VIENE DE AYER
-¡Dios sea loado! -exclamó Tony Walker-. ¡Maldito imbécil! ¿Por qué no me lo advertiste?
-¿De qué te iba a advertir? -casi sollozó el atribulado ejecutivo-. Nos veíamos allí muy de tarde en tarde y aprovechaba para que me lo limpiara, pero te juro que cuando estaba nunca encendí el maldito ordenador. No hay forma de que supiera a qué nombre figuraba.
-¿Seguro?
-¡Te doy mi palabra!
-¿Entonces, cómo diablos se ha podido saber cuál es ese nombre?
-He estado pensando en ello, y lo único que se me ocurre es que lo dedujera por los recibos del alquiler, del teléfono o de la cuota de Internet.
-¿Quién los pagaba?
-La oficina central.
Su interlocutor no pudo evitar llevarse las manos a la cabeza, dar un corto paseo hasta el castaño, lanzar un sonoro bufido y exclamar por último:
-¿Pretendes hacerme creer que alguien que maneja miles de millones no ha sido capaz de pagar de su propio bolsillo tres miserables recibos que seguro que juntos suman menos que una simple cena? ¡Me niego a creerlo!
El Consejero Delegado de una de las empresas más poderosas del mundo pareció resignarse a la evidencia de su estúpido error y palideció aún más de lo que ya estaba.
-Debió de ser por la costumbre... -barboteó a duras penas-. Durante los treinta últimos años nunca, que yo recuerde, he tenido que pagar nada de mi bolsillo. Me bastaba con firmar y todas las facturas pasaban directamente a la empresa.
-Supongo que incluso las de las putas cuando te hacían uno de tus dichosos pompinos en cualquier ciudad a la que no te acompañara Rita -Tony Walker fue a buscar apoyo en el árbol, negó una y otra vez con la cabeza con gesto de absoluta incredulidad, y al poco musitó-: ¡Resultas patético! Diez años en La Casa Blanca, e incluso la posibilidad de que algún día tú mismo aspiraras a la presidencia, convirtiéndote en el hombre más poderoso del planeta, se han ido al traste porque eres tan vago y tan inepto que ni siquiera te molestaste en abrir una simple cuenta corriente a la que enviaran esos recibos. La verdad es que no me explico cómo diablos has llegado hasta donde estás...
-Por favor, no me presiones más.
-¿Presionarte? Aún no sabes lo que es la auténtica presión. ¿Cómo pudieron averiguar también la clave de acceso a tus fi-
cheros.
-¡No tengo ni idea!
-¿Cuál era la palabra clave?
-Pompino.
-¡Esto es el colmo! -masculló una vez más el furibundo Tony Walker-. ¡El colmo de los colmos de la estupidez humana! Aunque por lo visto es algo de lo más común, porque a nuestro viejo amigo Paul Wolfwitz le echaron de la Presidencia del Banco Mundial por culpa de su amante. Debe de ser que lo da eso de llamarse "wolf"...
Consultó su reloj, alzó la mano agitándola en el aire en dirección a los vehículos que aguardaban, y casi de inmediato éstos se pusieron en marcha para perderse de vista en la interminable monotonía de la árida llanura.
-¿Qué haces? -se alarmó Wolf Lukas.
-Les he ordenado que se vayan. Ya no los necesitas.
-¿Pero cómo te atreves? -le reconvino el otro intentando dar muestras de un último asomo de autoridad-. Son mis guardaespaldas y mis coches.
-Te equivocas. Esos guardaespaldas y esos coches los paga la empresa, y tú ya no perteneces a la empresa. Hace tres minutos que el Consejo de Administración te ha sustituido, y dentro de diez sus abogados presentarán una demanda contra ti por malversación de fondos, prevaricación, abuso de confianza y conspiración contra la vida del Vicepresidente de los Estados Unidos.
Wolf Lukas se derrumbó como si de improviso le hubieran segado las piernas. Se quedó sentado en el suelo, babeante y mirando sin ver a quien le había comunicado tan nefastas noticias.
-¡No pueden hacerlo! -barboteó-. No pueden hacerlo...
-Pues ya lo han hecho, y lamento comunicarte que estoy totalmente de acuerdo. Debería estar prohibido ser tan estúpido. ¡Y tan soberbio!
-¿Tu quoque Brutus fili mii?
-Ni yo soy Brutus ni tú eres César. Somos un par de cretinos que lo tuvimos todo al alcance de la mano y lo perdimos todo por pura estupidez. ¿Y sabes lo más curioso del caso?, Mariel me lo advirtió, en una ocasión me dijo: "Ese traje le queda demasiado grande a tu jefe, tarde o temprano acabará metiendo la pata y por eso prefiero permanecer en la sombra".
-¿Y qué voy a hacer ahora?
