SUPONGO QUE TODO SEÑOR -o señora- no ya únicamente de derechas, sino simplemente cualquiera que no sea simpatizante del PSOE ni vaya de progre por la vida, estará en estos momentos contento por el abandono de Rosa Díez. No creo, empero, que a Zapatero y al aparato que lo rodea le importe mucho, en el sentido de que les va a afectar poco en marzo. Suponiendo que al final las elecciones se celebren en marzo, como parece que será. Pero al margen de alegrías y penas, baladíes en cualquier caso a efectos prácticos, tiene la dimisión de Rosa Díez el valor añadido de renunciar a su acta de diputada europea. Legalmente no estaba obligada a ello; moralmente, sí. Obtuvo ese cargo tras concurrir a unas elecciones bajo las siglas del PSOE, al margen de la aportación personal -e intransferible- que supone ser designado en unos comicios para ocupar un puesto de esta índole. Un ejemplo el suyo que no cunde mucho por estos alrededores, ni por ningún otro. Estoy pensando en Román Rodríguez, que dejó el grupo parlamentario de Coalición Canaria en Madrid pero no dimitió como diputado en Cortes. Aunque hablarle a Román de dignidad política es tan difícil como explicarle a un esquimal qué se siente con el calor tropical del Amazonas.
Tránsfugas ínclitos también lo fueron en la pasada legislatura Guillermo Guigou y Ángel Isidro Guimerá. Le hicieron un corte de mangas a García Ramos y su PNC pero siguieron cobrando dietas, asignaciones municipales y otros emolumentos del Ayuntamiento de Santa Cruz. Todo legal, desde luego que sí, aunque escasamente ético. Una falta de integridad política debidamente castigada por los ciudadanos en las pasadas municipales, porque la gente no es boba. Una cosa es lo que le dicen a uno las señoras con flato en la calle del Castillo, y otra la que deciden los ciudadanos de una urbe grande como Santa Cruz. Incluso las damas del flato tampoco le son tan fieles al felicitado -"Ay don Ángel, anoche lo vi en la tele"- cuando tienen que ir a votar, porque tampoco ellas tienen una pizca de tontas. Al menos Guigou ha hecho acopio de la vergüenza suficiente para esconderse un poco; Guimerá, en cambio, sigue tan campante por ahí como si el asunto no fuera con él. Aunque, la verdad sea dicha, la parroquia de Los Paragüitas es condescendiente con sus cofrades cada día a eso de la una, la hora del whisky and soda Apollinaris.
No menos indecorosamente célebre fue el tránsfuga Luis Gómez; un hombre de trato afable -lo que se dice una buena persona; me consta de forma directa-, pero que dejó en la estacada al PP portuense durante gran parte de la pasada legislatura. Y es que se puede ser una bellísima criatura, pero a la hora de elegir entre el sueldo y las idas, suele ganar el sueldo. Bien es cierto que Eva Navarro, traicionada en su momento por Gómez, se ha "transfugado" al PSOE no sólo ella, sino acompañada por la representación popular en el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz al completo. Las féminas, aceptemos la evidencia, superan a los hombres en cuanto se proponen. Al menos Rosa Díez, mujer cabalmente íntegra en tiempos de felonías cotidianas, ha hecho honor a su nombre para demostrar que hasta en un estercolero puede brotar una flor. En este caso una rosa, que es la flor de las flores.
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