaces de relacionarse instantáneamente entre sí por el sencillo método de pulsar una determinada combinación de teclas.

Debido a ello, docenas de personas, a la mayoría de las cuales Gregory Gregorian nunca había conocido en persona pero con los que mantenía una fluida relación de trabajo, habían recibido en la pantalla de su ordenador un nombre, una foto y, por si fuera necesario, los datos de un ADN único e inconfundible.

También se había puesto en comunicación con la policía de Savannah, preguntando si tenían alguna noticia sobre un supuesto griego que se hacía pasar por cubano, y que cuarenta años atrás había regentado un prostíbulo de lujo en su ciudad.

Esa fue la primera respuesta que obtuvo:

"Efectivamente, Nicolás Pardellas, más conocido como Nick el Griego, fue dueño de un burdel de lujo hasta que hace unos seis años, se retiró, en compañía de una de sus antiguas pupilas, a un pequeño rancho en las afueras de la ciudad. No se le conocen actividades delictivas, y no hay duda de que vive de las rentas, sin apuros, pero sin excesivos lujos.

Un abrazo y siempre a tu disposición: Robert"

-¡Bien! -exclamó Gregory al conocer la noticia-. ¡Uno menos! Quedan por tanto Bruno Fulldejotas, muy hábil con las cartas pero un perfecto tonto de baba, lo cual le excluye automáticamente de la posibilidad de ser el inteligente Mariel, y por último Emiliano Céspedes, un auténtico "macarra hijo de puta" en palabras de la vieja Candelaria.

Si, efectivamente, el tal Mariel había sido uno de los fundadores de la Corporación, el círculo se iba estrechando de forma harto satisfactoria.

Bastaba por tanto con hacer salir al escurridizo Emiliano Céspedes del rincón del ordenador en que se encontrara oculto.

Y eso era únicamente cuestión de tiempo.

Debido a ello decidió que mientras le concedía ese tiempo a sus incontables colaboradores de todo el mundo, había llegado el momento de mantener una conversación con Alejandra Zanaj explicándole de palabra y cara a cara el rumbo que estaban tomando sus investigaciones.

Evidentemente, hubiera resultado mucho más sencillo llamarla por teléfono y concertar una cita, pero optó por volver a colarse de noche en su casa, subir sigilosamente a su habitación, tomar asiento junto a la cabecera de la cama y despertarla tocándole el brazo.

La pobre mujer dio un salto, y observó aterrorizada a su indeseado visitante.

-¡Madre de Dios! ¡La puta que...! -exclamó-. ¿Qué coño hace aquí a estas horas?

-Necesitaba hablar con usted.

-¿Y no ha encontrado otra forma más sencilla de hacerlo? Me va a matar de un susto.

-Para mí, ésta es la más cómoda, porque al mismo tiempo me sirve para demostrarle que el sistema de alarma de su casa continúa siendo pura basura, lo cual no es bueno para nadie, incluyéndome a mí -respondió con tranquilidad-. Cualquier ladronzuelo de tres al cuarto puede entrar y salir de ella sin el menor problema. Alguien de su fortuna y que en estos momentos se encuentra en una situación harto delicada debería contar con mejor seguridad, o una noche no volverá a despertarse.

-¿Y qué puedo hacer?

-Le enviaré a un auténtico profesional que le instalará un sistema fiable, pero no estaría de más que también pusiera a un par de esos famosos matones albaneses en la puerta. Hoy en día, el que no se gasta el dinero en protegerse acaba por gastárselo en médicos... O en funerarias.

-De acuerdo. Y ahora cuénteme qué es eso tan importante que no puede esperar.

Gregory, ahora Smith de nuevo, le puso al corriente de cuanto había averiguado hasta el presente y cuando hubo acabado, la viuda de Stanley Rove inquirió tuteándole por prime-

ra vez:

-¿Y estás convencido de que ese tal Emiliano Céspedes es Mariel?

-Es el único candidato que me queda. Todos los demás han sido descartados.

-¿Y qué pasará si te equivocas?

-Pues que me habré equivocado. Por si fuera poco habré malgastado mi tiempo y tu dinero y estaremos como al principio -se encogió de hombros en lo que pretendía ser un ademán de impotencia, para concluir-: Es todo lo que se me ocurre porque si no conseguimos averiguar quién es Mariel, lo único que puedes hacer es ir a contarle tus sospechas a los del FBI.

Ella lo observó de medio lado y, como si considerara que desvariaba, dijo:

-¿Sin pruebas? El hecho de que exista un plan para asesinar al Vicepresidente tan sólo son conjeturas mías; basada en los documentos de Stanley, eso sí, pero simples conjeturas al fin y al cabo.

-Entrégales los documentos al FBI y que ellos saquen sus propias conclusiones.

-Prometí conservarlos a cambio de que no hicieran daño a mi familia, y un trato es un trato -le recordó ella-. Y debes entender que no me gustaría que saliera a la luz una comprometedora información que demuestra que el padre de mis hijos urdió una sangrienta conjura que ha costado cientos de miles de vidas. -Su voz casi se quebró al musitar-: Es una carga que deberé sobrellevar el resto de mi vida, pero no quiero que caiga sobre los hombros de unos niños que no tienen la culpa de que sus padres fueran un par de desgraciados que lo único que supieron hacer fue refugiarse en la cocaína.

-¿Cómo lo llevas?

-¿Lo de la cocaína? No he vuelto a probarla. Hubo momentos en los que creí que no podría resistir la tentación, así que decidí tirarla por el retrete. ¡Lástima que no pueda hacer lo mismo con los recuerdos! Algunos, como son pura mierda; siempre flotan.

Smith esbozó una sonrisa ante una frase que se le antojaba de todo impropia de una dama, pero había llegado a la conclusión de que en determinadas situaciones hasta las grandes damas dejan de serlo, y aquella era una situación harto difícil.