Mientras entraba en su vehículo y cerraba la puerta, Tony Walker señaló:
-Detrás del árbol te he dejado una soga y una banqueta. Me han prometido que si las utilizas tu familia no sufrirá las consecuencias; si no lo haces y echas a correr por esa llanura, a los diez minutos te cazarán como a un conejo y tal vez los tuyos lo pasen muy mal. ¡Así que tú decides!
Arrancó, hizo un desganado gesto de despedida con la mano y se alejó dejando tras sí una nube de polvo.
Media hora después, de las ramas del viejo castaño colgaba un nuevo fruto.
Severino Maldonado hizo honor a la justa fama de soldados valientes, decididos y perfectamente entrenados del ejército paraguayo, demostrando que no en vano había sido elegido el mejor tirador de sus Fuerzas Especiales, ya que cuando la policía le localizó en un edificio en ruinas de Nueva Orleáns, plantó cara a casi doscientos hombres y causó estragos entre quienes cometieron el fatal error de ponerse al alcance de su fusil de mira telescópica.
Durante dos días y dos noches corrió, saltó, se arrastró, nadó, buceó y se infiltró entre las líneas enemigas en lo que constituyó una exhibición de su fabulosa capacidad para la guerra de guerrillas, y no cabía duda de que en el caso de haber podido ver cómo se desenvolvía, quienes le entrenaron se hubieran sentido francamente orgullosos por la calidad del trabajo realizado.
El muchacho casi barbilampiño, que representaba mucha menos edad de la que tenía y que había conseguido atraer la atención de Salka Embarek por su aparente tristeza y desamparo, le puso tan alto precio a su vida que quienes le acosaban estuvieron a punto de llegar a la conclusión de que nunca podrían pagarlo.
Tuvieron que enviar desde Miami helicópteros especiales equipados con visores nocturnos, cámaras de infrarrojos y detectores de calor capaces de localizarle incluso en el interior de una casa de cuatro pisos, pero ni aun así consiguieron acorralarle, puesto que en cuanto sus perseguidores se las prometían muy felices considerando que habían conseguido completar el cerco, se les escabullía de entre las manos como si se tratara de un auténtico fantasma.
Cuando se le agotaron las municiones, tanto las propias como las que había conseguido arrebatarle al enemigo, con una pierna rota, un brazo dislocado y sangrando por media docena de heridas consintió al fin que una ráfaga de ametralladora le partiese en dos por la cintura.
En el momento de morir gritó algo que nadie entendió.
Hablaba en guaraní.
Alejandra Zanaj se mostraba tremendamente feliz, Jessica Delmónico se mostraba muy feliz, Nelson Miller se mostraba aceptablemente feliz, y Gregory Gregorian se mostraba satisfecho, pero en absoluto feliz.
A su modo de ver, el trabajo había quedado incompleto.
La bien urdida conjura destinada a perpetuar en el poder a unos indeseables capaces de pasar por encima de centenares de miles de cadáveres sin el menor reparo había sido evidentemente neutralizada y puesta al descubierto de tal forma que probablemente nadie intentaría volver a ponerla en práctica, sobre todo desde que corría el rumor de que el Vicepresidente renunciaría a su cargo alegando que el atentado de la universidad había quebrantado de forma harto considerable su siempre precaria salud.
Pero el hecho de haberle cortado la cabeza a la bestia pero no haber logrado cercenarle de igual modo el brazo armado había sumido a Gregory Gregorian en un profundo desasosiego.
¡Mariel!
Aquel maldito nombre continuaba obsesionando a quien había sido capaz de desenmascarar a docenas de astutos delincuentes y tenía a gala aclarar hasta el último detalle de cuantos casos en los que había tomado parte.
En su opinión, un trabajo en el que quedaran cabos sueltos nunca sería un trabajo bien hecho.
Efectivamente, el todo era siempre más importante que las partes, aunque la certeza de que hubiera conseguido dar jaque mate al rey, pero la maldita reina continuaba dando saltos por el tablero, le obligaba a sentirse en cierto modo frustrado.
Alejandra Zanaj le había contratado para que se castigara a los causantes de la muerte de su marido, pero se veía obligado a admitir que de todos cuantos habían tomado parte en semejante crimen, tan sólo uno había acabado colgando de una soga, y no precisamente a la sombra de un patíbulo, sino de un copudo castaño.
Cierto que su ejecutor material, Tom Cícero, pasaría algunos años en los sótanos de un rancho de Arizona, y cierto que su máximo responsable había visto cómo sus sueños de alcanzar la presidencia del país por la vía rápida habían fracasado, pero dos personajes tan esenciales como Tony Walker y Mariel habían quedado impunes, y eso le molestaba sobremanera.
