SI A ESTAS ALTURAS aún quedase algo con capacidad suficiente para sorprendernos, asombraría la facilidad -y sobre todo la rapidez- con que se tornan en habituales acontecimientos que hasta no hace mucho merecían grandes titulares en la prensa, amplios espacios en los informativos de televisión y un rasgado general de vestiduras en público; esto último para que no se nos afee una insensibilidad absoluta ante determinadas tragedias humanas, no humanitarias. Estoy pensando en los doce muertos -once fueron arrojados al mar durante la travesía y el decimosegundo expiró tras ingresar en un hospital de Las Palmas- que ha dejado en las Islas la aventura de una patera, pero también en los casi 500 fallecidos a causa de los recientes terremotos en el Perú. Medio millar de víctimas mortales pueden parecer muchas y realmente lo son, aunque basta esperar no más de quince o veinte semanas para que un número igual de personas se dejen la piel sobre el asfalto de las carreteras españolas. Al respecto, los doce últimos muertos del drama que se vive en las costas canarias, al igual que en las de otros lugares de España y Europa, apenas son la mitad de las personas que perecen en accidentes de tráfico desde que empieza cada sábado hasta que concluye cada domingo; guarismo que se incrementa sensiblemente cuando una festividad adyacente tiende un puente de asueto.
¿Significa este razonamiento que doce muertos por un lado y más de cuatrocientos por otro carecen de importancia? En absoluto. El valor de una sola vida humana es infinito. Por eso son elogiables las medidas adoptadas por el Gobierno de Canarias para que no se produjese ni una sola víctima en los incendios que afectaron a tres islas del Archipiélago. Eso sí, con independencia de lo que va diciendo por ahí Román Rodríguez, a quien cabe respetar porque ha sido presidente de esta comunidad autónoma, si bien él ya no se respeta a sí mismo. Todo lo contrario: últimamente se afana cada día en ser el gran bufón de la política regional, ahora con advertencias a Paulino Rivero de que no barra para Tenerife. Lo que hay que oír después de lo que hizo él durante su mandato. En fin, estábamos con otras desgracias más importantes.
Pese al inconmensurable valor de la vida humana, pronto los muertos de las pateras sólo serán esas cifras cotidianas de los siniestros viarios. Un mal menor ante el que nos alarmamos externamente -nuestras preocupaciones internas son otras-, sin que nos perturbe más de lo necesario. Esencialmente porque estamos convencidos de que no seremos nosotros, sino otros, los que perezcan en una autopista o caigan tiesos por la minúscula borda de una patera. Esas tragedias sólo les acontecen a los tontos y a los indigentes. Nosotros somos gente chachi -o diez, como alardeaba una publicidad institucional- con ocupaciones más importantes. Verbigracia, trabajar sólo de ocho a tres con media hora generosa para el desayuno, cobrar del erario -Hacienda nunca quiebra-, tener libres los fines de semana, irnos al Sur cuando toca un puente, a La Gomera en Semana Santa y a Lanzarote en agosto porque es lo que exigen los cánones del buen hortera. Con un poco de suerte, hasta veremos arribar una lancha repleta de negros o moros. Qué sociedad; qué rancia e infame molicie.
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