Se pasó repetidas veces el dedo por la parte baja de la nariz, quizás imaginando que al frotársela se le aclararían las ideas, y cuando hubo concluido dijo:

-Mi mujer tiene la fea costumbre de andar por la vida como si no se enterara de nada y todo le importara un pimiento, pero la conozco y me consta que tiene los pies muy bien asentados en el suelo. En su opinión, que a menudo comparto, ésta es una batalla perdida de antemano y haríamos bien en abandonarla para evitar salir malparados. -Lanzó un sonoro resoplido al señalar-: Tal vez deberíamos hacerle caso.

-Prometiste ayudarme.

-Y lo hago de la única forma que conozco. Si consigo desenmascarar a ese hijo de puta, tus albaneses se ocuparán de quitarlo de en medio y en ese caso es muy posible que Lukas y Walker decidan cancelar la operación.

-Lo dudo.

-¡Ten fe! Han demostrado ser muy buenos mintiendo a la opinión pública, estafando al gobierno y amañado documentos, pero no creo que lo sean a la hora de organizar algo tan complicado y peligroso como asesinar sin ayuda de nadie a un Vicepresidente de Estados Unidos de América.

La casa de Mufti era amplia, cómoda, luminosa y se encontraba enclavada en uno de los barrios de la ciudad que, incluso sin pertenecer a la muy exclusiva Zona Verde, aún podían considerarse relativamente seguros.

Le permitieron darse el largo baño que tanto tiempo hacía que necesitaba, le proporcionaron ropa nueva, le dieron bien de cenar y le recomendaron que tratara de dormir hasta que vinieran a buscarla al día siguiente.

Quien acudió fue un hombre del que nunca supo más que el primer nombre, Hilu, y que apenas verla frunció el ceño mostrando un frontal rechazo y desagrado, para volverse de inmediato a Mufti.

-¿Pero, cómo? -protestó indignado-. Me has traído a una sunnita.

-¡Naturalmente!

-¿Acaso estás mal de la cabeza?

-En absoluto... -fue la tranquila respuesta del hombre de la cuidada barba-. Pero si conoces a una chiíta educada en buenos colegios, que hable correctamente inglés, que pueda pasar por una chica occidental, y que esté dispuesta a sacrificar su vida en defensa de sus ideales, te la traeré con mucho gusto.

-¡Pero los sunnitas nos han perseguido y esclavizado durante siglos!

-Dudo que Salka haya tenido ni tiempo ni interés en perseguir chiítas ni durante siglos, ni incluso durante días... -Se dirigió ahora directamente a la muchacha-: ¿Qué opinas de los chiítas? -preguntó.

-Mi amiga Shereem es chiíta, pero me tienen sin cuidado tanto los sunnitas como los chiítas -fue la helada respuesta impregnada de indiscutible sinceridad-. No creo que en Norteamérica existan ese tipo de distinciones. Creo que allí la mayoría son cristianos, unos católicos y otros protestantes, pero supongo que no parecerán muy diferentes una vez que los haya hecho saltar por los aires.

Fue el tono, y la impasible expresión con que había hablado, más que sus palabras, lo que impresionó al llamado Hilu, que tras unos instantes de duda dijo:

-¿Y no te importa que quien te instruya sea un chiíta?

-Prefiero a un chiíta que sepa lo que hace, que a un sunnita que no entienda de bombas. ¿Entiendes de bombas?

-Más que cualquier sunnita.

-En ese caso aplícate a enseñarme cómo fabricarlas y no me vengas con tonterías. Las bombas y los misiles americanos no hacen ningún tipo de distinción entre nosotros, y por lo tanto no tengo el menor interés en enfrascarme en una discusión que ha venido dividiendo a nuestro país desde hace mil trescientos años. Probablemente sin tan inútil discusión sobre quién debió haber sucedido al Profeta, nada de esto habría sucedido.

-¡Blasfemas!

Salka Embarek volvió apenas el rostro hacia Mufti mientras señalaba acusadoramente con el dedo a su interlocutor.

-¿Es así cómo se construye una bomba? -quiso saber.

-Supongo que no -respondió resignado.

-Pues te advierto que yo no he venido hasta aquí, ni te he ofrecido mi vida para perder estúpidamente el tiempo. Si ésta es toda la ayuda que puedes prestarme prefiero las alfombras.

-¡Hilu...!

El demandado dedicó unos instantes a observar alternativamente a la muchacha y al barbudo, abrió la boca con intención de protestar, pero de pronto pareció cambiar de idea para acabar por afirmar con la cabeza:

-¡Qué Saitán el Apedreado me lapide! -exclamó dándole una especie de sopapo al aire-. Ya me advertiste de que era una criatura difícil, pero nunca imaginé hasta qué punto.

-Las criaturas fáciles no parecen dispuestas a inmolarse.

-¡Cierto!

Al conectar el ordenador apareció una leyenda:

Tiene un mensaje.

Y al abrir el susodicho mensaje surgió en letras de molde la noticia que tanto esperaba:

Un individuo muy parecido al de la foto que enviaste ha sido visto con frecuencia por las calles de Papeete. ¿Hago algo al respecto? Un abrazo, René.

Respondió en el acto:

Limítate a reservarme un buen hotel. Llegaré el viernes. Gracias por todo, Gregory.

-¡Hijo de...! -exclamó Jessica Delmónico-. No ha elegido mal sitio para esconderse... ¡Tahití! Siempre me ha apetecido conocer Tahití.

-Pues te vas a quedar con las ganas, porque en esta ocasión no pienso llevarte -le replicó de inmediato su marido-. Puede ser peligroso.

CONTINÚA MAÑANA

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