Reconocía no obstante que el primero no era más que uno de los tantos eslabones de la larga cadena que había conseguido romper en mil pedazos, y que por lo tanto, solo y aislado, había dejado de constituir una amenaza.
Probablemente pasaría el resto de su vida en cualquier isla lejana en la que nadie hubiera oído hablar de que, por quinta vez, se había intentado asesinar a un presidente americano.
Cuanto más lejos, mejor.
A Gregory Gregorian quien en realidad le interesaba, o quizás debería decirse le obsesionaba, era sin lugar a dudas Mariel, puesto que, como bien había señalado Jessica, su inteligencia significaba un reto que alguien como su marido nunca lograría ignorar.
-No se puede dejar en libertad a un tipo tan peligroso como él -argumentó Smith una noche en que el matrimonio se reunió a cenar con Alejandra Zanaj y Nelson Miller-. Esta vez ha fallado, pero no fue culpa suya, sino de quien le contrató, que demostró no estar a la altura de las circunstancias. ¿Qué demonios puede volver a tramar una mente tan diabólica como la suya?
-Ese ya no es tu problema, querido -matizó su esposa colocando su mano sobre la de él-. Y si lo vemos desde el lado positivo, ya le has causado un buen número de quebraderos de cabeza. ¡A saber! -comenzó a contar con los dedos al añadir-: Has propiciado que le robaran un camión que contenía casi treinta millones de dólares, le has quemado un rancho con otro tanto dentro, has conseguido que la policía se cargue a su francotirador, has hecho que retengan a su experto en amañar accidentes, y le has obligado a perder a su principal cliente por la vía rápida del ahorcamiento. ¡Pobrecito mío! ¡Lo único que te falta es sacarle una muela o saltarle un ojo!
-No es como para tomárselo a broma -se indignó su marido-. Ese malnacido es una serpiente que siempre puede aparecer donde menos se espera.
-Las serpientes siempre aparecen donde menos se espera -intervino un sonriente Nelson Miller-. De no ser así, no serían serpientes, y me encantará continuar colaborando contigo si intentas echarle el lazo. Al fin y al cabo no tengo nada mejor que hacer, siempre, claro está, que no me agarren con las manos en la masa.
-Creo que pronto no tendrás que preocuparte por eso -le tranquilizó Gregorian-. He hablado con algunos viejos amigos del FBI, les he hecho comprender que tu colaboración en este caso ha sido primordial, y parecen dispuestos a revisar tu condena siempre que te comprometas a no volver a meterte donde no te llaman. Incluso podría darse el caso de que recurrieran a tus servicios en determinadas circunstancias porque admiten que resultaría absurdo desperdiciar tanto talento.
-Te agradezco lo primero, pero no lo segundo -fue la sincera respuesta-. Una cosa es portarse bien y otra muy diferente colaborar con el FBI. Entiendo que tú lo tengas que hacer porque lo exige tu trabajo, pero yo sigo estando contra el sistema, y el FBI y la CIA son de lo peor de nuestro nefasto sistema.
-Veré lo que puedo hacer por un cabeza hueca que prefiere continuar en el ostracismo a dar su brazo a torcer.
-¡Mira quién fue a hablar! -le espetó el californiano sin el menor miramiento-. ¿No eres tú quien piensa continuar buscando a Mariel sin que nadie te lo pida.
-¡Yo se lo pido! -intervino de inmediato Alejandra Zanaj-. Estoy de acuerdo con él y considero que el caso de Stanley no quedará definitivamente cerrado hasta que a ese cubano hijo de puta lo metan en el trullo. Y continuaré luchando contra él, pero ahora con su propio dinero.
-¿El del camión frigorífico?
-¡Exactamente! Ese camión y ese almacén, que aunque esté a nombre de una compañía fantasma no cabe duda de que pertenece a la Nevada Opus 38 Films, ¡que menudo nombrecito se han buscado los muy puñeteros!, nos demuestran que íbamos por el buen camino. Existe una relación directa entre la producción de películas para lavar dinero y nuestro amigo Mariel; eso, su propio nombre y la certeza de que padece una rara enfermedad que le obliga a huir de los aires acondicionados son datos que no podemos ni debemos olvidar... -se volvió a Smith para concluir-: El contrato sigue en pie... ¡Vamos a por él!
Tumbada al sol en la piscina de una fabulosa mansión que dominaba desde casi cien metros de altura la playa de Malibú, Marie Lacombe, única propietaria y alma mater de los famosos laboratorios de productos de belleza Lacombe, contemplaba la inmensidad del océano Pacífico que estaba haciendo justicia una vez más a su nombre, mientras se entretenía en pasar revista a los acontecimientos que durante los últimos tiempos habían alterado su por lo general sosegada existencia.
