TODOS LOS QUE SUELEN LEER estos comentarios que EL DÍA tiene la gentileza de publicar sin exigencia de periodicidad conocen, porque lo he manifestado varias veces, la especial admiración que siento por quienes se ven obligados a escribir diariamente en los periódicos. Enfrentarse cada día "al puto folio" -así suelen llamarlo algunos profesionales- es una tarea más difícil de lo que mucha gente se imagina, por cuyo motivo es frecuente que, cuando hay una noticia de cierto interés, casi todos los comentaristas la abordan en un plazo relativamente corto de tiempo. Claro está que el tratamiento que cada uno le da al tema es diferente y depende sobre todo de la sensibilidad del autor, del conocimiento que de él tiene o de la importancia que le dé; por razones obvias, hay quien prefiere levantar una bandera contra el estado de una carretera en un determinado punto de su trazado que criticar el tratamiento de blancas, el tráfico de drogas o el deterioro imparable de la moralidad en la sociedad que nos ha tocado vivir. Estos asuntos, por ser tan conocidos y sufridos por todos, a casi nadie le interesan ya. La gente a estas alturas los ha asumido, sabe que no puede hacer nada para evitarlos y, en consecuencia, deja que las autoridades actúen confiando en que hagan lo posible para que el mal no se extienda.
Lógicamente, los que nos sentamos ante el ordenador de vez en cuando con el deseo de escribir sobre algo que ha sucedido últimamente en nuestro entorno nos encontramos con que el asunto, como antes dije, ha sido tratado ya exhaustivamente, por lo que poco o nada le queda a uno que decir. Dicho esto, me da la impresión de que este artículo no debería haber sido escrito, pero al mismo tiempo me he decidido a hacerlo porque es algo que a todos los tinerfeños -mejor dicho, a todos los canarios- nos compete: me refiero a la disminución del turismo que se está produciendo en nuestras islas.
Una de las grandes ventajas de internet es que ofrece al instante toda la información que se desee sobre cualquier tema. Las personas interesadas en no profundizar en asuntos que, a su entender, pueden perjudicar su gestión suelen utilizar expresiones ambiguas, bien generalizando los datos, ocultando algunos o comparándolos con otros que no permitan al lector no avezado descubrir la realidad. Pasa esto, sin ir más lejos, con los estudios de mercado que habitualmente realizan las grandes multinacionales: el descenso de las ventas de un producto -dicen los interesados en no empañar su gestión- no depende de la labor del equipo de ventas sino de los vaivenes del mercado, la introducción de otro producto a precios de promoción, la especial vinculación del hipermercado en cuestión con el fabricante, etc. Y esto es lo que está sucediendo con el turismo: hay tanta gente implicada en esa industria -sin duda alguna la más importante del archipiélago- que, para que no cunda la alarma, las noticias -las malas noticias, diría yo- se dan a cuentagotas. Se dice que el turismo ha disminuido un 3,7 % respecto al primer semestre del año anterior, y es verdad, pero en la empresa privada esas estadísticas no valen para nada pues se emplean comparaciones que abarcan plazos más largos: así, utilizando datos que están al alcance de todos en la red, los turistas que entraron en las islas en 2001 fueron 10.137.587, mientras que en 2007 -extrapolando los datos acumulados a mayo- serán 9.439.200; o sea, 698.387 menos, lo que equivale a casi un 6,9 %. Esa, aunque nos pese, es la realidad, y deberíamos abordarla sin temores, sin que decaiga el ánimo y con el deseo de buscar las soluciones más apropiadas al problema; lo que no podemos hacer es engañarnos a nosotros mismos.
Luego se intentan buscar justificaciones al descenso que proclaman las estadísticas, pero de una manera que yo entiendo algo artificiosa, como si los responsables de los organismos turísticos creyesen que se les va a declarar culpables de la mengua en cuestión, y no es ese el caso. Son ciertos, evidentemente, una serie de hechos que todos estamos padeciendo en la actualidad: el precio del petróleo y de las hipotecas ha subido de manera irreversible; las familias no pueden ahorrar lo necesario para pensar en vacaciones; el estado de la planta alojativa no es la idónea; las imágenes que brindan muchos municipios de la isla, sucios y mal conservados, dejan mucho que desear; el trato que ofrecen los profesionales de la restauración es a menudo lamentable, etc. Y sí, todo eso es cierto y mucho se está haciendo para modificarlo, pero se me va a permitir que discrepe en cierta medida del resultado que estas "campañas" obtendrán: se recuperará el turismo, no lo niego, pero estamos olvidándonos de que más pronto o más tarde la situación volverá a deteriorarse. Y esto no sólo por las razones que antes he mencionado, sino por otra que considero vital: el turismo tradicional, aquel que a nosotros nos ha beneficiado hasta la fecha, ha cambiado sustancialmente. Ya no se viaja sólo en busca de sol, que es lo que Canarias ha vendido durante casi cien años -"Tenerife tiene seguro de sol?"-, sino de diversión, medio ambiente conservado, atención personalizada, paisajes singulares, etc., y todos sabemos que hoy día eso se puede encontrar en muchos destinos turísticos. A la oferta de los países caribeños se une la de los pertenecientes a la ribera del Mediterráneo, con lugares en verdad extraordinarios donde el sol, la vegetación o los monumentos antiguos son atractivos más que suficientes para que el futuro turístico del archipiélago tenga que ser, como mínimo, cuestionado. Se me podrá tachar de catastrofista por ver la situación como la veo, pero esa es una de las ventajas de la libertad de expresión que EL DÍA , generosamente, me ofrece.
Firme en mis ideas, consciente de que el porvenir de nuestras islas -si seguimos dependiendo del turismo como hasta ahora- no va a ser tan brillante como lo ha sido hasta hace poco tiempo, creo que va siendo hora de que los políticos, los empresarios, el pueblo entero, transiten otros caminos que permitan mantener el nivel de vida que entre todos hemos logrado. No podemos seguir pensando en la vertiente agrícola pues sobrada experiencia tienen nuestros agricultores para creer en "pajaritos preñados" -recordemos lo sucedido con los cultivos de barrilla, cochinilla y caña de azúcar, así como lo que está sucediendo con el tomate y el plátano-, por lo cual sólo nos queda incentivar nuestras industrias (¿?) para poder complementar los ingresos del turismo. Sin dejar de tener en cuenta, no obstante, que no pueden ser industrias "continentales", pues Canarias carece de materias primas y su importación saldría muy cara y escasamente competitivos los productos que se fabricaran. Archipiélagos hay en el mundo que soportan las mismas circunstancias que nosotros, que son turísticos y que poseen industrias muy rentables -farmacéuticas, químicas, de montaje, de navegación?-, así que, en vez de seguir construyendo hoteles o nuevas urbanizaciones, sería conveniente recapacitar y darse cuenta de que en la vida terrenal no existe la infinitud. Algún día, por ley de vida, el turismo llegará a su punto de inflexión, y ante esa situación -que yo considero inevitable, aunque espero fervientemente que tarde mucho en producirse- ¿qué vamos a hacer los canarios?
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