EL MINISTRO FRANCÉS de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner, concluyó ayer una visita sorprendente a Bagdad, donde reiteró que "la posición de Francia se distingue de la de los Estados Unidos" y que "todo el mundo sabe que los norteamericanos no podrán sacar solos al país de sus dificultades".
La visita puede inscribirse sin dificultades en lo que se esperaba: un cierto acercamiento a Washington a cargo del nuevo presidente, Nicolas Sarkozy (salido no obstante del mismo partido y del gobierno que, con Chirac, lideró enérgicamente la oposición internacional a la guerra) quien, sin embargo, se las ingenió para deslizar a los medios que sigue creyendo que "la invasión de Irak fue un error".
Kouchner, como tal -es decir, como hombre político, como tránsfuga del Partido Socialista y como representante arquetípico de la vieja y deletérea "gauche divine"- ha dado a la operación un atractivo particular. Acusado cuando aceptó la cartera en el conjunto de la "opa" presidencial a representantes de la izquierda y de haber justificado la invasión, el ministro debió exhumar un viejo artículo suyo en Le Monde en el que se manifestó contrario a la guerra.
Se autocitó, desde luego, con literalidad y sin mentir, pero el contexto de la pieza y, en general, sus conocidos puntos de vista favorables a un presunto derecho de "intervención humanitaria" (que sería de aplicación, digamos, en Darfur o en Kosovo, el precedente que vale ahora para un roto y para un descosido) no desmintieron la extendida convicción social de que él, conocido además por su pro-israelismo, no compartía el activo movimiento anti-guerra del dúo Chirac-De Villepin.
Su viaje, por lo demás, resitua a Francia en un país en el que fue, bajo el largo régimen de Saddam Hussein, una potencia activa, influyente, primer proveedor de equipo militar, protector diplomático y vendedor y mantenedor del reactor nuclear de Osirak, destruido por la aviación israelí. Todo eso sería cosa del pasado y, según el rutinario precepto, ahora se trata de mirar hacia delante, pasar página. Pero nadie sabe cómo lo hará París en la devastación política regional suscitada por la guerra.
Kouchner fue modesto y genérico: dijo que había ido a Bagdad a "oír a todas las partes" (supuestamente, pues, también a la insurgencia sunní o sus portavoces políticos), dijo que "la solución no es militar" y que, en todo caso, debe ser una "solución iraquí". Una faena de aliño.
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