LOS DRAGOS pueden ser milenarios o no. Y hasta puede ponerse en solfa la edad del muy célebre y simbólico de Icod al que, por sentencias de altísimos tribunales, van a dejar nuevamente a la vista de todo isleño o foráneo al que apetezca su contemplación. Loado sea el Señor (o sea, el Señor juez que tomó tan sabia y justa decisión). Pero, el chicle, efectivamente, es milenario. Al personal le ha gustado, desde tiempos inmemoriales, mascar, con hambre o sin ella, y ejercitar las mandíbulas que es algo muy entretenido, pero que no inventaron los yanquis a pesar de lo que parezca. O sea.
Cuando se masca se piensa. O no; pero se pasa el rato. Y los habitantes del neolítico, que se aburrían como un mamut sordo, mascaban un chicle particular compuesto de brea y corteza de abedul. Al menos, eso era lo que hacían los antepasados de los finlandeses en aquella lejana época. Lo ha descubierto una estudiante de la universidad de Derby, Sarah Pickin, que andaba por ahí escarbando a lo tonto en unas excavaciones al oeste de Finlandia, gracias a un programa de estudios del Kierikki Centre, que es un museo del país y no una academia especializada en el canto de las gallináceas, como sugiere su nombre.
Total, que en el chicle prehistórico hallado por la muchacha, se perciben claramente huellas de dientes, lo cual demuestra que lo habían mordido (¿para qué sirve un chicle si no puede morderse?). Los tutores de la estudiante han llegado a la conclusión de que el finés neolítico utilizaba aquella goma de mascar para curarse las infecciones de encías, ya que la corteza de abedul posee propiedades antisépticas, explican.
Bien. Hasta aquí la noticia, que no me sorprende nada, porque el hombre ha tendido ha mascar toda su vida, como les dije, y cuando no tiene nada nutritivo que moler con su dentadura, mastica lo que sea menester. Los pastores herreños de Las Dehesas, hace cientos de años -que era a lo que iba- se pasaban en aquellos parajes horas y horas cuidando el ganado y, para calmar la sed o, mejor dicho, para evitarla, hacían unas bolitas con el látex de la tabaiba mansa (euphorbia balsamifera) y las mascaban continuamente, con lo que refrescaban los bronquios y salivaban abundantemente. Es decir: que ahí tenemos otro chicle ancestral al que ningún estudio universitario ha concedido importancia.
En cuanto al cuidado de las encías, desde el principio de la conquista de Canarias, se supo de las virtudes dentífricas de la sangre del drago. Los cronistas dieciochescos y decimonónicos admiraban la blancura de los dientes de las monjas laguneras, que se los limpiaban con palitos de ese árbol identitario, pariente de la cebolla. Y durante un tiempo (siglo XVII sobre todo) se exportaron a Europa, desde Tenerife, mondadientes impregnados en savia de drago que eran un prodigio para la higiene dental. Qué nos van a contar, oigan.
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