Nada de lo que ocurre en Venezuela nos resulta ajeno. Reiterar lo obvio a estas alturas sería una falta de respeto a la paciencia de los lectores. Por eso me llama la atención el poco eco que están teniendo en Canarias las atrocidades democráticas perpetradas por Hugo Chávez. No hablo ya de cerrar un canal de televisión -un gran ejercicio de libertad de expresión-, sino de su reforma constitucional para perpetuarse en el poder. Tiene al respecto un buen maestro en Fidel Castro. Conozco a una tinerfeña -en realidad nació en Morón, en el centro de Cuba, a donde habían emigrado sus tejinenses padres, pero ella se considera isleña de las de aquí- que fue secretaria de Manuel Urrutia, el primer presidente cubano tras el triunfo de la revolución. Entonces Fidel sólo era el jefe de las fuerzas armadas. Por poco tiempo, claro. El comandante en jefe, como antes el caudillo de España por la gracia de Dios, estaba llamado a un puesto más ilustre en la historia.
Durante muchas décadas Castro ha sido la referencia de los progres europeos. Se les cae la baba contemplando al dictador caribeño. No importan los presos políticos; ni siquiera los fusilamientos. Cuenta sólo que el barbudo ha sido capaz de plantarle cara a los gringos. Lo cual está bien, pero a un precio en cuotas de carencias y sufrimientos para el pueblo cubano difícil de imaginar en una sociedad opulenta como la nuestra.
Todo esto lo previó en su día esa cubana tinerfeña llamada Estrella del Pino. Por eso se exilió en París donde, para no aburrirse, primero se licenció y luego se doctoró en Medicina por La Sorbona. Antes ya era doctora en Filosofía por la Universidad de La Habana. Allí conoció personalmente a Castro. Nunca se fió de él. Resulta curioso que haya sido otra tinerfeña, también hija de padres emigrantes aunque no a Cuba sino a Venezuela, quien me comentase lo que le esperaba a esa república. "Chávez no se marchará nunca", me aseguró en su momento. No creí demasiado su augurio. Entonces lo de Hugo todavía guardaba unas mínimas apariencias democráticas. Reconozco que me equivoqué. Esa venezolana, cuyo nombre omito porque no le gustan los protagonismos, tenía razón. En el colmo del cinismo, Chávez convocará talleres, asambleas, encuentros, foros y conferencias para discutir, "de igual a igual", el texto de la reforma que le permitirá convertirse legalmente en dictador. Hitler también llegó a canciller por la vía democrática.
Las cosas dejan de ser lo que son cuando se les añaden apellidos. El amor platónico no es el auténtico amor, de igual forma que el humor negro no es el genuino humor. Tampoco era una legítima democracia la democracia orgánica del franquismo, ni es nada parecido a un parlamento serio la Asamblea del Poder Popular que funciona en Cuba como cámara legislativa al servicio del castrismo. Eso lo sabe todo el mundo; incluso la progresía que se resiste a sacar el pañuelo de la dignidad -o al menos el de la congruencia- y limpiarse las babas de la condescendencia ideológica. Si una dictadura de derechas -y las dictaduras de izquierdas son tan opresoras como las de derechas- estuviese haciendo lo que Chávez en Venezuela, llevaríamos mucho tiempo sin poder circular por las calles españolas. Miles de manifestantes, con los Almodóvar, Bardem y muchos otros oportunistas a la cabeza, las tendrían colapsadas con sus protestas.
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