HACE UNOS DÍAS preguntaban a unas madres, en televisión, por cuánto les salían sus hijos al mes, aparte de la comida. Y había contestaciones para todos los gustos. Había desde quien contestaba que ella encantada, porque los tenía en la casa, hasta la que dejaba entrever que ya estaba bien, a los 28 años y todavía viviendo del presupuesto unifamiliar. ¡No es tanto tampoco!, comentó una hija que estaba por allí; treinta euros los viernes y noventa los sábados. Más económicos no podemos salir, añadió.
Antiguamente los hijos no teníamos presupuesto fijo para gastar, pero ahora lo exigen, presionando, si no, con "echarse al verde" (la droga y otros vicios mayores o menores, según se mire). Exigen, por otra parte, ropa y zapatos de marca. Ve usted incluso renacuajos pequeños que apenas saben hablar, exigiendo ropa de marca. Mientras que antes, las ropas que iban dejando los mayores nos las arreglaban para los que veníamos detrás. No les digo nada a ustedes de los libros de texto, que se compraban una sola vez, para toda la generación.
Los chicos de hoy no se dan cuenta de que se lo encontraron todo servido y "puesto ya en la mesa". Ignoran las penurias que sufrimos los que nos adelantamos en el tiempo. Muchas veces no teníamos ni pizarra ni pizarrón, no les hablo de ordenadores, porque eso ni sospecharlo. Teníamos sólo maestro o maestra, y con unas reglas en la mano, que para qué les cuento, si no sabían dónde está el Cabo Finisterre. (Lo fino ahora es decir, en vez de "para qué les cuento", "que te cagas". Finísmo como comprenderán).
En fin, que la vida es así y no hay más remedio que aceptarla como nos la han cambiado. ¿Qué le vamos a hacer, ché, no más?
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