SANTA CRUZ DE TENERIFE es una de las ciudades más bellas del Atlántico, caracterizada además de por sus joyas arquitectónicas por una amplia superficie de zonas verdes y una especial configuración urbanística marcada por la escarpada orografía y los infranqueables límites que establecen los montes de Anaga y el Océano. Por ello resulta especialmente triste el fenómeno de deterioro estético que viene sufriendo la capital desde hace años, consecuencia de la proliferación de pintadas en muros y paredes y de la pega indiscriminada de carteles publicitarios de todo tipo en los rincones más dispares. La situación ha llegado a tal extremo que, tras analizar el problema, sólo cabe llegar a la contundente conclusión de que el ayuntamiento actúa con una absoluta desidia a la hora de hacerle frente. No cabe la excusa de que se trata de un mal menor, porque no lo es desde el momento en el que afecta al medio ambiente urbano, es decir, a la casa de todos los santacruceros y, por extensión, del resto de los ciudadanos de la Isla y del Archipiélago, amén de los turistas que cada vez en mayor número visitan la ciudad. Y mucho menos puede utilizarse como excusa que lo mismo ocurre en otras urbes, porque la realidad es que son muchos los lugares donde el problema se ha resuelto o, cuando menos, han logrado mitigarlo. El ayuntamiento no puede utilizar tales argumentos cuando el control sobre quienes pintan cualquier pared, sobre quienes se publicitan en cualquier muro o farola, es escaso, por no decir inexistente. La administración está obligada a hacer que se cumplan la ley y las ordenanzas, y por ello debe sancionar a los infractores, máxime cuando muchos de ellos incluyen en los reclamos publicitarios su identidad, sus señas y su teléfono, lo que convierte dicha práctica, más que en una mera infracción, en una auténtica tomadura de pelo hacia el ayuntamiento y el resto de los ciudadanos.
La corporación capitalina debe tomar cartas en el asunto y, por un lado, intensificar el control preventivo con medidas tales como el requisamiento de los instrumentos de pintura y, por otro, perseguir y sancionar a los infractores, una labor especialmente sencilla cuando los autores exhiben sus datos. No se trata de erradicar los "graffiti", nada más lejos de nuestra intención, toda vez que se trata de una forma de expresión artística que enriquece el propio patrimonio ciudadano. Lo único que propugnamos desde estas páginas es que dicha modalidad artística se desarrolle en lugares especialmente habilitados para ello, lo que conllevaría incluso una mejor valoración por parte de la opinión pública, que en una gran mayoría ve actualmente a los "graffiteros" como una suerte de gamberros cuya única preocupación es pintarrajear las ciudad. De igual forma, no se trata de impedir de forma tajante la cartelería publicitaria, comercial o individual, que por supuesto puede considerarse en muchos casos un útil medio de información pública. Pero sí resulta imprescindible, por el bien común, que la ubicación de tales elementos se acote a unos lugares determinados, evitando con ello que una ciudad como Santa Cruz se convierta en una especie de basurero sin límite. Este domingo EL DÍA publicará un interesante debate donde responsables públicos relacionados con el problema aportarán soluciones.
Sólo mediante la prevención, la vigilancia y la preceptiva sanción podrá hacerse frente a un problema que se suma a la otra gran deficiencia de Santa Cruz: la nula actividad callejera los domingos y festivos, un fenómeno impropio de una capital como la tinerfeña, centro neurálgico de un área metropolitana que se acerca al medio millón de habitantes. El ayuntamiento, junto con el comercio y la hostelería, tiene la obligación de revertir esa insana costumbre de despoblar las calles, porque si bien es cierto que Tenerife es una isla llena de encantos que apetece visitar, no lo es menos que su capital también es una ciudad llena de atractivos que, inteligentemente gestionados, animarían a quienes se quedan en casa a salir, convencerían a quienes abandonan la ciudad a disfrutar de ella y serviría de acicate para que los vecinos de otros municipios se decidieran a pasar unas horas en Santa Cruz. Eso sin olvidar a los millones de turistas que recibe Tenerife anualmente, buena parte de los cuales se decidirían a visitar la ciudad si existiese una política seria de reclamo que sumara a los festivos una oferta comercial y lúdica lo suficientemente atractiva.
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