Los telediarios de la mañana habían anunciado la inminencia de la "aún supuesta" renuncia del Vicepresidente a su cargo, así como el recrudecimiento de la violencia en una guerra que, pese a las promesas del Ejecutivo, cada día tenía menos visos de concluir de una forma mínimamente aceptable.
Nadie parecía poner en duda la evidencia de que las tropas americanas tendrían que abandonar Irak con el rabo entre las piernas, igual que habían abandonado Vietnam.
Se demostraba así la vieja teoría de que Estados Unidos tiene por costumbre ganar aquellas guerras en las que intervenían cuando se les llamaba, pero perder aquellas que iniciaban cuando una partida de descerebrados políticos decidían desde sus cómodos despachos de Washington que podían conseguir por medio de la fuerza lo que no conseguían por medio de la inteligencia.
Sus intervenciones en Corea, Bahía Cochinos, Nicaragua, Vietnam y ahora Irak habían significado sonoros fracasos por mucho que hubieran intentado maquillarlos los medios de comuni-
cación.
-Asunto zanjado -se dijo con una sonrisa resignada-. He dejado de ganar sesenta millones de dólares y me han desmantelado la organización, pero lo cierto es que a mi edad ya no necesito ni más millones, ni más organización. Creo que ha llegado el momento de que la Corporación pase a mejor vida.
Evocó luego los lejanos tiempos, hacía ya más de medio siglo, en que la fundara con un grupo de amigos allá en su amado caserón de La Habana Vieja, y no pudo evitar tener un recuerdo para cuantos habían ido desapareciendo con el transcurso del tiempo.
Otros, Nick el Griego, Bruno el Fulldejotas, Pepe el Miserias y el chulo Emiliano Céspedes, aún rodaban por el mundo, y sonrió de nuevo al imaginar qué cara pondrían al descubrir que su viejo compañero de andanzas juveniles, Mauro Rivero, se había convertido veintiséis años atrás, y gracias a un cirujano capaz de hacer milagros, en una interesante y casi atractiva mujer que había sabido amasar una inmensa fortuna a base de industrializar las recetas de belleza de su madre y de poner la Corporación al servicio de cuantos estuvieran dispuestos a pagar sumas astronómicas.
Desde el tiránico Fidel Castro al supuestamente democrático Vicepresidente de los Estados Unidos, docenas de indeseables habían requerido sus servicios, debido a lo cual se sentía francamente orgullosa por el hecho de que en todo ese tiempo cientos, tal vez miles, de enemigos se hubieran dedicado a la tarea de perseguir a un hombre fantasma, sin que se le hubiera pasado por la mente que tal hombre había dejado de existir veintiséis años atrás.
Ninguno de ellos había caído en la cuenta de que Mariel lo mismo podía significar Mauro Rivero Elgosa que Marie Lacombe, y esa era una pesada broma digna de su talento, porque fuera lo que fuera que ocurriera de ahora en adelante, nadie podría discutirle que había demostrado ser el más astuto del país.
El sol comenzó a declinar en el horizonte y una racha de viento que agitó el agua de la piscina hizo que la mujer se estremeciera ligeramente.
Allí estaba, fiel a su cita de cada tarde, su peor enemigo.
Allí estaba aquel al que nunca había conseguido vencer.
Allí llegaba, implacable, el que conseguía que se le entumecieran las manos y las piernas se le tornaran tan pesadas como si estuviera arrastrando zapatos de cien kilos.
Ese era el único que le encontraba donde quiera que se ocultase.
¡El frío!
Frío y soledad al no ser capaz de amar a una mujer mientras fue hombre, ni a un hombre desde que era mujer habían encauzado su vida empujándola en una dirección que tal vez no hubiera seguido en otras circunstancias.
No sabía, y procuraba no planteárselo, qué hubiera sucedido de no padecer tan rara enfermedad, o de haber sido capaz de amar a alguien.
A aquellas alturas no valía la pena pensar en ello.
Hubiera deseado tener una familia, hijos y alguien que heredase aquella casa, los laboratorios, la productora de cine o tanta desmesurada riqueza como había logrado acumular, pero eso era algo que la caprichosa naturaleza le había negado.
Le había dado una mente privilegiada, pero al propio tiempo un cuerpo en exceso caprichoso.
Un cuerpo más propio de un animal de sangre fría que de un auténtico ser humano.
Abandonó la hamaca y se encaminó a la casa en busca del calor de sus paredes.
Sabía que a partir de aquel día comenzaba una nueva vida.
Más tranquila, más relajada, más solitaria y aún más triste, mucho más triste.
Lo único que conseguiría alegrarla, sería que sonara el teléfono y una criatura que ahora tenía la edad que tendrían sus nietos, si es que hubiera conseguido tener hijos, le dijera que le gustaría que se fueran juntas a pescar truchas.
FIN DE LA NOVELA
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